miércoles 3 de septiembre de 2014

Game Over

Rajoy, Aznar y el reformismo inmóvil

Javier Benegas (15-01-2012)
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Contrariamente a lo que muchos han dado por cierto, el verdadero mérito del PP que accedió al poder en la segunda mitad de la década de los ‘90 no fue el de regalar a los españoles una visión realmente innovadora y deslumbrante de lo que debía ser España. Pese a la mitología desplegada, aquellas dos legislaturas populares no terminaron de ser un verdadero ejercicio de excelencia, y mucho menos reformista. Salvando la determinación – no había otra salida – de hacer caja mediante las privatizaciones, hubo, en lo demás, zonas de sombra bastante amplias. Los gobiernos del presidente Aznar – “Yo sólo confío en mí mismo” – resultaron ser fiel reflejo de su propia personalidad: sosos, sin chispa y, en ocasiones, antipáticos. Pero tuvieron una virtud, especialmente al principio, la de saber echarse a un lado y molestar lo mínimo imprescindible. Justo lo contrario de lo sucedido durante los 14 años precedentes con Felipe González, quien manifestó una compulsión enfermiza por gastar e interferir en el día a día, penetrando no ya en los hogares y empresas sino hasta en los pensamientos de muchos ciudadanos a fuerza de desplegar una incesante propaganda. Lo que terminó por corromper, además de las instituciones del Estado, las mentes de muchos españoles.

Esa carga añadida de paternalismo, posmodernidad e ingeniería social delfelipismo hizo que, para sorpresa de muchos, la llegada del PP al Gobierno terminara suponiendo un alivio generalizado. Su perfil, a la fuerza plano en la primera legislatura, trajo consigo al menos unos años de tranquilidad y de respeto a la privacidad de las personas. Por primera vez en mucho tiempo, los españoles pudieron dedicar su atención y esfuerzo a trabajar y prosperar. Y en el transcurso de aquellos años fugaces, España brilló con luz propia al dejar de tener la vista puesta en el pasado y mirar, por fin, hacia el futuro.

Volviendo al momento presente, no fueron precisamente pocos los españoles que votaron el pasado 20-N al Partido Popular con la esperanza de que el nuevo Gobierno, más que obrar milagros, repitiera al menos la primera parte del guión de aquellos “maravillosos años” y devolviera la libertad necesaria con la que poder encontrar por sí mismos una salida de emergencia. Sin embargo, las cosas han empeorado mucho desde entonces, de tal forma que resulta especialmente oportuna aquella inquietante frase de Paul Johnson que decía que una de las lecciones lamentables del siglo XX es que, apenas se permite la expansión de un Estado, es casi imposible reducirlo. Tal vez el 20 de noviembre fuera ya demasiado tarde para que de las cenizas surgiera un gobernante con un mínimo de entereza y convicción, capaz de lograr los apoyos necesarios para hacer lo que es preciso sin caer en el error del cálculo político. Y quién sabe si la decisión, entre restaurar el sistema heredado de la Transición o dedicar todos los esfuerzos a evitar que la sociedad sucumba bajo el peso de una estructura insostenible, estuviera ya tomada antes de que los votantes se encaminaran a las urnas.

Sea como fuere, los indicios no son muy halagüeños, empezando por los nombramientos de Jesús Posada como Presidente del Congreso, defensor a ultranza del actual modelo político al que debe su fructífera e interminable carrera, y Pío García Escudero como Presidente del Senado, hombre de esa derecha aznarista que predica mucho pero da poco ejemplo. Estas dos designaciones fueron un mal presagio que quedó corroborado con los nombramientos de los nuevos ministros en cuanto a que no hubo el menor resquicio para la sorpresa. Todo personaje del que emanara el más leve aroma a independiente quedó sin cartera. Y por si esto fuera poco, en el primer envite, Luis de Guindos, ministro de Economía y Competitividad, que estaba llamado a ser uno de los grandes protagonistas de la legislatura, ha quedado reducido a comparsa. Por el contrario, el fiel escudero Cristóbal Montoro ha pasado a ser vicepresidente económico in pectore, relegando a un segundo plano incluso a Doña Soraya, que por exceso de confianza, y quién sabe si por la emoción del momento, se ha dejado meter un gol por toda la escuadra. Y como una cosa lleva a la otra y ésta a la siguiente, las ansiadas primeras medidas económicas han terminado siendo una sangrante mordida al bolsillo del contribuyente. Traición imposible de digerir por más que se presente como una decisión “no prevista y excepcional”. Para mayor dolor en la herida está el detalle nada aseado de mantener en su parte más mollar las subvenciones a partidos, sindicatos y patronal, cuestión ésta que sin ser significativa en lo económico supone dar la patada a esa ejemplaridad que los ciudadanos exigen.

Al margen quedan detalles como Ruíz Gallardón y su oniomanía puestos al frente de Justicia, la proverbial ubicuidad de José María Aznarasistiendo, aquí y allá, a los nombramientos de sus más leales servidores, y su señora esposa, Doña Botella, por fin alcaldesa de la capital del reino y dispuesta a demostrar de forma práctica a los madrileños que una tasa no es un impuesto, aunque se parezcan mucho.

En resumen, antes de las elecciones del 20-N, el Partido Popular no tuvo pudor alguno en repetir sin descanso la idea comúnmente aceptada de que en los ’90 España emergió de la crisis gracias a su llegada al Gobierno. Pero dentro de esta argumentación se esconde, además de muchas medias verdades, una falacia: el escaso reconocimiento del enorme esfuerzo realizado por el españolito de a pie, que fue el verdadero artífice de ese pequeño milagro económico, hoy enterrado bajo montones de deudas. Visto en perspectiva, y si se aplica el rigor necesario, es evidente que no fue la visión política de los gobiernos de Aznar lo que nos colocó en un lugar de privilegio entre los países desarrollados sino el empuje constante y decidido de la sociedad española que, con la vista puesta en una prosperidad a tiro de piedra, se dejó los riñones y, también, sus sueños por el camino.

Ahora en este 2012 recién comenzado, y en espera de esas reformas estructurales prometidas, en stand by para mayor gloria de Javier Arenas, se va poniendo en el punto de mira el recurrente fraude fiscal que, casi de manera intimidatoria, convierte en potencial delincuente a todo español que se gane el pan con el sudor de su frente – los políticos no se limitan a exigirte tu dinero: quieren tu espíritu. Quieren doblegarte con sus impuestos hasta que te veas indefenso” –. Mientras, el fraude político, verdadero cáncer de nuestra economía y que supera los 63.000 millones de euros sólo en deudas enterradas en empresas públicas, no parece que vaya a ser perseguido.

Cierto que aún es pronto para dictar sentencia. Pero, frente a los numerosos indicios que hacen temer lo peor, los españoles aún no hemos visto ni uno solo que incite al optimismo. Y si el corte del traje sigue con este patrón, no sería descabellado pensar que lo que está en camino es un intento desesperado de rescate de la clase política y su estructura adosada; de ese mundo del privilegio más que la salvación de España, como si una cosa y la otra se hubieran vuelto definitivamente incompatibles a los ojos de quienes tienen la sartén por le mango… y a los españoles con el alma en vilo.

Autor

Javier Benegas

De la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista, porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. Aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día, siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos muy distintos: el de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que condiciona y mucho nuestras vidas. El título de este blog no hace referencia a ningún cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. Seamos pues moderadamente optimistas.

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