Desde la Tarima - 05.07.2012

¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!

Parece que la épica deportiva es lo único que nos queda. Un especialista en psicología social se encontraría ante la difícil disyuntiva de interpretar si la explosión popular de entusiasmo por el triunfo de la Selección Nacional de Futbol, el himno y la bandera, ha sido expresión de un patriotismo epidérmico, meramente festivo y jaranero, o si, por el contrario, se trata de un fenómeno más serio y, me atrevería a decir, dramático. Sí, porque dramático sería que para manifestar públicamente lo que somos, para ondear la enseña de España sin temor a caer en la incorrección política, los españoles tuviésemos que esperar a la celebración de estos lúdicos eventos para rompernos la garganta proclamando eso de: -“¡Yo soy español, español, español,…yo soy español, español, español,…!”. Creo, sin embargo, que de ambas cosas hay bastante. Andamos muchísimos compatriotas (¿he dicho compatriotas? ¡qué exceso!) como perros sin amo, como pueblo cautivo sin un Moisés que nos conduzca y remedie. Eso si que sería un fichaje, un Moisés como un Casillas, o sea, como una catedral. Para que no nos metan más goles que los imparables. Y una buena delantera en el Gobierno para marcar alguno por nuestra parte. Que no todo ha de ser impuestos y recortes a los de siempre. Bueno, tampoco hay que exagerar –me dirán-, que los del Eurogrupo nos han prorrogado el partido con lo del rescate bancario, y Gobierno y Oposición tienen ahora un margen adicional de tiempo para marcar algunos goles más…al público, se entiende. Esperemos que no vayan  a terminar el partido a penaltis en forma de subidas del IVA; de los Impuestos Especiales (por cierto, ¿saben ustedes que subir estos impuestos –todos, menos el que grava la electricidad- supone ya subir el IVA sin subirlo, quiero decir, sin subir sus tipos de gravamen, pues las cuotas de aquellos  forman parte de la base imponible de éste?); de supresión de deducciones fiscales –llamadas graciosamente beneficios- en el IRPF (como la relacionada con la adquisición de la vivienda habitual) o en el Impuesto sobre Sociedades; de recortes en el llamado Estado de Bienestar nuestro de cada día, no en el Estado de Estar Estupendamente (EEE) de la legión de políticos, sindicalistas, paniaguados del mundo de la “kultura” y de servidores de inútiles burocracias superpuestas en detrimento de la eficacia, la eficiencia y el sentido común. Pero en el Ecofin del próximo 10 de julio, parece que nos pondrán algunos deberes para este verano. Seguramente, no los más importantes y perentorios.

Un partido de futbol de patio de colegio.

Imposible olvidar aquellos veintitantos partidos de futbol simultáneos que se jugaban cada mañana en el amplio patio de recreo del Instituto de San Isidro. Veintitantos “esféricos” (más o menos esféricos) producto de la artesanía popular más imaginativa, tanto en diseño como en materiales. Numerosas porterías aleatoriamente distribuidas en el espacio. Arbitraje asambleario. Y tan sólo media hora para lograr el triunfo. Sin prórroga posible. ¿Contra qué adversario? Sabías con quién y en qué partido comenzabas. Pero no con quién ni en cuál de ellos terminabas. En suma, lo más parecido a la política económica española desde que comenzó la crisis. Cualquier semejanza con la armoniosa exhibición de ballet futbolístico ofrecida por la Selección Nacional el otro día (no voy a caer en eso de  “La Roja”), sería pura casualidad.

Nadie sabe, con seguridad, cuál será la próxima medida que adopte el Gobierno. En cualquier caso, la cínica réplica de la Oposición -sean cuales fueren las medidas que se tomen-  se da por descontada. Todo es posible menos que se acometa, de una vez por todas, la revisión a fondo del oneroso, ineficiente, inequitativo, insolidario, conflictivo y paralizante Estado de las Autonomías (no quito uno solo de estos adjetivos y podría añadir otros). A pesar de que casi tres cuartas partes de los españoles se pronuncian decididamente en contra del descontrol de semejante engendro político-administrativo, según revela una reciente encuesta de DYM. Y en un campo de juego así, resulta imposible instrumentar cualquier estrategia eficaz frente a la recesión que padecemos. El problema más grave de España -sin duda también de Europa- es la falta de líderes, la penuria de políticos convincentes y con principios que sepan explicar la gravedad de la situación y ponerle remedio. Claro que para eso es preciso aunar voluntades dejando a un lado intereses de partido y cálculos electoralistas. La política, aparte de ser técnicamente adecuada para lograr los fines que pretende, debe contener la máxima dosis de pedagogía y ecuanimidad. Ante crisis económicas, sociales e institucionales como la que atravesamos, sólo la transparencia, la ejemplaridad y la capacidad para convencer de los responsables de la cosa pública, pueden propiciar el éxito. Eche cuentas el lector  de los políticos españoles que reúnen estos atributos y hoy se encuentran fuera de juego. No le voy a ayudar en el intento. Haberlos los hay, y su ausencia o marginación, a pesar de su prestigio y popularidad, son suficientemente expresivas de la calidad de nuestra partitocracia. De un régimen de “partidos de empleados”. Y, como dice el profesor Jiménez de Parga, con tales partidos “el régimen democrático no funciona”.

Y el buen pueblo de Don Rodrigo, a verlas venir.

Cuántas veces no se habrá acudido a la imagen romanceada de Mio Cid -“al destierro, con doce de los suyos”, por decirlo en verso del otro Machado, el ninguneado- para expresar el infortunio del pueblo español cuando adolece de ejemplar conducción: ¡Dios, que buen vasallo, si hubiese buen Señor! Se trata de un tema recurrente en la Literatura española. También Gómez Manrique, ante el lamentable estado de la Castilla de su tiempo, decaída y entregada a codicias particulares, pudo escribir: “Los mejores valen menos / ¡Mirad qué gobernación! / ¡Ser gobernados lo buenos / por los que tales no son! / Los cuerdos fuir debrían / de do locos mandan más / que cuando los ciegos guían / ¡Guay de los que van detrás!” Pues eso.

Autor

Leopoldo Gonzalo

Catedrático de Hacienda Pública y Sistema Fiscal; miembro ordinario del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales Francisco de Vitoria; académico de número de la European Academy of Sciences and Arts-España; académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación; y miembro de la Junta directiva del foro de la Sociedad Civil. Nacido en Madrid, en 1942, se doctoró por la Universidad Complutense con Premio Extraordinario. Es también profesor ordinario de Derecho Financiero y Tributario (excedente) en la Universidad Pontificia Comillas (ICADE), habiendo desempeñado su función docente, con anterioridad, en las Universidades Complutense de Madrid, y de Málaga. Autor de varios libros y numerosos artículos sobre su especialidad, ha impartido cursos y pronunciado conferencias en diversas instituciones españolas y extranjeras, públicas y privadas. Durante diez años fu investigador del Instituto de Estudios Fiscales (Ministerio de Economía y Hacienda), siendo sucesivamente directores de dicho organismo los profesores Enrique Fuentes Quintana y César Albiñana García-Quintana, de los que es discípulo. En 1982 obtuvo el “Premio Instituto de Estudios Fiscales”. Ha sido asesor de la Dirección General del Tesoro y Política Financiera, del citado Ministerio, así como del Ministerio de Educación y Ciencia, desempeñando diversos cargos académicos en las Universidades donde ha prestado sus servicios. Ha sido también director de la Revista de Economía Aplicada e Historia Económica.

Suscripción RSS