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Tribuna de Santiago Cervera - 12.01.2012

Necesitamos un Schumpeter en España

Conversé hace poco con una de esas personas que acumulan sapiencia a base de haber asistido a una buena parte de los acontecimientos históricos del siglo pasado. Observador crítico, conversador ameno, analista lúcido, el motivo de la charla era, cómo no, el marasmo económico en el que estamos metidos. Al paso de las primeras medidas adoptadas por el nuevo Gobierno, coincidíamos en que por encima de los componentes meramente económicos hay un problema de estado de ánimo en nuestro país. Ya no es sólo cómo corregir los fundamentales de nuestra situación -empeño parecido al de intentar enderezar una gruesa barra de acero forzándola sólo con los brazos-, sino especialmente cómo hacer ver a los ciudadanos que somos capaces de llegar, algún día, a buen puerto.

Han sido demasiados años engañados. Primero cuando creímos ilusos que los ciclos económicos se habían superado; y luego, cuando se dijo recurrentemente que esta situación era pasajera y de fácil mejoría. Brotes verdes, recuérdese. No sólo no ha sido así, sino que cada día es más difícil afianzar la esperanza de que las medidas que se ponen en práctica van a permitir que viremos el rumbo de deriva. Es como la broma esa que se dice tanto últimamente, lo de “estamos al borde del precipicio pero dispuestos a dar un paso adelante”. Y en este punto de la conversación fue cuando mi interlocutor dijo “necesitamos un Schumpeter, alguien que al menos nos explique lo que pasa en términos globales, de manera lógica y coherente, y al mismo tiempo ofrezca una receta de las que siempre funcionan cuando el enfermo sufre de esta manera”.

Desgraciadamente, no hay tal referencia, nadie es ese galeno. Por más que algunos (¡qué pesado es Krugman!) se postulen para la cátedra. Y en ausencia de doctrina es cuando las medidas se perciben como basadas en el sistema voluntarista de “ensayo-error”. La política no es una ciencia empírica, ni siquiera es una ciencia. El repertorio de decisiones que se adoptan en materia económica tienen una base fundamental en el pensamiento económico y los modelos ideológicos, pero están pasadas por el cedazo del pragmatismo cuando no de la conveniencia táctica. Aun así, hay diferencias entre lo que hacen unos y hacemos otros, de la misma manera en que algunos políticos actúan como cigarras (“Pedro, no me digas que no hay dinero para hacer política”) y otros como hormigas (“No queda otro remedio”).

En este inicio de año contamos, por fin, con un Gobierno que en su misma genética está marcada la responsabilidad asumida frente a la peor situación económica que hemos vivido en décadas. La fórmula que se pone en marcha, en tiempo breve, es la de la austeridad, la reordenación laboral y financiera y el establecimiento de estímulos a la actividad que genere valor económico. Yo no dudo de que esa vía funcionará, porque es lo que siempre ha funcionado. Pero coincidí con mi interlocutor, hace unos días, al concluir que si no conseguimos que los ciudadanos vislumbren una esperanza sensata, las cosas tardarán mucho más de lo debido. Por cierto, Schumpeter fracasó como efímero ministro de economía de Austria. Su aportación fue otra, la de ofrecer razones entendibles en medio de las incertidumbres.

Autor

Santiago Cervera

Secretario de la mesa del Congreso, Presidente del PP navarro

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