Game Over - 16.07.2012

La política sin fantasías ni ocurrencias

El pasado miércoles Mariano Rajoy hiló su discurso más sombrío, lleno de apelaciones al sacrificio y a lo inevitable; a ese “no hay más remedio” que predispone al respetable a cargar con lo que venga. Una arenga cuyos arabescos preliminares, siendo nuestros gobernantes por lo general tan avaros y torpes con el verbo, no dejaron lugar a la duda de que a continuación vendría una nueva ración de amarga medicina. Y de eso iba el soliloquio. Con llamadas a la responsabilidad de todos y vestido con los fastos de gran estadista, ese traje de superhéroe que en España no hay quien se ciña salvo para salir por la tele, volvió de sus ausencias el presidente en el tiempo de descuento a buscar a la desesperada la imposible complicidad de unos ciudadanos que no ganan para disgustos. 

Así, en apariencia consciente de la gravedad del momento y dispuesto a dar el Do de pecho, bien vestido y aseado, Don Mariano arrancó con empaque diciendo que nos encontramos en una situación extraordinariamente grave, que hay que corregir. Y una vez cumplió con el trámite de reconocer de viva voz que no podemos seguir financiándonos al precio que nos impone el mercado, se adornó añadiendo que estamos en un momento crucial que determinará nuestro futuro, el de nuestras familias, el de nuestros jóvenes, el de nuestro bienestar y el de todas nuestras esperanzas

Hasta ahí todo correcto y, por qué no decirlo, coincidente con lo que piensa la gran mayoría. Pero tras encadenar una serie de frases hermosas, en ocasiones intencionadamente emotivas, para expresar lo que es obvio, llegó el jarro de agua fría con estas sencillas palabras de puño y letra del presidente: "aquí no caben ni fantasías, ni ocurrencias”. Lo que esa frase tan escueta decía es que, en lo que se refiere al modelo político y la estructura administrativa, no habrá cambios sustanciales. Y en ese preciso instante el sortilegio se desvaneció, el príncipe volvió a ser un sapo y el discurso quedó listo para sentencia. No hubo ese golpe en la mesa que cada vez reclaman más voces. Al contrario, más recortes y subidas de impuestos que, antes que imposiciones de nuestros socios europeos, son las secuelas de la inacción de este gobierno en lo que se refiere a reformas estructurales. Y también consecuencia directa de los desmanes de quienes le han precedido. 

Aunque no lo parezca, la política es algo muy serio 

Hasta el ciudadano menos informado intuye que la subida del IVA, los recortes en las prestaciones de desempleo, el enésimo sablazo a los funcionarios del Estado y todos los demás disgustos, podrían haberse mitigado podando la estructura administrativa del Estado y comunidades autónomas, poniendo a cero el interminable maná de subvenciones –que no sólo van a parar a la mina–, liquidando las prebendas y el subsidio encubierto y echando por fin el cierre a miles de empresas públicas, cuya existencia a día de hoy escapa al entendimiento humano. Pero no, ya apuntaba días antes el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, que nuestro problema no es ese sino que aquí no pagamos suficiente IVA porque somos unos golfos. De ahí que no haya dinero para que siga la fiesta. Sin embargo, lo que el señor ministro olvidaba es que no somos Alemania, ni tampoco Suecia, donde la nómina media supera con mucho los tres mil euros. Aquí, en España, desde hace ya tiempo la mitad de quienes trabajan ganan al mes mil euros o menos, lo que equivale a decir que el 50% de los españoles vive en el umbral de la pobreza. Y aquellos otros más afortunados, además de ver sus rentas y patrimonios muy mermados, temen quedarse sin empleo. Por último, falta añadir la minucia de que uno de cada cuatro españoles está sin trabajo y que un millón de familias no tiene ningún ingreso. ¿Qué espera recaudar nuestro sagaz ministro de Hacienda con una sociedad tan severamente empobrecida, tan raquítica? ¿Acaso podría él, con novecientos euros o menos, cumplir religiosamente con impuestos propios de países que están a años luz del nuestro, pagar la cuota de autónomo y, además, sacar adelante a una familia? 

Por todo lo dicho, y pese a que en lo formal la arenga por lo general fue aceptable, la percepción colectiva fue que cuanto más se esforzaba el presidente por parecer consciente de la gravedad del momento y mostrarse decidido a coger el toro por los cuernos, más alejado de la realidad le veía el respetable según desvelaba sus verdaderas intenciones. Enésima hipérbole con solmene puesta en escena que terminó en ese quiero y no puedo –o no hago- tan típico de este presidente y, en general, de nuestra clase política. Un discurso cuyos argumentos fueron desde el lamentable “no hay más remedio” hasta el acongojado “yo no quería, pero me he visto obligado”. ¿Y la convicción dónde queda? ¿Y dónde la voluntad y el coraje para cambiar el destino? Gobernar es mucho más que tomar decisiones intempestivas obligado por las circunstancias. Es un ejercicio de voluntad y determinación constante que requiere de inteligencia y coraje. Por eso, si bien los españoles dieron la mayoría absoluta a este gobierno dispuestos al sacrificio, entendían y entienden que sus privaciones y angustias, además de para salvar al país del colapso, debían servir para obrar profundos cambios en nuestro modelo de Estado. De tal suerte que fuera puesto en vereda el desmadre político, España recuperara la cordura y los españoles la esperanza. Pero transcurridos siete meses, de eso nada de nada. 

Es esta obstinada y ruin negativa a repartir el esfuerzo entre Sociedad y Estado, entre el común y lo que se identifica como clase dirigente o privilegiados, lo que al ciudadano terminará por sacar de sus casillas. Y también lo que priva al gobierno de esa legitimidad de ejercicio que es hoy más necesaria que nunca, habida cuenta de lo que viene. De nada vale ya la política de salir al paso, por más que se aderece con discursos solemnes. A este gobierno no le queda otra que tomar la iniciativa, reformar el Estado y dar un buen repaso al modelo político; es decir, asumir como suyas esas fantasías y ocurrencias, que tanto exasperan a Don Mariano, y aceptar el riesgo de que los suyos se revuelvan y que, en general, la clase dirigente les repudie. Y todo ello con la tranquilidad de conciencia como única recompensa. Lo cual es muy poco. Pero así de inexorables son las leyes que rigen los momentos estelares de la Historia y la Política. Y éste es uno de ellos. Así pues, la cuestión es si el presidente y quienes marchan a su lado, tan preocupados como están todos por sus carreras, van a aceptar pagar ese alto precio a cambio de casi ninguna contrapartida. Por ahora es obvio que se resisten a beber de ese cáliz y quieren que sea el ciudadano medio quien trague. Pero mucho me temo que, tal y como se van a poner las cosas, lo tendrán que apurar o poner pies el polvorosa.

Autor

Javier Benegas

De la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista, porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. Aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día, siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos muy distintos: el de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que condiciona y mucho nuestras vidas. El título de este blog no hace referencia a ningún cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. Seamos pues moderadamente optimistas.

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Top 3 Comentarios más votados

  • #3 patricia

    Estimado Javier, Muy buen artículo y comparto todo lo que se dice. Pero es su...

  • #2 Amparomar

    Muy bueno el artículo, se vuelve a poner de relieve, que la política como...

  • #5 Tony

    Lo que más me desquicia es que todos estos hachazos nos los dan por haber sido...