jueves 24 de abril de 2014

Blogomaquia

“Los nacionalismos en el país de las maravillas” (I)

Teresa González Cortés (13-09-2012)
  • aumentar tamaño del texto
  • reducir tamaño del texto

En los comicios autonómicos a celebrar en Galicia y País Vasco, escucharemos toda suerte de pronunciamientos, incluso nos tocará oír discursos sobre las esencias del “buen” gallego, cuando no, chorros de literatura política en torno a la naturaleza “auténtica” del verdadero vasco. En el duelo electoral, y para ganar votos, algunos sacarán a flote el amor a la madre tierra y, apoyados en la bruma de la nostalgia, departirán acerca del valor umbilical de ciertos símbolos del pasado (árboles, piedras…). Incluso, ad nauseam, incidirán en el hecho diferencial –“no somos españoles”, dicen los de Amaiur- y blandirán, desde la sumisión a los ideales nacionalistas, la bandera de la enemistad contra los otros, contra los no nacionalistas claro está. Es más, a partir de su limitadísimo sentido de la democracia -ésta por definición “camaleónica” y, por ende, sujeta a las leyes “antropo-geográficas” del paisaje y del paisanaje-, los pastores oficiales del localismo hablarán de desprecios, humillaciones ultrajes… por parte de los representantes del poder central, naturalmente. El guión, pues, está escrito. Y es el mismo de siempre, solo que se repite y repite y repite.

El pasado del futuro exige el futuro del pasado

Con el ascenso exponencial de los movimientos nacionalistas la idea de “Pueblo” se ha convertido, de eso hace lustros, en un concepto imaginario elástico, flexible y sometido a un sinfín  de cambalaches e interpretaciones espurias. Y así, mientras los nacionalistas pastunes sueñan con borrar las huellas de su identidad afgana y paquistaní, y crear Pastustán, los miembros del Partido Nacionalista Vasco insisten en cortar amarras con (la Historia de) España para devenir una “pequeña Finlandia” en medio del mar Cantábrico (sic). Y si los nacionalistas belgas airean, con orgullo indisimulado, la figura de Jean de Guise (s. XIII) que vinculó la palabra “Bélgica” con el monarca de origen troyano “Belgus”, los nacionalistas catalanes también suspiran con melancolía por una Edad de Oro legendaria y se embarcan en dirección a la milenaria “Ítaca” con el deseo, en la lucha agónica de concebir, desde un futuro reinventado al “color” de las palabras, un pasado igualmente fabuloso.

En estos escarceos, a la carta, por el pasado mitológico abundan utopías, hojas de navegación hacia el futuro… y errores básicos en cartografía. Pero no importa, puesto que se trata de crear un mañana soleado, optimista, aunque el mapa sea más falso que un euro de madera. Ya en 1938 el periodista británico Frederick Augustus Voigt definió en su célebre escrito Unto Caesar este tipo de movimientos como una escatología que “proyecta sobre el pasado una imagen de lo que nunca fue, y concibe lo que es en términos de lo que no es, y el futuro en términos de lo que nunca podrá ser”.

Análogas aventuras de política-ficción se producen en distintos lugares de Galicia, donde algunos grupos nacionalistas se empeñan no solo en elogiar hasta el paroxismo la cultura celta de Finesterre y alrededores, sino en pretender, p. e., que el nacimiento de Pontevedra fue debida a “Teucro”, uno de los famosos héroes de la Guerra de Troya, entre otras ensoñaciones oníricas. De modo similar, en ciertos sectores nacionalistas andaluces se reivindica a Blas Infante o, mejor, a Ahmad Infante, notario enamorado del desaparecido reino de Al´Andalus que se convirtió al Islam en 1924 y que, casi 50 años después, fue erigido nada menos que “Padre de la Patria andaluza”.

La nostalgia o el ataque a la modernidad

¿Cómo entender que las autonomías vayan, desde hace años, deslizándose por los meandros del paganismo?, ¿cómo es posible que intelectuales y líderes políticos elaboren un santoral a la medida exacta de su libido dominandi y reciten un catecismo nacionalista fabricado ex profeso a partir de ídolos y héroes buscados y rebuscados entre la hojarasca de tiempos remotos, como es el caso del Justicia de Aragón Juan de Lanuza (1564-1591)?

Una posible contestación a esto nos la proporciona María Zambrano al sugerir esta filósofa que “son las clases socialmente dominantes las que se van quedando sin voluntad y sin pensamiento; son ellas las que no saben qué hacer ni qué pensar”.1 A esta respuesta (que sin duda obliga a la reflexión) se suma el hecho de que el modelo constitucional de las Autonomías hipertrofia el nacionalismo, el cual a su vez fomenta la petitoria de mayores niveles de soberanía nacionalista, llegándose al extremo, como ha hecho en fechas recientes Artur Mas, de exhortar a la rebelión contra los representantes máximos del Estado, o al punto de demandar, como ha reclamado estos días el político nacionalista Paulino Rivero, a la sazón Presidente del Gobierno de Canarias, un nuevo contrato con el Estado.

No hay que olvidar que, en cualquier Estado democrático moderno, a la implantación del estado de derecho siempre le acompañan la unificación y universalización de la Ley. Sin embargo, los grupos nacionalistas, en su rebeldía romántica contra el principio de universalidad jurídica, procuran sustraerse del control del poder del Estado y debilitar la soberanía del ejecutivo central aunque, contradicciones de la vida, a las minorías nacionalistas eso no les impida defender en sus respectivos feudos autonómicos la centralización institucional y emplear con mano de hierro el poder autonómico e incurrir, y en no pocas ocasiones, en abusos, arbitrariedades, despotismos, infringiendo las leyes del estado de derecho y generando, liberticidamente de paso, segregación entre Ciudadanos y… ciudadanos.

Pero, claro, no podía ser de otra manera si el objetivo es hacer vivir a la ciudadanía dentro de ese “país de las maravillas” que líderes e iluminados del nacionalismo diseñan al modo platónico, si resulta que “el Romanticismo, apuntaba el filósofo y politólogo Isaiah Berlin en Las raíces del Romanticismo (1965), tan pronto como es llevado a sus consecuencias lógicas, termina en una especie de locura”.

 

1 María Zambrano, La reforma del entendimiento español, en Hora de España, IX, septiembre 1937, p. 18.

Autor

Teresa González Cortés

Me gusta escuchar, leer, hacer deporte... Adoro la sensatez y el sentido del humor, aunque no sé muy bien por qué orden. Con el nombre de blogomaquia quiero decir que me agradan los debates, las discusiones en buena lid. Procurando entender la realidad empecé, de eso ya hace un tiempo, a estudiar los imaginarios presentes en las utopías e ideologías políticas.

Suscripción RSS

Top 3 Comentarios más votados

  • #1 DesDeBCN

    Yo no se como hemos podido ser tan tontos y no habernos dado cuenta que la...

  • #12 TgCortés

    He leído con detenimiento sus comentarios y no puedo estar más de acuerdo con...

  • #2 SteelyDan

    Como dice Cesar Molinas en su articulo que vuela por la red "Como resultante de...