viernes 1 de agosto de 2014

Punto de equilibrio

El ocaso del 'juancarlismo' asusta en especial a la generación intermedia de españoles

Manuel L. Torrents (13-07-2012)
  • aumentar tamaño del texto
  • reducir tamaño del texto

Hace tiempo que me llama la atención que en cualquier conversación, ya sea en un grupo familiar o en la reunión más profesional, acaba saliendo el tema de la monarquía. En plena crisis económica, con incertidumbres fuertes incluso para quien parece sólidamente establecido, la cuestión real y sobre todo, su futuro, es más que nunca un asunto que preocupa. Sobre todo, a la  generación intermedia; profesionales que cuentan con 35-50 años, formada en su mayoría por un grupo de cualificados licenciados, protagonistas y beneficiarios de la reciente España del milagro económico, que sólo ha conocido el actual régimen y que todavía debería tener mucha pelea que dar en sus carreras. De repente, la cuestión monárquica es un melón cuya apertura en canal puede desencadenarse traumáticamente; sin anestesia, merced a una imparable desafección popular hacia el Rey y avivada por la brutal recesión económica. Como había pocos temores por el paro, va creciendo otra incógnita que puede tener una influencia decisiva en la futura organización del país.  

Hasta hace no mucho, la cosa parecía ‘atada y bien atada’. Teníamos un Rey que había iniciado con su pueblo los temerosos pero decididos pasos hacia la democracia, y eso era un aval aparentemente eterno. Luego, en el 23-F dio la cara contra los golpistas. Muchos podrán creer u opinar que eso fue un pasteleo y que el monarca simplemente estuvo informado de todo y se decantó una vez tuvo claro cómo iba a acabar el asunto; siempre obrando en función de su permanencia en el trono, pero las imágenes ordenando a los militares que respetaran el orden constitucional están ahí para la historia y las vio todo el país. Lo demás son teorías, al menos de momento.

Además, Juan Carlos I ha sido un Rey espontáneo, divertido, con algunas actuaciones casi populistas (“¡¡¿Por qué no te callas?!!”) que calaron muy hondo en la ciudadanía a lo largo de los años. El país entero le tenía cariño. Era el primero de los españoles, sin duda. 

Así, la eterna cantinela estos lustros ha sido la de “yo no soy monárquico, soy juancarlista”. Toda España estaba tranquila en ese sentido, porque daba por sentado que tendríamos un Rey hasta los ochenta y tantos años y luego, tras el ‘hecho biológico inevitable’, tomaría el relevo su hijo Felipe, sin estridencias y honrando la memoria de un monarca querido y respetado por su pueblo. Esa era la hoja de ruta prevista.

Hay un temor latente en las generaciones intermedias, que sólo han conocido la monarquía en su vida. La desafección por el Rey puede acelerar cambios no previstos por mucha gente.   

Tanto es así que a muy poca gente le preocupaban los rumores sobre sus presuntos negocios internacionales, apoyando a las empresas españolas, con las consiguientes comisiones gestionadas por el amigo cercano de turno. Incluso casi comprendían que, después de tantos años a la sombra de Franco y viendo a su padre en Estoril, se diera algunos homenajes. Don Juan pasó un montón de años en Portugal en un retiro decadente, con sirvientas de uniforme remendado; esperando ansioso giro de los pelotas de la Corte que quedaban en Madrid y pasando la factura a los invitados cuando daba una recepción.

No. Nunca hubo demasiado escándalo ante la presunción de que Juan Carlos I buscara amasar su fortuna personal. Total, otras familias reales la tienen y nuestro Rey es un hombre moderno, respetado internacionalmente y que abre puertas a las empresas.

Pero con los años, el monarca ha estropeado todo esto con una torpeza que roza lo demencial. La imputación de su yerno por cutres escarceos en contratos que tienen de fondo el uso del nombre de Dios en vano (¿por qué, si no, le firmaban esos cholletes a Urdangarín?), la reiterada protección judicial a su hija y, sobre todo, el episodio elefantiásico en Botswana han roto la relación de la monarquía con la sociedad.

Al final, España no perdona que mientras el país lo está pasando fatal (pero fatal: ¿cuánta gente siente que se le acaba el modo de vida que han tenido hasta la fecha?), el monarca se lo esté pasando en grande en un escenario de lujo extremo. No estaba en la finquita de un amigo en Ciudad Real, estaba en el sur de África, en una cacería a la que sólo tienen acceso los ultramillonarios y, encima haciendo el indio, lo que le valió para romperse la cadera.

Ahí estalló toda la cuestión de su amiguita real, y llegó el espectáculo de la Reina visitándole 10 minutos en el hospital. Dicen que hasta Marichalar va presumiendo ahora de que el bueno es él, ya que sólo se ha limitado a figurar en algunos consejos e ir a desfiles de moda. Al final, no hizo daño a nadie. 

Mientras tanto, tenemos a un príncipe Felipe preparado, casado y con hijos, que cuida al milímetro su imagen y al que no se le relaciona ni por asomo con el menor asunto escabroso. Doña Letizia no suscita demasiadas simpatías en el público femenino (principalmente), por su perfil agresivo, pero eso no es algo objetivo que reprochar.  

La gente ha roto con un Rey al que ven mayor y que va totalmente a lo suyo. No parece que vaya a haber un rápido cambio de papeles en la Casa Real. Juan Carlos I no está por la labor de irse, pero ¿cuánto va a durar esto y en qué va a desencadenar?

Ayer recibió al Consejo de Ministros y pidió que "nadie se quede fuera de la recuperación". Suena parecido a lo de que no dormía por el paro juvenil. Unas declaraciones que ya no surten el menor efecto favorable en la sociedad. Más bien al contrario.  

Que saliera el viernes pidiendo que nadie se quede fuera de la recuperación suena como cuando dijo que no dormía por el paro juvenil. 

La monarquía no es una simple historia del ¡Hola! Es la jefatura del Estado. Los españoles han sentido que el Rey ha sido durante muchos años el tapón de ciertas cosas y la única referencia a la que agarrarse en según que momentos. Hablando claro: la Corona era en demasiadas ocasiones el único marco tolerado para que se pronunciara la palabra 'España'. Muchos nacionalistas la respetaban y servía en cierta medida de cauce de interlocución. Eso hizo que la sociedad pasara por alto algunas vicisitudes. Por cierto, ese testigo lo ha tomado ahora la Selección española de fútbol en muchas circunstancias, no solo deportivas.

Si digo que la Monarquía está muy herida ahora mismo, seguro que serán pocos los españoles que me contradigan. Late un temor innato hacia la posibilidad de que sea inevitable ir hacia otra forma de Estado, que esta ya no tiene futuro. Son muchísimos los que no han visto otra cosa que lo de ahora y claro que hay miedo ante este declive del juancarlismo. Nuestro país ha demostrado de manera demoledora en el pasado su incapacidad para afrontar un régimen teóricamente avanzado como la república.

Algunos no la aceptaron nunca y lucharon contra ella, otros consideraron que sólo debía ser la antesala de la revolución del proletariado. Por su lado, los nacionalismos la vieron como la cuña para iniciar los procesos secesionistas. La cosa acabó como acabó, con 35 años de ese señor bajito y con muy mala leche citado más arriba. Entonces, ¿qué hacemos?

Las CCAA en pie de guerra

Quien más y quien menos, teme que un régimen no monárquico diera renovadas fuerzas al separatismo, en un momento en el que las Comunidades Autónomas contemplan que se les acaba el modelo de fantasía del pasado. Las antiguas regiones han podido crear empresas de telecomunicaciones o petrolíferas propias, han controlado las cajas de ahorros para su uso y disfrute, han creado cuerpos de policía, televisiones; han gestionado la obra pública, han abierto embajadas, han sido, en definitiva, países dentro de un país. Eso, merced a una casta de políticos que en su vida se ha visto en otra y a la que no le temblará el pulso en hacer cualquier cosa con tal de mantener su estatus. Se les acaba la bicoca y la culpa será, por supuesto, del centralismo, sobre todo ahora que desde el Gobierno se les intenta apretar en el gasto (y mira que se resisten las condenadas).

La preocupación está ahí, de manera consciente o inconsciente, en la sociedad: sufrimos una enorme crisis económica, pero además, tenemos otra institucional. A la gente se le hace muy duro tener como jefe del Estado a un señor hecho polvo físicamente, enfrentado con la Reina, responsable de una decadencia en los últimos años deplorable (Corinna, Urdangarín, cacerías…). Su declive es un reflejo de los tiempos. Toca aire fresco, sin duda. 

Una patata caliente decisiva sobre nuestro futuro. No sé qué ocurrirá ni tengo del todo claro qué debería hacerse. En general, en las conversaciones se suele apuntar que ya ha llegado el momento de un relevo rápido en favor de su hijo, aunque todo el mundo teme a su vez que podría ser un detonante para que estallara la caja de algunos truenos. ¿Hay que esperar más tiempo? Cada vez hay más incertidumbre sobre esto. Se empieza hablando del último vestido de Letizia, por ejemplo, y se acaba con preocupación por el futuro incierto del modelo de Estado, estropeado por alguien que lo tenía todo a favor hasta hace no tanto tiempo. Quién sabe si será capaz de encauzarlo, él o su hijo. 

Autor

Manuel L. Torrents

Periodista especializado en mercados y economía, algo que me parecía impensable en la Universidad. He trabajado en El Economista, FondosWeb, Mi Cartera, El Confidencial; he sido fundador y acabé dirigiendo Negocio & Estilo de Vida, y colaboré en distintos medios durante mi vida profesional. Estoy desde la gestación de Vozpópuli, donde desarrollo funciones de subdirector. Creo que la prensa es un supervisor democrático insustituible, por lo que me gustaría ver editores limpios, que se preocupen por la profesión y la defiendan.

Suscripción RSS

Top 3 Comentarios más votados

  • #3 lucernario

    No creo que sea un tema preocupante que hacer o no con una monarquía. Para...

  • #6 tato

    Pasteleó el 23F vaya que si pasteleó!! Pero como decía mi Padre (qepd):...

  • #14 JRA

    Parece que lo de Juanito I es de ayer. No. Lleva casi 37 años haciendo lo que...