Game Over - 08.07.2012

El juez Andreu, un héroe en traje de baño

La semana pasada fuentes de la dirección del PP, tal y como informaba puntualmente este diario, acusaban al juez de la Audiencia Nacional, Fernando Andreu, de haberse "tirado a la piscina de manera improcedente, de una forma bastante irregular" a cuenta de la imputación del antiguo consejo de administración de Bankia y, muy especialmente, de los señores Rodrigo Rato y Ángel Acebes. Esta inusual decisión de una justicia que, secuestrada como está, sólo puede de cuando en cuando regalarnos un fugaz destello de esperanza, junto con la intempestiva reacción de quienes gobiernan, es una parábola, una más de tantas, que evidencia la avanzada descomposición de un sistema cuyo hedor resulta ya insoportable para quien conserve un solo gramo de amor propio; es decir, de dignidad y decencia. De patriotismo.

Tiene bemoles que al juez Andreu le acusen de lazarse a la piscina los mismos que nos empujan a todos hacia el barranco. Hace falta desfachatez y altanería para revelar con tan hiriente desparpajo lo que el poder político espera de los jueces cuando los presuntos delincuentes son insignes miembros de la Casta. Pues conocer al dedillo la cruda realidad de los balances de Bankia y, pese a ello, persuadir a decenas de miles de ciudadanos a dilapidar sus ahorros, con el agravante de estar incursos en una crisis de espanto, si no es un grave delito lo parece y mucho. ¿Es pues lo procedente y regular mirar para otro lado?

Es la impunidad de la que ha disfrutado hasta ahora nuestra clase dirigente la razón de que aquí ni una sola alma tenga fe en el futuro y desconfíe de todo bicho viviente. La causa de que nuestro país, tras cinco años de crisis in crescendo, se encuentre cada día más cerca del abismo. Más claro agua. Deje usted de pagar a la Hacienda Pública unos pocos miles de euros o tan sólo unos cientos, y verá lo implacable que es esa misma justicia. Por el contrario, si se trata de un relevante político o banquero el que mete la mano en una caja de ahorros o bien se olvida oportunamente de aflorar unos millones, los tribunales miran para otro lado e, incluso, hacen doctrina a la carta. Y pese a que, de cuando en cuando, algún juez esté dispuesto a impartir justicia; es decir, lanzarse a la piscina, los más altos tribunales, marionetas del poder político, evitan en última instancia que el engranaje de los poderosos, esa perversa rueda de la fortuna, se detenga.

No hay reformas a la vista, sólo la estrategia de presión al BCE

Así andamos –andan nuestros políticos– por las instituciones europeas, haciendo uno y mil quiebros. El país cayendo barranco abajo, las gentes con el corazón en un puño, media Europa temblando y ellos jugando al ratón y al gato, enfrascados en el salvamento bancario y presionando al BCE para que compre nuestros bonos basura. Pero ni una reforma de calado a la vista. Nada de meter la tijera en los 4.000 garitos de subsidio encubierto que son las empresas públicas (liquidar 70 de ellas es una burla a la vista de la magnitud del agujero). Nada de reformar la Justicia y devolverle su papel de contrapeso. Nada de tocar los parlamentos, diputaciones o ayuntamientos, desmontar sedes de partidos y fundaciones anejas, liquidar puestos de libre designación, cargos de instituciones fantasmas y privilegios. Nuestro gozo en un pozo. Imposible revolverse contra ese cuarto estado parasitario porque ahí reside la voluntad de poder y no en el voto ciudadano, que ese sólo sirve para elegir cada cuatro años –una eternidad– entre lo malo o lo pésimo. La supervivencia de nuestros líderes políticos a corto plazo, porque el largo no cuenta, depende de seguir dando cobijo y botín a esa inmensa red que les sostiene y eleva por encima de nuestras cabezas.

Peor aún. Me temo que ni siquiera es ya cuestión de voluntad. Nuestro modelo político ha crecido sin control y ha desarrollado numerosas cabezas. De tal suerte que el enemigo no sólo está fuera sino también dentro, muy próximo a quien gobierna. El engaño, la trampa y la amenaza no sólo provienen del adversario sino también del “amigo”. Y tomar decisiones imprescindibles provocaría una reacción en cadena de consecuencias impredecibles para el gobernante de turno. Demasiado que perder y muy poco que ganar para quienes no conocen vida más allá del paraguas de la política.

No es venganza sino justicia

Insisto. Es indecente culpar a los ciudadanos de la degradación de un sistema que fue instaurado a sus espaldas hace ya más de tres décadas. El nuestro es un modelo de partidos donde el mérito, hoy convertido en el nuevo estandarte de la hipocresía, fue remplazado por el apadrinamiento y la servidumbre, y cuyos fundamentos democráticos fueron conculcados desde el principio. No fue el español medio quien ideó y alumbró este monstruo, ni tampoco quien echó por tierra la imprescindible separación de poderes. Nunca pudo hacerlo ni impedirlo, como tampoco ahora puede cambiarlo. En su día asistimos de convidados de piedra a la instauración de esta farsa, como el pariente pobre acude al opulento banquete de un familiar rico y aprovecha para probar algún plato, consciente de que mañana no volverá a sentarse a la mesa. Y así, durante más de treinta años de ficción democrática, hemos vivido la pantomima de la confrontación ideológica, ese burdo engaño de las dos Españas que nos ha distraído del expolio del que estábamos siendo objeto por parte de unos y otros.

Son tiempos difíciles los que nos toca vivir. Y aún lo serán más en el futuro inmediato. Semanas, a lo sumo meses, que marcarán a sangre y fuego los años venideros. Y a este trance nos hemos de enfrentar divididos, desorientados y desmoralizados, sin tener siquiera una imagen de país realista a la que poder aferrarnos. Tal es la gravedad de la situación y el nivel de corrupción alcanzado que más que una regeneración urge una revolución. Incruenta, sí. Pero entendida ésta como una ruptura absoluta, total: completa. Y en este contexto es imprescindible apoyar el ejemplo del juez Fernando Andreu por todos los medios posibles y lícitos. Pues urge sentar en el banquillo no sólo a los miembros del antiguo consejo de Bankia sino a una multitud de personajes. En definitiva, hay que lanzarse a la piscina. Porque, a la vista está, si ladran es que cabalgamos.

Autor

Javier Benegas

De la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista, porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. Aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día, siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos muy distintos: el de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que condiciona y mucho nuestras vidas. El título de este blog no hace referencia a ningún cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. Seamos pues moderadamente optimistas.

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  • #1 DesDeBCN

    Solamente en un barrizal como este pais un personaje tan absolutamente nefasto,...

  • #9 JavierBenegas

    @cheposo #8 Cierto. Mi enhorabuena a UPyD. Las cosas como son. Un cordial...

  • #10 Aira

    Buenos días: Sr Benegas a pesar de leerle es la primera vez que participo en...