Blogomaquia - 20.06.2012

“El antro de la Educación, la cueva de ladrones" (III)

He tenido la suerte o la desgracia, según se mire, de haber conocido a “los pedagogos”, muchos de ellos con mirada dogmática y posesión de un alto sentido de su misión en la Historia. Desde luego, aquí no voy a hablar de los Marchesi, los Coll, Palacios, Esteve, Enguita y demás legión, a los cuales ha retratado José Penalva en un artículo magnífico titulado Los Personajillos del Destrozo Educativo. Tan solo quiero recordar, desde el punto de vista histórico, que si “el pedagogo” era el esclavo que acompañaba al niño a casa del profesor, en la España de hoy los pedagogos como ejército lacayuno de criados han logrado que la “pobreza” intelectual se explique en términos dialécticos de “progreso” y “desarrollo”.

¿Pa qué están?

Entre los profesores suele ser habitual llamar a los pedagogos “paquestán”, habida cuenta de que los pedagogos viven al margen de la realidad docente y nunca acuden al lugar donde hay problemas, ¡esa no es su labor!, y no echan un vistazo a lo que sucede en aulas conflictivas, ¡tampoco esa tarea entra en su agenda laboral! Y dado que no escuchan a los profesores y no perciben in situ lo que diariamente ocurre en clases y pasillos, su información jamás procede de la experiencia real. Sin embargo, ¿usted tomaría un fármaco elaborado por quien no ha pisado un laboratorio ni realizado experimento científico alguno? Entonces, ¿por qué llevar a los alumnos a donde quieren los pedagogos, vistos los niveles de incompetencia, torpeza, impericia e ideologización que caracteriza a este gremio?

El burkha de la pedagogía

Recordemos que los pedagogos rara vez salen de sus despachos y que carecen de cualquier contacto con el alumnado. Por tales razones, “hay un sesudo pedagogo que afirmó que señalar en color rojo las faltas de un examen era vejatorio para el alumno, y otro, más inteligente todavía, que llegó a decir que los fallos y los errores son una expresión de la creatividad de los niños. Sé de otro, de la Universidad de Murcia, que impartiendo una conferencia sobre la educación para la salud, dijo que un profesor de física también podía contribuir a este aprendizaje estudiando en clase la elasticidad de los preservativos. En la Universidad de La Coruña hay quien sostiene que los profesores no entienden el mundo en que viven por culpa de su subconsciente franquista, y en la de Málaga quien afirma que, como los alumnos están colocados en hileras, la comunicación horizontal entre ellos es imposible. Este mismo profesor se lamenta de que el saber, en la escuela, es jerárquico y circula de modo descendente (¿qué tendrá de malo que los conocimientos vayan desde quien los tiene hacia quienes carecen de ellos?). Otro, éste de la Universidad de Zaragoza, dice que el profesor no debe ser quien detenta la ciencia dentro del aula ni que su objetivo sea transmitirla a los alumnos.

El profesor de bachillerato y autor del libro De la buena y la mala educación, Ricardo Moreno Castillo, es quien recopila todos estos fantásticos consejos. De donde se desprende que nuestros pedagogos trabajan por que en la mente de los jóvenes no arraiguen “conocimientos”. Y como labran en los surcos imaginarios de Rousseau –éste sostuvo en su Discurso sobre las ciencias y las artes que la mejora social se logra fuera de los campos de la sabiduría–, los pedagogos se afanan por cerrar el acceso del alumnado a la cultura y, en consecuencia, adulan a los Rousseau del siglo XX, como John Dewey, que defendía en Democracia y educación (1916), maldita tiene la gracia, que “todo pensar supone un peligro”.*

En esta sucesión de pifias y, sobre todo, gracias a la lucha por implantar majaderías didácticas, a lo largo de estos últimos 20 años hemos visto institucionalizada en España la estupidez y no la brillantez, y nos hemos habituado a las naderías utopizantes. Y, sin apenas crítica ni resistencia, también en estos cinco lustros nos hemos acostumbrado a que los centros de enseñanza (universitaria y no universitaria, privados o no) se muevan entre el tictac de la profecía y la bola de cristal de los gurús de la cabalística de la pedagogía.

Naturalmente, el corralito ha conllevado un coste social y económico elevadísimo, tanto o más cuanto que “analfabetizar un país es cosa relativamente fácil, pero volverlo a alfabetizar ya no lo es tanto [… cuando] la cantidad de recursos que se derrochan en mantener la ignorancia de nuestros estudiantes se podrían dedicar a otras cosas más útiles. Esto no es una broma ni una exageración: nunca ha sido el curso más largo, ni han gastado tanto los alumnos en material escolar ni la administración en mantener a expertos, equipos, gabinetes y psicólogos que asesoren a estudiantes y profesores, y nunca han sido los conocimientos de los primeros tan ridículos ni el desánimo de los segundos tan grande”, escribe el profesor de instituto Ricardo Moreno Castillo en su Panfleto antipedagógico.

La solución al descalabro

La solución es muy clara. Ya la enunció Condorcet en uno de sus escritos Sobre la Instrucción Pública, nada menos que en 1791. Decía este filósofo y matemático francés que “cuando la ley ha hecho a los hombres iguales, la única distinción […] es la que nace de su educación”. Lo cual implica suprimir esos departamentos de (des) Orientación que, en manos de pedagogos, sobreviven a costa de profesorado y alumnado. De lo contrario dejaremos pisotear, un año más, el derecho a la educación permitiendo que este clan (que asfixia los centros de enseñanza) siga fomentando el subdesarrollo y manteniendo las aulas como lugares de desconocimiento y dirigiendo a los alumnos al albur de criterios extraviados.

* John Dewey (1916), Democracia y educación: una introducción a la filosofía de la educación, Ediciones Morata, Madrid, 2004 reimpresión, p. 131. Traduce Lorenzo Luzuriaga.

 

Autor

Teresa González Cortés

Me gusta escuchar, leer, hacer deporte... Adoro la sensatez y el sentido del humor, aunque no sé muy bien por qué orden. Con el nombre de blogomaquia quiero decir que me agradan los debates, las discusiones en buena lid. Procurando entender la realidad empecé, de eso ya hace un tiempo, a estudiar los imaginarios presentes en las utopías e ideologías políticas.

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Top 3 Comentarios más votados

  • #3 juaniporesas

    Buen artículo, TERESA. Cada vez tengo más claro que la reforma educativa fue...

  • #6 cyrano41

    @Loqueosdelagana #4 No estoy de acuerdo. La enseñanza pública es necesaria....

  • #23 kj26

    Evidentemente el articulo se presta a la critica desde diferentes puntos de...