martes 30 de septiembre de 2014

Blogomaquia

La castración química de Alan Turing

Teresa González Cortés (29-06-2012)
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Este año viene cargadito de recuerdos. Se celebra el trescientos aniversario del nacimiento de Rousseau, el bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, el 150 aniversario del nacimiento del bibliófilo Lázaro Galdiano y, cómo no, las fechas centenarias del nacimiento de José Ferrater Mora y de Eve Arnold. Y la lista sigue. Pero es que también se conmemora en este 2012 el centenario de la muerte de Menéndez Pelayo, el 50 aniversario de la desaparición de William Faulkner, entre un sinfín de celebridades.

Hoy hablaré del brillante Alan Turing (1912-1954), científico londinense que sobresalió no solo por su grandioso sentido de la lógica, no solo por su formidable creatividad en el ámbito de la ingeniería mecánica, no solo por sus sutilezas filosóficas al plantear la conocida paradoja de la "máquina pensante", sino asimismo por la invención de un artificio que lleva su propio nombre, "la máquina de Turing", artefacto que constituyó el prototipo teórico de la computadora electrónica digital.

El ordenador "Colossus"

Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en labores de criptografía. Su cometido consistía en decodificar los mensajes jeroglíficos que el ejército alemán enviaba a través de sus máquinas Enigma. Turing lideraba el proyecto militar altamente secreto de construir un ordenador, el Colossus, que fuera capaz de descifrar los correos militares alemanes. A pesar de que se fabricaron diez versiones del Colossus, el empeño de Turing daría sus frutos. Trabajando día y noche, este matemático infatigable logró interpretar las series encriptadas de los códigos del ejército alemán. Sin embargo, su aspecto desaliñado, su forma poco convencional de trabajar (y de vestir), su escasa gracia y habilidad para establecer relaciones sociales con miembros de la comunidad científica, su conducta, nunca escondida, en materia sexual, todo ello no le ayudaría. E igual que Oscar Wilde aireó su vida privada en tribunales, Alan Turing denunciaría a su compañero sentimental ante la policía bajo el cargo de haberle robado objetos personales.

A Turing de nada le sirvió demostrar las pruebas del robo. Tampoco haber prestado incalculables servicios al Estado. Menos aún, que hubiera construido en 1948 el Madam, el primer ordenador electrónico, o que desde los 39 años fuese miembro de la Royal Society, pues en el interior de la sala de justicia se descubrieron sus tendencias homosexuales y, entonces, pasó de acusador a ser acusado.

La manzana, pero no de Newton

Aparentemente tuvo suerte, mucha. A diferencia de O. Wilde no fue a la cárcel. Tampoco le fue mutilada parte alguna de su cerebro, como solía ser habitual en el mundo de la psiquiatría. (Recordemos que hubo científicos que recibieron el galardón del Premio Nobel por realizar prácticas de lobotomía sobre seres humanos.) No había operaciones ni mutilaciones. Mucho menos curas por electroshock. Y no padeció en carnes propias la brutalidad de los experimentos de la época que otros investigadores solían llevar a cabo con homosexuales, asunto que detalló el que sería futuro Presidente de Chile, el entonces médico Salvador Allende. Recordemos que este joven aspirante a cirujano en su trabajo de tesis Higiene mental y delincuencia (1933) habla de determinados miembros de la comunidad científica y describe cómo Steinach, Lipsohütz y Pézard "han logrado curar a un homosexual, en cuya familia había otros pederastas, que presentaban un gran número de caracteres sexuales secundarios femeninos, injertándole trozos de testículo en el abdomen. Después de la operación, según los autores mencionados, se modificaron aquellos caracteres, que fueron reemplazados por otros masculinos, y el enfermo abandonó sus hábitos sexuales".

Por supuesto, repetimos, nada de eso le sucedió a Alan Turing. Eso sí, hubo de cumplir la sentencia que le condenaba a someterse a un proceso de "virilización" con el fin de inhibir la libido de sus conductas y sanar de su enfermedad sexual. Ni que decir tiene que el tratamiento hormonal o castración química arrastraba efectos altamente indeseados. De un lado, provocó cambios sobre su anatomía. (Turing se sentía arruinado física y mentalmente por esas drogas que tenía que tomar por resolución judicial.) De otro lado, la vergüenza que sentía era enorme. Además, había dejado de ser él. No podía trabajar. No lograba concentrarse en ningún asunto. Y no era capaz de correr por el campo grandes distancias, como tanto le gustaba.

Estaba roto, deshecho por la medicación, destruido anímicamente, abatido por el oprobio social que había caído sobre él a consecuencia del castigo impuesto.  En estas circunstancias, y con un futuro tan poco esperanzador, Alan Turing decidió poner punto final a su penitencia psiquiátrica. Y un 7 de junio del año 1954, recién cumplidos los 42 años, resolvía dar término a su corta vida comiendo una manzana que previamente había envenenado con cianuro. Una muerte espantosa en consonancia con la degradación que había matado su dignidad.

Autor

Teresa González Cortés

Me gusta escuchar, leer, hacer deporte... Adoro la sensatez y el sentido del humor, aunque no sé muy bien por qué orden. Con el nombre de blogomaquia quiero decir que me agradan los debates, las discusiones en buena lid. Procurando entender la realidad empecé, de eso ya hace un tiempo, a estudiar los imaginarios presentes en las utopías e ideologías políticas.

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  • #5 Moriarty

    @laszlo #2 Este artículo no es, en absoluto, una chorrada. Que la autora haya...

  • #11 SociedadGeneral

    Sólo sesenta años nos separan de una condena que parece sacada de la Edad...

  • #13 perhaps

    @Moriarty #5 Tengo que repetirlo: "Alan Turing ha sido una de las mentes más...