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Hmmm... - 25.01.2013

Un fascinante thriller español

Tengo a El cebo por el mejor thriller español de todos los tiempos y uno de los títulos de nuestro top-ten nacional. Solo por eso, y aprovechando que no se cumple ahora ningún aniversario, merecería  que en esta sección atemporal y errática le dedicáramos unos minutos.

Es, ya digo, una excelente película -se abusa demasiado de la locución ‘obra maestra’, y a mí, ya saben, no me gusta abusar de casi nada- pero se trata, además, de una cinta rodeada de excentricidades y rarezas, algunas de las cuales no se han estudiado bien.

La primera rareza es que la españolidad de la película se sostiene casi bajo palabra de honor. Veamos: el director es húngaro; el guionista, suizo;  los actores, alemanes en su mayoría; la ambientación, también suiza; la coproducción, hispano-helvética-alemana... Español, lo que se dice español, fue la mayoría del dinero, además de las localizaciones y algún secundario del reparto.

La segunda rareza es que no suele aparecer en las listas de grandes filmes españoles de la época. Coetáneo de Muerte de un ciclista (1955),  Calle Mayor (1956), Bienvenido, Míster Marshall (1952), Plácido (1961), El verdugo (1963) o Viridiana (1961), no aparece normalmente entre ellos. Ah, dirán ustedes: porque el director no era español. Tampoco lo era Marco Ferreri  y su El pisito (1959) no falta en ninguna relación de la época. Y el propio Ladislao Vajda figura siempre en las listas gracias a Marcelino, pan y vino (1955), que tantos aplausos y lágrimas cosechó en su momento.

De Marcelino, pan y vino a Fritz Lang

Cuando rodó El cebo (1957),  Vajda ya llevaba muchos años en España y era un director querido y consagrado. Había salido de su Hungría natal cuando la Segunda Guerra Mundial le dejó claro que, fuera cual fuera, el resultado iba a ser malo para él y recaló en España un poco por casualidad, tras deambular por otros países europeos, por aquel entonces a cual más revuelto. Vajda era un pacífico bon vivant, con un buen currículum y extensas relaciones en toda Europa, al que lo único que le interesaba era el cine, y no se entiende bien –no he encontrado datos al respecto- por qué no emigró a los Estados Unidos, como tantos cineastas centroeuropeos con los que él mismo y su padre habían colaborado hasta entonces.

La tercera rareza tiene que ver con esto. El cebo, en lugar de entroncarse en el neorrealismo español de la época -heredero del italiano-,  es una película deudora del expresionismo alemán y no es difícil encontrar en ella referencias directas a M, el vampiro de Düsseldorf (1931). Lo cual no resultaría sorprendente si no fuera porque, cuando fue rodada, Vajda ya estaba bien aclimatado al lenguaje fílmico español y este cambio de enfoque, que no mantendría en sus posteriores filmes,  solo puede entenderse como un homenaje a sus maestros o una sentida añoranza. Conviene anotar que, en las fechas de rodaje de El cebo, Fritz Lang acababa de lanzar dos thrillers extraordinarios, Mientras Nueva York duerme (1956) y Más allá de la duda (1956), y era ya uno de los directores cimeros de Hollywood.

Pero lo más notable de El cebo es que se trata de la única película española que cuenta con guion original de uno de los más gruñones y destacados intelectuales del siglo XX europeo: Friedrich Dürrenmatt.

Dürrenmatt tenía por aquel entonces 35 años y su carrera se encontraba a punto de despegar. Estaba ya escribiendo los dramas que lo consagrarían definitivamente -La visita de la vieja dama (1956), por ejemplo- y ya había firmado El juez y su verdugo (1952), la primera de las extraordinarias novelas policiacas que intelectualizaron el género al modo en que por entonces lo estaban haciendo Sciascia en Italia o Borges en Argentina. Pero Dürrenmatt aún no era el intelectual irascible y temido que luego llegó a ser y ni siquiera había escrito la famosa frase que después se ha pronunciado hasta el aburrimiento.

De guion a novela

Por aquel entonces, el escritor suizo se ganaba la vida haciendo guiones para la radio alemana y por  ahí, supongo, deriva su vinculación con Vajda.

Contra lo que afirman muchos especialistas, el guion no procede de una novela o un relato previos, sino que nace, original, para la película, y es después cuando se convierte en novela.

El cebo se inscribe en el género policiaco, en el sentido más clásico de la palabra: la investigación de un crimen, sobre la base de datos oscuros e inconexos, va arrojando luz y coherencia a la indagación hasta que se produce el encuentro con la verdad. El argumento es simple (copio de Fimaffinity): “Una niña aparece asesinada en el bosque de un pequeño pueblo suizo. Enseguida las sospechas recaen sobre el viejo vendedor ambulante que encontró el cadáver. Solamente el comisario Matei duda de su culpabilidad, pero se acaba de retirar y deja el caso en manos de un compañero. Mientras tanto, el anciano, incapaz de resistir la situación, se suicida en su celda. Ya en el aeropuerto, a punto de coger el avión, el comisario Matei repara en algunos detalles contados por los niños de la escuela y decide aplazar su viaje para empezar a investigar por su cuenta”. Por supuesto esa investigación le conduce  a la verdad y al encuentro del verdadero asesino.

La película está narrada de manera soberbia, con un pulso sostenido, con sobriedad, con un punto expresionista innegable (fotografía tenebrosa, primeros planos en el límite justo de la verosimilitud) y una interpretación sin excesos ni desfallecimientos.

Pero lo sorprendente viene ahora. Dürrenmatt entrega el guion, ve la película resultante, le parece bien, le gusta, pero se queda con una sensación de insatisfacción cuyo origen no entiende. Así que decide reescribir la historia en forma de novela y es en este proceso donde introduce un factor no presente en el guion,  que conducirá la narración por derroteros completamente distintos. Este factor es la casualidad, una variable muy frecuente  en su obra.

En el discurso mordaz, profundamente desolado y pesimista con que el escritor suizo aborda la disección de su sociedad y de su mundo, La promesa -título con el que conocemos en español la novela resultante-  representa un salto cualitativo respecto a El cebo. En el guion, la sagacidad del policía, su lógica implacable, su cerebro, le conducen al triunfo, que es el triunfo de la razón en la sociedad industrial y capitalista. En la novela, una absurda coincidencia, una nimiedad debida al azar le llevan al fracaso. Este es el verdadero Dürrenmatt, el intelectual convencido de la ruinosa deriva de la autosatisfecha sociedad burguesa del siglo XX, que terminó convirtiéndose en un referente esencial de la cultura europea.

¿Qué hubiera sucedido si esta variante de la casualidad hubiera sido introducida en el guion original? ¿Cómo hubiera entendido la delirante censura española una película en la que el malo –un malo muy malo, ¡un pederasta nada menos!- sale triunfante y libre de castigo? Probablemente, no hubiera pasado el corte. O quizá sí, habida cuenta de la cantidad de rarezas que en esta película confluyen. O acaso el censor, al estilo del de Viridiana, le hubiera obligado a Dürrenmatt a introducir un final aún más perverso de lo que el propio autor podía imaginar.

En 2001, Sean Penn realizó una adaptación muy aceptable de La promesa, con el título de El juramento (The Pledge), donde Jack Nicholson hace de Jack Nicholson  de inspector Matei, y en algún sitio he leído que existe otra versión anterior que no he localizado. Se trata en todo caso de adaptaciones de la novela, pero no de remakes de El cebo original, el más fascinante y perturbador thriller de nuestra filmografía.

Autor

Juan Torres

Me gano la vida como consultor de comunicación, pero lo que yo sé hacer bien es escribir sonetos. En los ratos libres voy al cine, escucho música y hojeo libros para poder después hablar de ellos. Aquí voy a escribir sobre estas cosas, o sobre otras, ya veré: un poco lo que se me vaya ocurriendo sobre lo que ocurre por ahí.

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