miércoles 23 de julio de 2014

Game Over

Nuestro futuro no depende de la prima de riesgo

Javier Benegas (17-06-2012)
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Las conclusiones finales que provienen de los dos partidos mayoritarios, y también de sus provincianos pares del reino, que son los partidos nacionalistas, son que si España entra en default, y Europa en consecuencia se colapsa, será porque Angela Merkel y su severísimo ministro de finanzas así lo decidan. Porque soluciones para evitar el desastre hay. Pero, según parece, ya sólo pueden venir de fuera. Y es que, por alguna poderosa ley ineluctable, la estructura territorial y política y, en consecuencia, el modelo económico de España no pueden ni deben tocarse.

Así que una vez nuestra clase política ha renunciado a meter el cuchillo hasta el mango, la apuesta es socializar nuestra deuda y compartirla solidariamente con el resto de países de la Unión Europea. Para lo cual es condición imprescindible convertir al BCE en una fábrica de imprimir billetes y, también, mezclar indistintamente la deuda de países solventes e insolventes en eso que llaman Eurobonos. De esta forma pretenden endosársela al maldito Mercado y que así reviente. Como si los inversores fueran a estimar el valor de estos bonos haciendo la media. Sin embargo. mezclar manzanas sanas y podridas en un mismo cesto no da como resultado manzanas medio buenas sino que se pudren todas. Lo dijo alto y claro Angela Merkel la semana pasada, no hay que sobrevalorar la capacidad de Alemania. Dicho en otras palabras, no es factible que un solo país, por fuerte que sea, pueda salvar a medio continente europeo de la quiebra.

Así que las egoístas hormiguitas germanas no están por la labor de vaciar sus despensas para hacer más llevadero a la cigarra el duro invierno que se avecina, máxime cuando ésta es, además de desesperantemente perezosa, una mentirosa compulsiva. Por ello, al gobierno alemán no le queda otra que usar la asfixia financiera a modo de potro de tortura, sometiendo a la díscola y caciquil clase política española a dosis de tormento con el fin de que asuma de una vez por todas que el juego del cálculo político ha terminado. Oficialmente, de cara a la galería, y al igual que haría un maestro desesperado para animar al alumno necio y disoluto, alaban las tres reformitas hechas hasta la fecha. Pero de puertas adentro la opinión unánime es que el bagaje es alarmantemente insuficiente y, lo que es aún peor, por el momento y que se sepa intangible en todos los frentes.  

Sin embargo, ahí sigue nuestro gobierno, haciendo gala de una fatalidad que asusta. Gritando al verdugo entre lamento y lamento que ya ha hecho todo cuanto podía. Y según su propia lógica puede que sea cierto. Pues nuestra España política no es absolutamente estúpida ni incompetente, aunque así lo parezca. Calcula al milímetro lo que hace y, muy especialmente, aquello que no deja hacer. No toma sus decisiones desde el punto de vista del buen gobierno que esta situación límite demanda, donde la política con mayúsculas debería tener cabida, sino desde el sesgo de esa otra política, la que enredándose en la madeja de los intereses creados se vuelve inútil e inoperante.

Difícil tomar decisiones cuando éstas implican legislar en contra de uno mismo, de los tuyos y de quienes te sostienen, financian, condonan créditos, enriquecen y proporcionan prebendas y retiros dorados. Eso equivaldría a hacerse el harakiri. Por eso, de aquella leyenda del principio de la legislatura, según la cual Don Mariano iba a ser el Prometeo que, tras reclutar un equipo de hombres y mujeres dispuestos a incinerarse, robaría a los dioses el fuego del Olimpo para entregárselo a los mortales, no quedan ni los ecos.

Una cadena de errores no forzados

Los hechos son tozudos. Nada más comenzó esta legislatura, las buenas palabras se las llevó el viento. El gobierno Rajoy elevó el IRPF del 45% al 52%, siete puntos en un solo decreto, hasta dejarlo en niveles próximos a países como Suecia, Dinamarca o Bélgica y a la par que Países Bajos. Expoliar a los profesionales mejor pagados, y por lo tanto los más cualificados, resultaba más populista que subir un IVA que no hace distinciones entre ricos y pobres. La primera en la frente. Mal augurio.

También, con enorme sabiduría política y en un desesperado intento por aliviar el gigantesco stock inmobiliario de las cajas y bancos, volvieron las deducciones fiscales para la compra de primera vivienda. Y han sido nuestros banqueros –especialmente los cajeros– y no la UE quienes, tras cinco años sin ajustar el precio a valor de mercado de sus inmuebles, nos han obligado ha tener que pedir auxilio financiero en su nombre pero a cuenta y riesgo del Estado.

Seguimos sin incentivar la inversión en la economía productiva. Y de hecho, para sorpresa de todos, aún hoy resulta más fácil y barato obtener un crédito hipotecario que un modesto préstamo para un proyecto empresarial o negocio. Justamente al contrario de lo que les sucede a nuestros denostados alemanes. Quizá sea por eso que ellos pueden presumir, más que de grandes emporios, que también, de miles de medianas empresas capaces de competir en cualquier parte. Y eso que tampoco se salvan de la corrupción que asola a Europa.

Además de reducir tímidamente el gasto corriente sin tocar en lo fundamental la estructura administrativa y política del Estado, el mercado de bienes aún hoy sigue sin liberalizarse. Y la unidad de mercado sin recomponerse. Y, por si fuera poco, se confunde privatizar con liberalizar. De tal forma que los grandes negocios, sean estos de la naturaleza que sean, quedan siempre en manos de unos pocos elegidos. Bien sea para vender al Estado bombillas de bajo consumo como para suministrar la energía eléctrica para encenderlas, estos señores se adaptan proverbialmente a las circunstancias y adquieren el know how necesario en lo que se tarda en convocar un concurso.

Vaya por delante que soy de los que piensan que, mucho antes de que Mariano Rajoy ganara las elecciones generales,  el desembarco de la troika en nuestro país era sólo cuestión de tiempo. Pero ese suceso inexorable, lejos de hacernos bajar los brazos y seguir cometiendo los errores de siempre, debería haber servido para poner en marcha unas reformas que en otras circunstancias habrían sido impensables. Hemos tenido la oportunidad de cambiar España de arriba abajo y aguantar lo que viniera para, a lo sumo en dos o tres años, volver por nuestros propios fueros. La hemos desperdiciado y la intervención está más cerca. Sin embargo, esta terrible expectativa no cambia lo fundamental. Reformar España, hoy al igual que ayer, nunca dependió de la prima de riesgo o la inminencia de una intervención, sino de nuestra propia voluntad. Puede que para evitar eso que llaman equivocadamente rescate, sea demasiado tarde. Pero para cambiar lo verdaderamente importante aún estamos a tiempo. La verdad es que nuestro futuro nunca dependió de la prima de riesgo.

Autor

Javier Benegas

De la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista, porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. Aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día, siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos muy distintos: el de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que condiciona y mucho nuestras vidas. El título de este blog no hace referencia a ningún cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. Seamos pues moderadamente optimistas.

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  • #4 jotak

    Comparto íntegramente su artículo. España debe cambiar pero no es el cambio...

  • #15 Metesaca

    En mi humilde opinión, el futuro pasa por re-inventar el modelo de Estado que...

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