En el límite - 17.09.2012

Esa insana adhesión a los partidos

Pocos fenómenos de las últimas décadas han resultado tan decepcionantes como la falta de una adecuada respuesta ciudadana a ese reino de abuso, arbitrariedad y desafuero, instaurado por nuestra clase política. Por el contrario, demasiadas personas han venido mostrando una vehemente identificación con alguno de los partidos, o tendencias políticas dominantes, descargando su desasosiego y frustración sobre los “contrarios” mientras excusaban o disculpaban los desmanes cometidos por los “propios”. 

Durante bastantes años, el trasvase de votos entre los partidos mayoritarios fue muy escaso, permitiendo a estas formaciones retener una gran masa estable de votantes, con independencia de la gestión llevada a cabo. Desgraciadamente, estas inquebrantables adhesiones al partido raramente se debían a notables coincidencias individuales con el supuesto ideario de la formación sino a un mero impulso instintivo, carente de razonamiento, que acababa desembocando en esa perniciosa dinámica del “nosotros frente a ellos”.

Se trata de esas pulsiones internas que conducen a forjar la propia identidad mediante la conciencia de pertenencia a un grupo, sea ésta formal o simplemente percibida, en firme contraposición a aquéllos no considerados miembros. Se exageran así las diferencias entre propios y ajenos, asignando toda suerte de virtudes y cualidades a los correligionarios, mientras se degrada a los extraños.

Esta dinámica, fomentada desde el poder, contribuyó a desviar la atención de los manejos y tropelías de los partidos, enfrentando a muchos ciudadanos entre sí. En lugar de promover una identificación racional con los partidos, basada en coincidencias programáticas, la clase política española favoreció un tipo de adhesión puramente emocional, apelando de manera directa o indirecta a los impulsos más primitivos del ser humano. 

La escenificación de un falso conflicto partidario

El debate político fundamentado en ideas fue sustituido muy pronto por la escenificación de un conflicto impostado entre los partidos, en el fondo inexistente, con intercambio constante de descalificaciones y frases altisonantes pero huecas, sin significado alguno desde el punto de vista racional pero conducentes a azuzar las emociones de sus respectivos partidarios, a impulsar esa adhesión instintiva y a animar el enfrentamiento con los seguidores del partido contrario. Cuanto más intenso se percibiese el conflicto partidario y su polarización, más probable sería que los sujetos reflejasen comportamientos grupales, no individuales ni racionales, conduciendo, tal como denunció Ortega, a la degradación de los individuos a la condición de masa.

Así, fue desapareciendo la discusión política racional y se sustituyó por el eslogan, las etiquetas, los prejuicios, las consignas, las frases hechas y los lugares comunes, evitando en todo momento el debate reposado de los asuntos importantes. La política se redujo a un diálogo de sordos entre fanáticos seguidores de equipos de fútbol rivales, mientras la crítica de fondo se difuminaba y trivializaba en una cansina barahúnda de increpaciones, desprecios y descalificaciones mutuas. Como consecuencia, muchos autoidentificados con un partido, no comparten realmente sus propuestas y planteamientos programáticos, frecuentemente porque las desconocen.

El sistema de listas cerradas, con voto a partido y no directamente a un candidato, propició esta identificación malsana con símbolos o siglas, más allá de lo que se esconde detrás. Al impedir a los votantes considerar individualmente a cada candidato, y discernir así sus cualidades personales o profesionales, se favoreció el traslado de la atención al terreno de lo puramente simbólico. 

Por su parte, los medios de comunicación convencionales contribuyeron a este proceso a través de su poco disimulada implicación partidista, su mayor inclinación a la propaganda que a la información y su denodada afición a difundir constantemente estereotipos sin contenido explicativo alguno. Así, incidieron con frecuencia en los aspectos más emocionales de la política, alabaron sistemáticamente a algunos líderes y partidos, mientras denostaban a otros, y ocultaron casi siempre la corrupción y los desmanes que, trascendiendo la órbita de un partido, se iban extendiendo, como un cáncer, por todo el sistema.  

La crisis cambia la identificación con los partidos

Por suerte, la presente crisis ha favorecido una reducción apreciable de esta adhesión irracional de los ciudadanos a los partidos mayoritarios. Cuando las dificultades económicas se muestran con toda crudeza y el desempleo acecha, menos personas se muestran dispuestas a ofrecer su apoyo inquebrantable a unas formaciones bastante más centradas en la defensa de intereses particulares que en el bienestar de los ciudadanos.

Pero esta caída de la adscripción partidista no se habría producido de manera homogénea en todo el espectro político. Mientras los oligarcas que usan el desgastado y tramposo discurso izquierda-derecha parecen haber perdido bastante predicamento, aquellos caciques que manipulan a través de ese peligroso y falso discurso identitario-victimista, repleto de inventados agravios y forzadas transferencias de responsabilidad, podrían haber aumentado el tamaño y fanatismo de su parroquia.

Debería señalarse con más frecuencia que una sociedad libre y abierta necesita una mayoría de ciudadanos dispuestos a mantener un criterio propio, a permanecer siempre críticos ante el poder y a resistir con decisión frente a los manipuladores de emociones. Unos electores que apoyen a un partido si defiende con claridad y firmeza aquellos principios con los que se identifican pero nunca a aquéllos dirigidos por una camarilla de oportunistas esgrimiendo un puro pragmatismo con el que trampear el día a día, mientras dedican la mayor parte del tiempo a mantener o acrecentar su poder e influencia. Unos ciudadanos que, sin renunciar a sentimientos y pasiones, se esfuercen por mantenerlos alejados de sus criterios políticos, en guardia permanente contra la propaganda y los prejuicios. Conscientes, en definitiva, de que la participación en una verdadera democracia requiere dedicación, tiempo y esfuerzo.

Autor

Juan M. Blanco

Estudié en la London School of Economics, donde obtuve un título de Master en Economía, que todavía conservo. Llevo muchos años en la Universidad intentando aprender y enseñar los principios de la economía a las pocas personas interesadas en conocerlos. Gracias a muchas lecturas, bastantes viajes y entrañables personas, he llegado al convencimiento de que no hay verdadera recompensa sin esfuerzo y de que pocas experiencias resultan más excitantes que el reto de descubrir lo que se esconde tras la próxima colina. Nos encontramos “en el límite”: es momento de mostrar la gran utilidad que pueden tener las ideas.

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Top 3 Comentarios más votados

  • #2 jotak

    Buenos días. Sr Blanco, su artículo es una radiografía de lo que tanto daño...

  • #18 Oveja_Negra

    Me parece un artículo estupendo al que le voy a dar difusión ahora mismo....

  • #3 Iturbide

    "Así, fue desapareciendo la discusión política racional y se sustituyó por...