martes 2 de septiembre de 2014

De cara

Del dedo en el ojo al dedo en la llaga

José Miguélez (20-07-2012)
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Así es. O así debería ser. Lo dijo Tito Vilanova, con tiempo de sobra para preparar su certera y demoledora reflexión, en su primera comparecencia (presentación al margen) como entrenador del Barcelona. "El castigo más grande que tendremos los dos [Mourinho es el otro] serán las imágenes, que durante muchos años las verá la gente y difícilmente se olvidarán". La frase de un recién llegado, a la altura del señor más sabio del lugar. Lo dijo el sucesor de Guardiola para relativizar el indulto que recibieron del 'magnánimo' Villar los dos agresores (el que metió el dedo en el ojo y el que respondió con un bofetón), pero vale para casi todo en la vida. Sobre todo para los cientos y cientos de comportamientos que ensucian a diario el deporte y que, sin embargo, pasan de largo y a menudo hasta reciben condecoraciones. A Tito le da lo mismo un partido que dos, cumplirlos o no, lo que le duele y avergüenza es su propia conducta.

Qué más da en el fondo si el árbitro se comió el pelotazo de Messi contra la grada del Bernabéu, la escena afea la reputación del mejor futbolista del planeta. Como se recordará a Pepe por su pisotón en la mano del argentino y su paliza a Casquero, de la misma manera que a Buyo le persigue aún su ruin teatro ante Futre y Orejuela y a Goikoetxea su atentado contra las piernas maravillosas de Maradona. Son escenas, cada una en su escala, que retratan y sonrojan, que se pegan como una lapa a la biografía del autor. Y para mal, por mucho que a veces la pasión mal entendida y los análisis de bufanda confundan los delitos con la astucia.

Valen menos las sanciones que el propio remordimiento o el desprecio de los alrededores. Poco importa si los matones del Reyno de Navarra que le arrebataron a un padre con su hijo la bufanda del Madrid han vuelto a pisar un estadio (no deberían), lo necesario es que al salir del portal cada día el vecindario los reconozca: éstos son, éstos son...  El problema es que el deporte se ha acostumbrado a consumir y tragar ciertas actuaciones. Y las asume. Y las deforma. Y las disculpa. Y las justifica. Y al final hasta las fomenta. Y resulta que el despreciable no es el jugador que se tira dentro del área sino el árbitro que no le descubre. 

Algo de eso pasa en estos tiempos con el dopaje, por ejemplo en el atletismo y sobre todo en el ciclismo. Se tolera peor que alguien persiga al que se dopa, especialmente si se busca a horas intempestivas, que alguien pretenda doparse. Eso se asume, se deforma, se disculpa, se justifica y al final, sin querer, hasta se fomenta. No hay remordimiento propio ni desprecio de los alrededores. Sólo se debate sobre la sanción, y si llega se toma por un agravio. Y al cazado, como una víctima a la que resarcir incluso con un homenaje o una portada tamaño sábana. Da lo mismo Contador que Marta Domínguez, Schleck que Mullera. Todos reciben comprensión o compasión, nunca reproches.

Y en ésas estábamos, anestesiados de tolerancia ante la falta y la trampa, cuando llegó Tito para quitarse el dedo del ojo y ponerlo en la llaga. La sanción por un proceder vergonzoso pesa menos que la imagen reproducida de ese proceder vergonzoso. Y mucho menos aún que la memoria de la gente decepcionada.       

Autor

José Miguélez

Voy en dirección contraria por el periodismo deportivo desde finales de los ochenta. O antes, porque ya en el colegio miraba, sentía, preguntaba, discutía, provocaba y sospechaba. Y así seguí allá donde estuve: EFE, Ya, Onda Madrid, El País, Cope, Marca, Público, ABC Punto Radio, Sportyou… Huyo a la carrera de las posiciones de conveniencia y soy muy dado a pensar mal. Analizo comportamientos no la bandera de quien los tiene. Me quejo mucho y desconfío, sí, pero siempre (o eso intento) con honestidad, coherencia y de cara. Tengo un gusto concreto y mi propia subjetividad.

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