viernes 19 de septiembre de 2014

Blogomaquia

El Tibet en llamas

Teresa González Cortés (14-12-2011)
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Dentro y fuera de Europa hay personas anónimas que, en señal de queja, acaban bañándose en gasolina para dejarse oír y, sobre todo, visibilizar los ultrajes por los que pasan. Desde luego, la reclamación de la justicia es un hecho profundamente humano, pero su búsqueda, su demanda puede en casos límite conducir a formas extremas de protesta. Morir “inmolándose” constituye un ejemplo de ello. Y atentar contra uno mismo tras haber planificado el dolor de la desaparición propia es el método que define al “suicidio-protesta”, a cuya tragedia se suma el drama de que rara vez llega a ser noticia.

“Noticia” es esa mujer u hombre que, con armas en la mano, dispara a sangre fría contra otros. Y, por lo mismo, “noticia” es  ese hombre o mujer que detona su cinturón de explosivos en medio de una gran multitud. Y es que, frente a los continuos actos criminales que siembran muerte y desolación infinitas a su paso, el gesto de morir sin causar daño ajeno no encuentra ni eco ni hueco en la organización de los relatos periodísticos, pues, fijémonos, de la  estructura de los medios de comunicación permanecen casi siempre excluidos los no asesinos. Sin embargo, la realidad es testaruda y está ahí para recordarnos que existe la resistencia extrema, en contra incluso de uno mismo.

Cuenta el sociólogo Michael Biggs en su interesante ensayo Morir sin matar: Autoinmolaciones: 1963-2002 (2005) que "David Halberstam, un periodista americano, fue testigo de la autoinmolación de  Thich Quang Duc un 11 de junio de 1963. Todo empezó cuando una procesión budista se detuvo en  una intersección muy importante de Saigón. El monje de mayor edad adoptó la posición de Loto; otros monjes le rociaron con gasolina. Él se prendió fuego a sí mismo. Un estudiante, Chân Không, le miraba: 'sentado valiente y plácidamente, envuelto en llamas'".

En torno a esta muerte planeada de principio a fin sólo cabe un comentario breve. El desconocimiento de estos poco numerosos fallecimientos exige, al menos, una reflexión personal. Y también una llamada a la atención pública. De hecho, el último suicidio por cremación lo ha llevado a cabo Palden Choetso a mediados de este mes de noviembre. ¿El motivo? Esta monja de 35 años decidió salir de su convento para, en plena calle y por medio de un sufrimiento mudo y bonzo, protestar sobre la situación penosa en que viven cientos de miles de personas. E igual que Thich Quang Duc, con su sacrificio heroico, denunció los agravios que cometía el dictador Ngo Dinh Diem, casi cincuenta años después Palden Choetso ha repetido por razones similares el mismo y brutal guión. Esta vez, en contra de la larga y vergonzosa dictadura comunista china que impide al pueblo tibetano, entre otras cosas, expresar sus creencias y cultos religiosos.

Por estos y otros episodios silenciados –no hay que enfadar al gobierno de China-, no dudamos de que el Tibet está en llamas, pues en lo que va de año, en este 2011, once monjes y monjas budistas se han inmolado luchando frente a la opresión que las tan poderosas como liberticidas autoridades chinas ejercen sobre este diminuto, minúsculo... y valiente país.

Autor

Teresa González Cortés

Me gusta escuchar, leer, hacer deporte... Adoro la sensatez y el sentido del humor, aunque no sé muy bien por qué orden. Con el nombre de blogomaquia quiero decir que me agradan los debates, las discusiones en buena lid. Procurando entender la realidad empecé, de eso ya hace un tiempo, a estudiar los imaginarios presentes en las utopías e ideologías políticas.

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