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En el límite - 18.06.2012

Esa dorada y fatal atracción de la política

“Su Majestad no entendía que tanta gente ansiara formar parte del Parlamento, cuando el puesto ocasiona tantas molestias a cambio de una magra remuneración. Sospechaba que tan exaltada virtud y tan enorme espíritu cívico podrían no ser tan sinceros. Y que algunos parlamentarios abrigasen el propósito de resarcirse de gastos y fatigas sacrificando la conveniencia pública…”

No, el párrafo anterior no corresponde a una supuesta confidencia furtiva en el desahogo de alguna cacería africana. Ni es fruto de la acerada pluma de un aguerrido periodista contemporáneo. Pertenece a Los Viajes de Gulliver, una profunda e imaginativa sátira social y política, escrita en 1726 por Jonathan Swift. Tan clásica, que todavía entretiene a niños e ilustra a mayores sobre asuntos tan sesudos como los motivos que impulsan a las gentes a dedicarse a la política. 

Aunque se denuncia con frecuencia la pésima calidad de nuestros dirigentes y su incapacidad para tomar las decisiones adecuadas, raramente se analizan las causas o se proponen soluciones a tan grave problema. En contra de lo suele insinuarse, la insuficiente preparación y mejorable honradez del político medio, especialmente autonómico y municipal, no se debe a una imaginada ignorancia, indolencia o negligencia del votante. Tampoco a unos supuestos defectos enraizados en la idiosincrasia española.

Una atracción fatal para poco honrados e incompetentes

Bien sabido es que la gestión pública atrae de manera desproporcionada a muchos sujetos con características negativas, una especie de selección adversa. Pero, en España, el problema estriba en la ausencia de mecanismos correctores: los métodos de filtrado dentro de los partidos son manifiestamente inadecuados y el sistema electoral no permite discriminar las cualidades individuales de cada candidato a través del voto. 

Tal como insinúa Swift, la profesión política puede ejercer tres tipos de atractivos sobre los sujetos: el salario, los ingresos de actividades corruptas y las ganancias de carácter psíquico (fama, prestigio, poder, satisfacción de servir a los ciudadanos, posibilidad de defender las propias ideas etc.). La dedicación a esta actividad implica generalmente una importante pérdida salarial para los muy cualificados pero una suculenta ganancia neta para aquéllos con poca formación. Y, por razones obvias, la administración de los dineros públicos atrae de manera irresistible a muchos sujetos de honradez bastante dudosa.

Como consecuencia, las personas de acreditada valía y contrastada integridad, sólo pueden sentir la llamada del prestigio y el orgullo de servir a su país, a costa de una importante pérdida material. Sin embargo, a medida que se generalizan los políticos incapaces o corruptos, el prestigio se difumina y la satisfacción merma, experimentando las personas competentes y honradas una decreciente disposición a dedicarse a tan públicas actividades. Un círculo vicioso en el que los buenos políticos tienden a ser desplazados por los malos.  

Dado que la selección dentro de los partidos está marcada por la falta de democracia interna y el sistema de listas cerradas, los criterios para obtener un cargo, o ser incluido en una lista electoral, no suelen coincidir con la valía personal o profesional, sino, más bien, con la lealtad al líder o al cacique correspondiente. Además, la estricta disciplina de voto y la ausencia de debate de ideas tienden a ahuyentar de los partidos a aquellas personas que poseen integridad, independencia, criterio propio y altitud de miras.

El voto debería permitir a los electores seleccionar entre los candidatos a aquéllos más capaces y honrados, compensando así el tremendo atractivo que la política ejerce sobre individuos  más que dudosos. Sin embargo, las listas cerradas impiden al ciudadano discriminar entre candidatos individuales: debe votar un paquete completo, elaborado por la dirección de cada partido. 

Viven de la política, no para la política

No puede sorprender, por ello, el notable anquilosamiento y avanzado deterioro de nuestro sistema, con la aparición de verdaderas castas de políticos profesionales, que no viven para la política sino de la política. Para muchos de ellos, la ocupación de cargos públicos es su mejor, cuando no la única, opción profesional. A duras penas comparten intereses, valores y visión del mundo con los electores a los que, teóricamente, representan. Ciertamente difícil que, en estas condiciones, lleven a cabo las políticas adecuadas, aquéllas que más benefician a los ciudadanos.  

Sobrada razón la de quiénes reivindican democracia interna y elecciones primarias obligatorias dentro de los partidos. ¿Rubalcaba o Chacón? ¿Rajoy o Aguirre? Muy probablemente ninguno de los cuatro si se hubiera permitido a militantes de base y simpatizantes, más sensatos que sus líderes, escoger el candidato.

Enormes serían también las ventajas de una reforma del sistema electoral, que obligase a cada candidato a someterse individualmente a la voluntad de los votantes. ¿Cuántos de los diputados actuales darían la talla en una contienda electoral a pecho descubierto, sin la cobertura de una lista?

Para los cargos de libre designación, un profundo escrutinio de la valía personal y profesional, por parte de algún órgano independiente, hubiera ahorrado a España ciertos ministros incompetentes e ineficaces, en mente de todos. En gobiernos anteriores, sí, pero también en el actual.  

Sin que reparásemos mucho en ello, se han ido apropiando de la conducción del autocar unos sujetos bastante miopes, poco diestros en el manejo del volante, con serias dudas sobre el funcionamiento del freno, gran adicción a la velocidad y poco respeto al código de la circulación. Disimulaban sus carencias en las inacabables rectas de la burbuja inmobiliaria. Pero ahora transitamos por una estrecha carretera de montaña, con cerradas curvas, bordeada por un profundo abismo.

Llevemos la discusión al fondo del problema. La solución no consiste tanto en cambiar de personas o partidos como en rediseñar correctamente buena parte de las instituciones.

Autor

Juan M. Blanco

Estudié en la London School of Economics, donde obtuve un título de Master en Economía, que todavía conservo. Llevo muchos años en la Universidad intentando aprender y enseñar los principios de la economía a las pocas personas interesadas en conocerlos. Gracias a muchas lecturas, bastantes viajes y entrañables personas, he llegado al convencimiento de que no hay verdadera recompensa sin esfuerzo y de que pocas experiencias resultan más excitantes que el reto de descubrir lo que se esconde tras la próxima colina. Nos encontramos “en el límite”: es momento de mostrar la gran utilidad que pueden tener las ideas.

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Top 3 Comentarios más votados

  • #6 BlancoJuanM

    @Loqueosdelagana #2 Agradezco sinceramente su amabilidad. También pienso que...

  • #1 PepeTono

    Muy bien. De acuerdo con el análisis, pero,..., ¿cómo empezamos? Lo que me...

  • #2 Metesaca

    Gracias, Sr. Blanco. Éste es uno de esos artículos que hacen bueno a este...