lunes 21 de abril de 2014

Con Lupa

¿Es Cristóbal Montoro un auténtico macarra?

Jesús Cacho (19-07-2012)
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Resulta que el portavoz del Gobierno de Artur Mas, Francesc Homs, ha tildado de “macarra” a Cristóbal Montoro, por haber sugerido anteayer en el Congreso que no se podrán pagar los salarios de los empleados públicos si no crece la recaudación. “Es muy feo esto que hace de amenazar con el hecho de que se puedan no pagar las nóminas, porque sitúa las cosas en el terreno de la coacción: si no nos portamos bien, no nos enviará la remesa, y 240.000 personas en Cataluña se quedarán sin cobrar su salario a final de mes”, dijo Homs en declaraciones a una radio catalana, para añadir que “éste es un tipo de planteamiento de macarra, con un tono chulesco, y con abuso de autoridad”.

By the way, gracias a la supuesta macarrada de don Cristóbal, Joan Catalá se ha enterado, como Juan Español, de que la Generalitat cuenta con la friolera de 240.000 funcionarios, una barbaridad, oiga, se mire por donde se mire, que así se explica, se explican, gran parte de los males de la patria mía. Cuando no es la iniciativa privada, sino la Administración, en sus distintas variantes, la que se dedica a crear empleo, el final del camino es fácil de imaginar: una sociedad subsidiada, falta de dinamismo y que no funciona. Pero volvamos a lo nuestro, a ese cabreo colectivo que los últimos días empieza a crecer en torno a la figura del jiennense Cristóbal Ricardo Montoro Romero (la próxima semana cumple 62), más conocido como Cristóbal Montoro para los amigos, ministro de Hacienda y Administraciones Públicas desde el 22 de diciembre pasado.

Total que quienes le conocen de antiguo se maravillan al contemplar el viraje que el “bueno de Cristóbal” está protagonizando en las últimas semanas hacia un personaje asad pendenciero, que se manifiesta en lenguaje retador, provocador incluso, macarra (bravucón, según definición del María Moliner) en suma. Para muchos, chulesco. Es interesante recordar la etimología de la palabra chulo: para Corominas y la citada Moliner es una voz de la jerga del siglo XVI (germanías) que  significaba “muchacho”, en general. El Diccionario de la Real Academia dice que la voz procede del mozárabe sulo, del latín sciolus, que significa “enteradillo”, “sabiondillo”. De ahí pasó a designar una forma de hablar típica, con su pose y sus modales, de las clases populares de ciertos barrios de Madrid, en el sentido de “atrevido” o “exento de miedo”. Seguramente lo de sabelotodo le viene a Montoro de cuando, estudiante de Económicas en Madrid, vivía en el Paseo de Extremadura y conducía un pequeño utilitario verde chillón que llamaba la atención en el barrio. 

El caso es que el cambio operado en don Cristóbal ha sido, es, total. Y en unos meses, incluso en unas semanas. Seguramente la dramática situación de las finanzas públicas le ha llevado a perder casi el oremus y desde luego la aguja de marear que todo capitán de altura debe incluir en su petate. Con Montoro ha ocurrido como con la frase de un clásico de la Economía y las Ciencias Sociales: “Si las condiciones cambian, mis convicciones también”. Y lo cierto es que con Montoro hemos asistido a un ejercicio de travestismo, en lo que a discurso económico se refiere, sencillamente espectacular. Vale también la frase de Groucho Marx: “Si no te gustan mis ideas, tengo otras”.

“No estamos aquí para hacer recortes”

En efecto, tan cerca como el 22 de diciembre de 2011, en el acto de toma de posesión como nuevo ministro del Gobierno Rajoy, el aludido aseguró solemne que “no estamos aquí para hacer recortes. Estamos para hacer reformas”. Así de tajante. La realidad no ha podido desmentirle de peor forma. Dijo también que llegaba para “acometer la transformación del Estado, una de las grandes reformas que necesita España”. Justo una de las grandes reformas estructurales, quizá la más importante, decisiva para sacar a España del atolladero actual, reforma que todo liberal esperaba de un partido de centro-derecha y de la que, a estas alturas, no hay ni rastro. La guinda de aquella comparecencia consistió en definirse como “un funcionario que asume la tarea de dirigir a los funcionarios”. De momento, lo único que ha hecho ha sido quitarles la paga de Navidad. Su guiño a los empleados públicos ha resultado un puro sarcasmo.

El ejercicio de travestismo, en efecto, ha sido completo. Como responsable de la política económica del PP en la oposición, Montoro fue el ideólogo, en realidad el autor material, de la agenda económica y fiscal del programa electoral del partido, programa fundamentado en la famosa “curva de Laffer”. Les supongo a ustedes al corriente del invento: muy grosso modo, el tal Laffer opinaba que si un Gobierno sube los impuestos acuciado por la necesidad de aumentar los ingresos fiscales, en realidad lo que acaba consiguiendo es que bajen, y ello porque tales subidas suelen deprimir a tal punto la actividad económica que al final logran un efecto contrario al perseguido. Consecuentes con la curva, lo que nuestra querida derecha política iba a hacer para reducir el déficit era bajar los impuestos, no subirlos. Bastaron unos días para que, antes de Nochevieja, Montoro y el Gobierno protagonizaran el salto mortal de subir el IRPF. A tomar por saco la curva de Laffer.

Ha terminado también subiendo el IVA, después de haberlo negado cien veces. Y así estamos, ante un hombre y un Gobierno que, traicionados los principios, parecen dar bandazos a derecha e izquierda faltos de un hilo argumental. Algo, en el fondo, normal tratándose de un hombre más socialdemócrata –en realidad, los socialdemócratas del PP son socialcristianos- que liberal, mucho más, infinitamente más, lo cual vuelve a plantearnos el drama de una derecha desprovista de un equipaje intelectual sólido y carente de auténticos liberales. La falta de coherencia, la traición a los principios ha venido, y ahí está la amarga sorpresa, aliñada con una transformación personal que quienes le conocen creían impensable: la del hombre fanfarrón y dispuesto a la gresca, tal vez embebido, imbuido de esa su vieja aspiración a convertirse en el Rodrigo Rato del Gobierno Rajoy. Un señor que, carente de esa humildad que a menudo predica, habla como si creyera estar en posesión de la verdad absoluta. El fiasco no ha podido ser mayor. El caso es que si Cristóbal Montoro no es un macarra, la verdad es que a veces lo parece.

Autor

Jesús Cacho

Nací hace bastantes años en un pueblo mínimo de Palencia, a medio camino entre Frómista y Carrión. Allí fui feliz a rabiar por los senderos de mi infancia y primera juventud. Luego la vida me llevó por derrotas insospechadas, cruzando mares y vadeando puertos, hasta recalar en la ensenada del periodismo madrileño, en alguno de cuyos garitos -El Mundo, El País, ABC- he tocado el piano. Me he cruzado con muy buena gente y con algún que otro hijo de puta. He cumplido mis sueños; he sido razonablemente feliz. Ahora aspiro a seguir contando historias desde el puente de algún barco perdido en el océano, mientras con mi sextante trato de tomar la altura de Sirius sobre la línea del horizonte, en ese leve instante en que se despide la noche y se anuncia un nuevo día. Naturalmente no sin antes haber dejado Vozpópuli navegando "full ahead".

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  • #1 DesDeBCN

    Cristobal Montoro es un autentico bombero piromano. A nadie en su sano jucio...

  • #9 beppe

    Permitanme que insista Para desviar la atencion del verdadero problema , se...

  • #11

    A estas alturas lo peor de este Gobierno ya no parece que sean las medidas que...