lunes 1 de septiembre de 2014

En el límite

El peligroso arte del recortador

Juan M. Blanco (18-07-2012)
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El ajuste presupuestario anunciado por el Gobierno constituye un intento de cumplir, al menos en la forma, las condiciones impuestas por nuestros socios tras el rescate del sistema bancario. Por supuesto, es imprescindible recortar gasto público para reducir drásticamente el enorme déficit estructural que nos arrastra con fuerza hacia el abismo. Y también para recuperar la confianza de unos mercados que nos niegan el pan y la sal.

Pero el recorte dista de ser arte sencillo. Al igual que en la tauromaquia, el recortador debe poseer tacto, reflejos, sensatez, aplomo, valentía, sentido de la oportunidad y gran visión del espacio. Por desgracia, a juzgar por las serias impericias en tiempo, forma y fondo, los encargados de esta delicada faena parecen carecer de tan extraordinarias destrezas, corriendo un serio riesgo de acabar empitonados. Los ajustes llegan con retraso, escasean en ejemplaridad y adolecen de un enfoque demasiado cortoplacista, que posterga para ulteriores ocasiones los necesarios cambios estructurales.

Por su propia naturaleza, las medidas de ajuste deben tomarse sin dilación, en el mismo momento en que se tiene constancia de su necesidad, atajando los problemas en lugar de paliarlos. Y acometerse con convicción, por delante de los acontecimientos, nunca a remolque de éstos. Los ciudadanos soportan mejor las medidas dolorosas en una sola aplicación y al principio de una legislatura, momento en el que un gobierno goza de mayor legitimidad. Las toleran peor a cuentagotas, por improvisados fascículos, especialmente cuando los dirigentes argumentan en cada entrega que se trata de la última.

El Gobierno dejó pasar su mejor oportunidad en enero, pues aplicó entonces unos ajustes claramente insuficientes, quizá esperando unos acontecimientos favorables que nunca llegaron. No comprendió que la inconstancia y la improvisación generan descrédito y acaban provocando una agria respuesta social. Pasados los meses, el público acepta de peor grado la anunciada austeridad.  

Una imperiosa ejemplaridad

Dado que los recortes son dolorosos e impopulares, es imprescindible contrarrestar su efecto con otras medidas que, aun no implicando ahorro significativo, posean un fuerte componente de ejemplaridad. Los dirigentes deben mostrar su disposición a compartir los sacrificios, algo apenas contemplado en los planes del Gobierno.

En circunstancias tan apuradas, no basta con recortar un 20% las subvenciones a partidos, sindicatos y patronal: urge eliminarlas en su totalidad. No es suficiente reducir el número de liberados sindicales: debe cambiarse inmediatamente la ley para suprimir tan absurda como injusta figura. Ni resulta admisible solicitar al ciudadano sangre, sudor y lágrimas mientras se mantienen escandalosas partidas de gasto como aquellas que sufragan las televisiones públicas, estatales o autonómicas. ¿Cómo explicar a la gente que suben los impuestos pero se mantienen estructuras administrativas y empresas públicas creadas para colocar a  militantes, simpatizantes y amigos?

Además, el necesario equilibrio presupuestario requiere un enfoque de largo plazo, pues ésa es la visión de los mercados. Sin embargo, algunas de las últimas decisiones parecen ancladas en un corto horizonte temporal, con demasiado énfasis en el déficit de este año y cierta despreocupación por la evolución futura.

Al parecer, el Estado suprime la paga extraordinaria de navidad de los funcionarios pero anuncia que la devolverá dos años después, aportándola a un fondo de pensiones. Por desgracia, los previsores mercados no pueden ver aquí ahorro público alguno: la presente reducción de 2.000 millones se cancela con ese mismo incremento a dos ejercicios vista. Dado que no hay cambio en el balance intertemporal, sólo un aplazamiento, difícilmente mejorará la prima de riesgo por este concepto.

¿Cuál es el fundamento de una medida que enoja a los funcionarios pero no contenta a los mercados? Sólo hay desventajas, sin ningún rédito apreciable. A no ser que… el objetivo sea meramente contable y de imagen: aplazar este gasto permite al Gobierno disminuir dos décimas el déficit de este año, trasladándolas a otro ejercicio. Quizá otra argucia de pura táctica cortoplacista. Los funcionarios se disgustan, su productividad probablemente cae, los mercados financieros ni se inmutan pero el Gobierno se pone una medalla ante Bruselas.

Una devaluación fiscal incompleta

Por su parte, la combinación de incremento del IVA y reducción de las cuotas a la Seguridad Social constituye una política conducente a la mejora de la balanza comercial ya que abarata los bienes nacionales con respecto a los extranjeros. Las importaciones soportan más IVA pero este tipo más elevado no afecta a las exportaciones, que pagan los impuestos del país de destino. Y los bienes producidos en España se benefician de una fiscalidad más baja por la reducción de las cuotas. Por ello, la conjunción de ambas medidas ejercería un efecto similar al de una devaluación de la moneda.

Sin embargo, una apropiada “devaluación fiscal” no debe generar cambio alguno en la recaudación total. El presente caso está sesgado hacia el aumento del IVA, ya que un punto de reducción de las cuotas a la SS se aplaza para el año próximo. Otro guiño miope a favor del saldo presupuestario de este año. 

Aun tarde y con muchos defectos, preferible es adoptar alguna medida que no acometer ninguna. Pero las decisiones fundamentales, aquellas que conducen a un imprescindible cambio estructural, todavía están por llegar. Urge un plan de reducción y reestructuración de la hipertrofiada administración pública, especialmente autonómica y municipal y una estrategia de liberalización de los mercados que elimine esas barreras, establecidas por los políticos, que entorpecen la labor de los emprendedores.   

Aceptémoslo, no será fácil acometer todos los cambios necesarios sin una profundísima reforma de este cadáver ambulante que es el sistema político salido de la transición. Esa es la verdadera palanca para superar todas las crisis que confluyen en esta tormenta perfecta. 

Autor

Juan M. Blanco

Estudié en la London School of Economics, donde obtuve un título de Master en Economía, que todavía conservo. Llevo muchos años en la Universidad intentando aprender y enseñar los principios de la economía a las pocas personas interesadas en conocerlos. Gracias a muchas lecturas, bastantes viajes y entrañables personas, he llegado al convencimiento de que no hay verdadera recompensa sin esfuerzo y de que pocas experiencias resultan más excitantes que el reto de descubrir lo que se esconde tras la próxima colina. Nos encontramos “en el límite”: es momento de mostrar la gran utilidad que pueden tener las ideas.

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Top 3 Comentarios más votados

  • #7 BlancoJuanM

    @amparo #4 Muchas gracias por el comentario y por sus amables palabras. Tiene...

  • #4 Amparomar

    Siendo realistas, y objetivos, nos vamos dando cuenta, que los recortes hechos...

  • #9 Esceptico

    Mis saludos, ante todo, por ser mi primera intervención en este blog. Aunque...