En el límite - 25.06.2012

¿Por qué seguimos en la improvisación?

Muchos ciudadanos confiaban en que el cambio de gobierno pondría fin a la acostumbrada política de improvisación e inauguraría una etapa de decisiones estables y consistentes, visión de futuro y creación de confianza. Notable decepción. Para desesperación de propios y extraños, la acción del ejecutivo habría ido adquiriendo paulatinamente ciertos tintes de precipitación, incoherencia y torpeza, con decisiones contradictorias y rectificaciones a contrarreloj,  como si nada hubiera cambiado desde la legislatura anterior.

Desgraciadamente, esta peligrosa táctica de regate en corto, y ausencia de previsión, se encuentra tan arraigada en la gestión pública española, que no parece discriminar entre partidos o camarillas. Y responde a unas causas tan profundas y complejas que un simple relevo partidario, o una mera sustitución de José Luis por Mariano, no parecen sortilegios suficientes para conjurar su nefasta influencia.

Quedan lejanos los tiempos en que esos vaivenes, esa banalidad e inconsistencia en la gestión pública, se atribuían a un supuesto carácter vacuo e insustancial del anterior presidente del gobierno. A la impronta de un José Luis Rodríguez Zapatero, más preocupado por la estética de las medidas que por sus fundamentos o efectos finales, del todo incomprensibles para su peculiar visión del mundo. Daba igual gato blanco o gato negro, si ambos mostraban un brillante y cuidado pelaje. Y no había reparo a decisiones arbitrarias, o normas injustas, si éstas proporcionaban una buena foto.

Pero Mariano Rajoy transmitía una imagen muy diferente. Una persona tan poco proclive a las decisiones apresuradas, con fama de reflexionar mil veces antes de decantarse por una opción, debería mostrar poca inclinación a la improvisación. Sin embargo, diferencias aparentes esconden a veces similitudes de fondo. La dificultad para tomar decisiones cotidianas puede reflejar una ausencia de ciertos principios básicos o una falta de claridad en los objetivos que se persiguen.

A pesar de haber revelado algunas líneas de actuación, como aquélla de “hay que hacer lo que hay que hacer”, todavía caben ciertas dudas acerca de la visión de futuro que pudiera albergar Rajoy. De cualquier modo, sea o no su caso, la carencia de principios es un rasgo demasiado común en la política patria, quizá producto de los particulares mecanismos de selección de los dirigentes que rigen en nuestro país.

Un pragmatismo llevado al extremo

Hace tiempo que los políticos españoles desterraron la rigidez del dogma para abrazar el pragmatismo más extremo, sin encontrar el conveniente término medio de las convicciones racionales. No existe concepto ético o moral, ni normas valorativas, que no se difuminen ante el irresistible empuje de las inmediatas encuestas de intención de voto o la cálida atracción de un cargo bien remunerado.

Pero esta singular falta de principios no es suficiente para explicar un fenómeno tan persistente como la miopía política. Ni para desentrañar la aparente contradicción de una clase política enrocada permanentemente en el presupuesto público, casi desde la cuna a la tumba, pero mucho más atenta a las inmediatas curvas del camino que al rumbo y al destino final compartido.  

Aunque en política puedan fijarse loables objetivos de largo plazo, existe una potente fuerza que actúa en el corto, desviando a los gobernantes de esas metas. Es el fenómeno conocido como “inconsistencia temporal”: una decisión considerada conveniente en un instante, puede ser incompatible con la estrategia óptima de largo plazo. En palabras más llanas: no es tarea sencilla, menos para los políticos, vencer la inmediata tentación.

Las manifestaciones de inconsistencia temporal son omnipresentes. Aceptada la austeridad para garantizar la sostenibilidad del presupuesto, loable objetivo de largo plazo, no todos los responsables públicos mantendrían la virtud ante una solicitud puntual de subvención por parte de un amigo, compañero de partido, sindicato o miembro de otro grupo de presión. Al fin y al cabo “¿Qué supone este pequeño dispendio en la inmensidad del presupuesto? Ya comenzaré con la austeridad mañana”. De ahí la necesidad de controles eficaces, tan escasos en nuestra política, para ayudar a vencer determinada tentaciones.  

Una falta de visión de futuro

Sin embargo, el problema revestiría mayor gravedad si esa supuesta estrategia óptima de largo plazo simplemente no existiese en los cálculos de nuestros gobernantes. Si padeciésemos una absoluta falta de visión de futuro de las clases dirigentes y su única línea de actuación consistiera en unas descoordinadas tácticas de resistencia al cambio, ante las duras acometidas de la crisis. Cualquier cosa antes de modificar sustancialmente un statu quo muy favorable a sus intereses.  

Asistiríamos a simples movimientos defensivos de una clase política cerrada, buscando a toda costa el mantenimiento de los privilegios que garantiza un sistema hermético, con enormes barreras de entrada. Meras reacciones puntuales ante las fuertes perturbaciones externas, permitiendo reformas más estéticas que sustanciales, ante la desesperación de nuestros socios. Siguiendo la máxima lampedusiana: cambiar algo para que todo siga igual.

No habría ánimo de anticiparse a los problemas sino intención de esperar a que se presenten para tratar de sortearlos rápidamente, con mediocres resultados. Ni de realizar cambio alguno hasta que la urgencia y el apuro se tornen extremos y sólo como un medio de aplacar a quiénes nos apremian. Huelga enumerar las perjudiciales consecuencias de esta táctica de reacción puntual a cada impacto de la crisis.

Sea cual fuere la causa de tanto despropósito, nuestra política necesita urgentemente algún revulsivo para reconducir las líneas de actuación a unos cauces beneficiosos para los ciudadanos, no sólo para los partidos. O, al menos, un acicate capaz de detener la ya recurrente sorna, mofa y cuchufleta de alguna sesuda prensa extranjera a costa nuestra. 

Autor

Juan M. Blanco

Estudié en la London School of Economics, donde obtuve un título de Master en Economía, que todavía conservo. Llevo muchos años en la Universidad intentando aprender y enseñar los principios de la economía a las pocas personas interesadas en conocerlos. Gracias a muchas lecturas, bastantes viajes y entrañables personas, he llegado al convencimiento de que no hay verdadera recompensa sin esfuerzo y de que pocas experiencias resultan más excitantes que el reto de descubrir lo que se esconde tras la próxima colina. Nos encontramos “en el límite”: es momento de mostrar la gran utilidad que pueden tener las ideas.

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Top 3 Comentarios más votados

  • #1 DesDeBCN

    Falla usted en una cosa, este pais no tiene clases dirigentes, tiene una casuza...

  • #3 Jospeir

    Su artículo claro y bien construido.Los comentarios 1 y 2 hirientes con la...

  • #4 Metesaca

    Porque España y yo, somos así, señora.