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Game Over - 19.12.2011

¿Querrá Mariano Rajoy salvar a España?

En un país de 46 millones de habitantes, de los que 12 millones viven en el umbral de la pobreza, con ingresos que no superan los 500 euros, otros tantos sumidos en la pobreza severa y 5 millones más en el paro – y aún a expensas del ajuste que se avecina –, no deja lugar a la duda. No hay margen ni dinero para seguir instalados en la prebenda. Salvar España obliga a pagar un alto precio que debe repartirse entre todos de la forma más equitativa posible. De otra manera, el peso del ajuste recaerá en unos pocos y, dadas las circunstancias presentes, la clase media se extinguirá por completo. Y si esto sucede, será imposible que la economía crezca y el Estado, por más que se recorten gastos, será insostenible. Pese a ello, no son pocos los que se resisten a aceptar lo irremediable. Y muy especialmente aquellos personajes mayores o menores que hasta la fecha han formado parte de una élite privilegiada.

Pero ningún hombre, por interesado que sea, cae en el error si no es por la verdad que en ese error se encierra. Y esa verdad es que, más allá de las reformas económicas filtradas, no se vislumbra en el próximo gobierno ni de lejos un compromiso reformista en lo esencial. Y he aquí el error. Las reglas de juego nacidas del consenso alcanzado por los padres de la patria hace ya más de tres décadas no se tocan. Y ahí seguimos. Así que el análisis y la solución a nuestros graves problemas queda en manos de economistas, tecnócratas y políticos profesionales que sólo van a aceptar moverse dentro de unos márgenes muy estrechos, dispuestos a seguir ocultando a los ciudadanos que el modelo económico y el modelo político interactúan entre sí de forma directa, generando y agravando crisis como la presente.

Puede que desde el punto de vista presupuestario el margen de maniobra del próximo gobierno sea muy limitado. Pero no vale como excusa ya que esto es sólo una verdad a medias que atañe a la parte más urgente del problema y en modo alguno a la más importante. El futuro gobierno, con mayoría absoluta y cuatro años por delante, tiene mucho más margen del que reconoce. Porque gobernar no es sólo administrar los recursos dentro de los límites que el modelo político impone. Es también, cuando se hace imperativo, reformar el propio modelo. Y el momento ha llegado.

Si el próximo gobierno se somete voluntariamente a la socorrida política del consenso, será la constatación de que no está en su agenda la reforma del modelo político, pues quienes habrán de darle su apoyo no sólo no son parte de la solución sino que, aún peor, son el problema. Por eso, los más interesados jalean a rabiar los primeros gestos conciliadores y dialogantes de Mariano Rajoy, porque se ven a sí mismos a salvo. Pero, si somos serios, conviene decir alto y claro que el peor enemigo de nuestra economía es el actual modelo político. De él dimana una estructura territorial y de poder que asfixia a los ciudadanos y a las empresas al obligarles a sostener parlamentos innecesarios, administraciones duplicadas, regulaciones excesivas y contradictorias, ingenierías sociales destructivas, impuestos y tasas casi confiscatorios y una tropa demencial de políticos, asesores y enchufados. Este modelo político también conculca la separación de poderes, de tal forma que, además de padecer una Justiciade una lentitud letal en las causas cotidianas con unos costes económicos desorbitados, los más altos tribunales se vuelven escandalosamentebizcochables y nada disuasorios cuando se trata de juzgar a según qué personajes o causas. Y qué decir de la Ley Electoral y del funcionamiento interno de los partidos, de su financiación, falta de transparencia y del poder casi absoluto de quienes mandan en ellos sobre cualquier institución del Estado. Y por último, lo peor: este modelo político incentiva una corrupción desbocada que drena la riqueza y la desvía impunemente hacia paraísos fiscales.

Todas estas cuestiones son de sobra conocidas por muchos ciudadanos. No son ninguna novedad. Sin embargo, el quid de la cuestión, – el salto cualitativo –, está en entender que la buena marcha económica y nuestra prosperidad futura están supeditadas a la calidad de nuestra democracia. Si nuestra democracia sigue siendo de baja calidad como hasta ahora, los ciudadanos seguiremos siendo pobres. Si, por el contrario, se reforma y se convierte en ese necesario cortafuegos contra la corrupción y el abuso de poder, habrá más oportunidades para todos y, en consecuencia, seremos más ricos. Por ello, hablar de reformar el modelo político no es idealismo, es pragmatismo y “sentido común”: Política con mayúsculas no apta para cortesanos y pelotas. Así pues, ya que a los ciudadanos se nos va a pedir que asumamos un esfuerzo añadido casi inhumano, es de justicia que el nuevo Presidente del Gobierno responda a esta pregunta: ¿está usted dispuesto a hacer lo que es realmente necesario?

[Twitter: @BenegasJ] 

Autor

Javier Benegas

De la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista, porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. Aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día, siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos muy distintos: el de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que condiciona y mucho nuestras vidas. El título de este blog no hace referencia a ningún cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. Seamos pues moderadamente optimistas.

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