sábado 23 de agosto de 2014

Blogomaquia

A redefinir el lujo

Teresa González Cortés (28-12-2011)
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Vivimos bajo el signo del horóscopo de las modas. Y de sus leyes caprichosas. Así, lemas y señuelos publicitarios adornan en estas fechas las luces callejeras de la imaginación y, a veces sin quererlo, se cuelan por nuestra cabeza, convertida estos días en un gigantesco árbol de Navidad, difícil, por otra parte, de soportar sobre nuestros hombros. Pero al margen de esos estímulos y tentaciones sin fin que nos cercan e inundan, ¿realmente el lujo reside en conseguir el objeto más selecto y conspicuo, más caro, minoritario y, a la par, elitista? Hace 25 siglos el viejo Epicuro ya había denunciado la falsedad de identificar el ser con el tener. Y puesto que las personas excedemos la condición de cazadores de objetos, instó a que analizáramos el carácter y la trascendencia de nuestros deseos. ¿Con qué fin? Con el objetivo de podar lo accesorio de lo fundamental y centrarnos verdaderamente en lo esencial de la vida. “¿En lo esencial?”, preguntará alguien, enojado, sabiendo que cada cual se aferra a una idea de lo esencial que rara vez coincide con la de otro.

Epicuro (341-270 a. C.) no era tonto. Y reparó en esta objeción. Sin embargo, a pesar de los obstáculos teóricos, este filósofo originario de la isla de Samos vino a señalar que la búsqueda de los deseos constituía el eje cardinal del ser humano, pues de la acción y del efecto de desear arrancaba, a su juicio, el placer y, en consecuencia, el camino a la felicidad. Desde luego, Epicuro nunca negó el altísimo valor que en la psiqué humana jugaba la libido del deseo. Pero sí señalaba en cambio, y esto es importante tenerlo en cuenta, que no todo deseo anhelado y/o conseguido genera placer, ni procura estabilidad psicológica ni facilita la experiencia o dicha de la felicidad, por tanto.

En estos momentos de crisis y de vacas flacas, quizás más que nunca convendría repensar nuestro status de consumidores. El sociólogo norteamericano Thorstein B. Veblen así lo hizo, de eso hace muchos años, en su Teoría de la clase ociosa (1899), libro en donde ponía de relieve los apetitos inconmensurables de adquirir productos de lujo desde el afán de emular los hábitos y estilo de vida de las clases sociales acomodadas y pudientes. Pues bien, dejando a un lado la paradoja de comprar por imitación o de satisfacer nuestros impulsos más vehementes a partir del atlas de los deseos ajenos, sería positivo indagar al modo epicúreo en nuestros propios y “esenciales” deseos para no ser títeres que acaban moviéndose entre las pleamares de un consumismo (acéfalo y tonto) que solo tiene sentido por la pura y simple necesidad de ir a la moda.

Redefinamos, pues, el lujo, y más todavía cuando éste conlleva riesgos para nuestra salud mental y no pocos problemas para nuestra economía y supervivencia, ya que <<si mis necesidades aumentan mucho, el trabajo requerido para satisfacerlas se convertirá en una labor penosa>>. Esto es lo que afirmaba en 1863 el escritor norteamericano Henry D. Thoreau enUna vida sin principios. Y parece que lo ha dicho hoy.

Autor

Teresa González Cortés

Me gusta escuchar, leer, hacer deporte... Adoro la sensatez y el sentido del humor, aunque no sé muy bien por qué orden. Con el nombre de blogomaquia quiero decir que me agradan los debates, las discusiones en buena lid. Procurando entender la realidad empecé, de eso ya hace un tiempo, a estudiar los imaginarios presentes en las utopías e ideologías políticas.

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