jueves 21 de agosto de 2014

Game Over

El Gobierno puede y debe hacerlo mucho mejor

Javier Benegas (09-01-2012)
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Hasta la fecha, las familias han podido suplir a duras penas las falacias del Estado de bienestar, dando techo y un plato caliente a muchos de aquellos que, batidos por el vendaval de la crisis, han tenido que volver a recalar en el hogar paterno con el rabo entre las piernas. Pero, según se vaya degradando más la economía – y aún queda mucho margen para ello –, esa calma social, fruto de la abnegación de nuestros padres y abuelos, irá tornándose tormenta. Y, llegado el caso, no será una indignación manipulable sino rabia ciega lo que haga que una parte importante de la sociedad se revuelva, primero, contra el Gobierno, después, contra toda la clase política y, finalmente, contra cualquiera. Y esto es lo que hay que evitar a toda costa haciendo por fin lo correcto.

Quiebras en cadena sin ningún proceso judicial a la vista

Lo que estamos viviendo en estos días aciagos no es ninguna minucia. Más allá del enésimo expolio a las rentas de la clase media y del hiriente despropósito de condecorar a los principales responsables de la catástrofe en curso – los mismos que siendo amantes de los pobres se han dedicado en cuerpo y alma a crearlos por millones durante las dos legislaturas pasadas –, asistimos a la escenificación de paradojas sangrantes, como el juicio a cuenta de unos trajes al que hasta ayer era ordeno y mando en el reino de Valencia. Un circo judicial que, pese al interés mediático, permite dejar en segundo plano la responsabilidad del personaje en la, cuando menos, dolosa quiebra de una región rica y próspera. Difícil explicar con palabras lo que supondrá para la sociedad valenciana, en el contexto de esta crisis económica, verse en la tesitura de hacer frente a una deuda pública que supera de largo los diez dígitos. Una Pobreza sobrevenida que habrá que sumar a la ya existente y que pesará como una losa de cara a cualquier posibilidad de recuperación futura.

Pero lo sucedido en Valencia es aplicable, en mayor o menor medida, al resto de comunidades de España. Por todas partes asistimos a palmarios ejemplos de que, en este desdichado país, hacer política ha degenerado en un ejercicio de saqueo permanente. Y que para llegar a rey de taifa, lejos de ser preciso acreditar una formación suficiente y una moral a toda prueba, es condición indispensable tener un rostro más duro que el granito.

De la pantomima del periodismo de trinchera a la alienación ciudadana

A propósito de las poco afortunadas primeras medidas contra la crisis, los medios amigos y enemigos, todos bastante más que caninos, chantajean al nuevo gobierno con columnas incendiarias. Y más que sesudas críticas, proliferan los artículos que hieden a gamberrada y a desesperados intentos de recibir contrapartidas económicas a cambio de silencio. Por lo demás, su contribución a la causa de la Verdad se limita a difundir con entusiasmo las filtraciones sobre escándalos contados que, por exigencias del guión, son debidamente segregados de la parte mollar de la corrupción, esa pandemia nacional que está causando estragos.

De las verdaderas razones que atañen a la ruina de ayuntamientos y comunidades autónomas poco o casi nada se debate, informa o investiga, pues, de hacerlo, muchos tendrían que denunciar las malas prácticas de los partidos que les sustentan. Y la misión principal de estos tertulianos de la corte es entretener y mantener unidos a los simpatizantes de uno y otro partido o, en su defecto, de sus facciones internas, echando a los leones, para alborozo de la concurrencia, a unos cuantos sinvergüenzas caídos en desgracia. Un perverso juego de divertimento y engaño en el que el público, de un color u otro, se reconforta al ver en apuros al personaje de turno, olvidando que son ellos, los espectadores, quienes son conducidos al sacrificio.

A los ciudadanos comunes y corrientes, aquellos a los que Mariano Rajoyantes de ser Presidente se refería a menudo como “las personas normales”, se hostiga desde todas partes. En los últimos años, no sólo se ha invadido el ámbito de su privacidad mediante el abuso legislativo, sino que se les ha tratado como a seres incapaces. Y ahora, para rematar la faena, se mete la mano en su cartera. Por contra, sus legítimas inquietudes siguen sin encontrar eco en el Congreso de los Diputados, lo que incrementa la sensación de que la política sirve a intereses distintos de quienes pagan la fiesta. El desafecto hacia los gobernantes va camino de convertirse en un problema irreversible. La clase política es, a los ojos de la calle, una nueva nobleza que acumula cargos y privilegios con derechos sucesorios. Y poco ayuda que los personajes influyentes que se vislumbran entre bastidores sean los mismos de siempre y que los contados nombres nuevos que llegan a la política lo hagan empujados por sus ilustres apellidos o por el empeño de las fundaciones de los partidos, verdaderos invernáculos de políticos profesionales que, para mayor escarnio, son sugragadas con el dinero del contribuyente.

Muy poco margen para el error

De lo que todos deberíamos ser conscientes, y muy especialmente los miembros de este nuevo Gobierno, es que estamos ante la penúltima oportunidad de enmendar los graves errores que nos han llevado al fondo del abismo y evitar que el país entero entre en implosión empujado por esa marea de pesimismo y hartazgo que va en aumento desde hace años. Es evidente que va a ser muy difícil, por no decir imposible, que los españoles vayan a asistir impasibles a una nueva legislatura por entregas, de medidas y reformas llenas de decepción y sorpresa, silencios recurrentes rotos por verdades a medias y clamorosos errores de comunicación. La calle demanda soluciones al grave problema del paro, sí. Pero también ejemplaridad y reciprocidad en cantidades industriales, ni más ni menos que en medida estrictamente proporcional a la dimensión del desastre. Lo que equivale a tener que meter el cuchillo hasta el mango en la actual estructura del Estado y, también, en los privilegios de los partidos políticos, sindicatos y asociaciones de empresarios mucho más allá de ese patético 20% de descuento en las subvenciones que reciben.

Salvar y modernizar España requiere de esa incineración heroica del Gobierno que prometió quien ahora es Presidente, y en la que no cabe el cálculo político por más que se ponga en riesgo la posible mayoría absoluta del PP en Andalucía y, con ella, determinadas lealtades. Quizás la cuestión consista en reordenar prioridades y ser leal a los ciudadanos antes que a nadie. De lo contrario, lo que podría terminar incinerado es el país entero.

Autor

Javier Benegas

De la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista, porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. Aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día, siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos muy distintos: el de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que condiciona y mucho nuestras vidas. El título de este blog no hace referencia a ningún cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. Seamos pues moderadamente optimistas.

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