sábado 2 de agosto de 2014

El rincón austriaco

Camino japonés, despeñadero griego

Juan Ramón Rallo (22-03-2012)
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Wolfang Münchau, columnista del Financial Times, tiene razón en dos cosas: una, la crisis europea está lejos de haber terminado; dos, un desapalancamiento simultáneo del sector público y del sector privado agravará a corto plazo la recesión. Se equivoca, sin embargo, en la prescripción de soluciones: ni Europa ni España necesitan combinar su imprescindible reducción de deuda privada con un incremento compensador de la deuda pública. Al contrario de lo que propone Münchau y de lo que se ha venido haciendo desde 2009, no nos queda otro remedio que aguantar el chaparrón de una profunda recesión para salir de ella tan rápido como sea posible

La experiencia japonesa

El rotundo fracaso de semejantes políticas puede observarse claramente en las más de dos décadas perdidas de Japón. A principios de los 90, el gobierno nipón optó por ralentizar el ritmo de minoración de la deuda privada reduciendo prácticamente a cero los tipos de interés y permitiendo a sus bancos que no contabilizasen a valor de mercado sus tremendamente depreciados activos: como consecuencia, en 20 años la deuda privada apenas se contrajo desde el 332% del PIB al 275% (menos de 3 puntos del PIB por año). Asimismo, y con tal de impulsar el crecimiento del PIB, el ejecutivo japonés acumuló año tras año unos enormes déficits públicos (entre el 4% y el 8% del PIB) que dispararon su endeudamiento público desde el 70% del PIB a principios de los 90 al 230% a finales de 2010.

¿Resultado final de dos décadas de crisis? Pues, aunque la deuda privada sobre el PIB se ha reducido en 47 puntos, la deuda pública ha aumentado en 160 puntos, de modo que los pasivos totales de la economía han pasado del 391% del PIB a superar el 500%. O dicho de otra forma, Japón ha dilapidado 20 años en tratar de mejorar la solvencia de todo el sistema económico: lejos de recapitalizarse, se ha endeudado todavía más.

Austeridad pública y privada

La experiencia nipona, por tanto, debería servir como alerta para quienes creen que el déficit público desbocado debe jugar un papel estabilizador durante una crisis. No es así, fundamentalmente por dos motivos: uno, el aumento de la deuda pública contrarresta los efectos positivos derivados de la disminución de la deuda privada; dos, el gasto público masificado inevitablemente conlleva un despilfarro generalizado de los recursos económicos (el gobierno no conoce los suficientes proyectos rentables como para inmovilizar decenas de miles de millones de euros). Al final, pues, el país implementa proyectos ruinosos y nada productivos durante varios ejercicios a cambio de asumir un volumen de deuda descomunal e impagable a partir del rendimiento generado por esos proyectos.

En definitiva, con tal de que la actividad económica no decaiga, el país hipoteca su futuro… y su presente. La clase política prefiere consolidar el estancamiento recesivo antes sufrir una fuerte contracción que dé paso en un par de años a una vigorosa recuperación. Trasladándolo a términos más españoles, el gobierno del Partido Popular se niega a acelerar la reducción del déficit público para lograr que el PIB de este año sólo caiga un 2% en lugar de un 3% o 4% (como sucedió en 2009). Poco importa que la contrapartida de esta falta de determinación a la hora de redimensionar la administración pública sea la de frustrar los beneficiosos efectos que podría empezar a tener el duro pero decidido ajuste que desde hace años ha llevado a cabo el sector privado: recordemos que familias y empresas han reducido su endeudamiento desde mediados de 2010 en 100.000 millones de euros pero, por desgracia, las Administraciones Públicas lo han incrementado en más de 150.000 millones. Un paso adelante, dos pasos atrás.

Acelerar el ajuste del gasto público no nos acercará a Grecia: frenarlo sí lo hará, pues si algo no ha hecho Grecia, pese a las continuas proclamas de papandreus, papademos y venizelos varios, ha sido ajustar de manera significativa su gasto público. En los primeros nueve meses de 2011 apenas había minorado un 3% su gasto público con respecto al mismo período del año anterior (y un 10% con respecto a los máximos de 2009). En realidad, Grecia sólo nos ha estado vendiendo promesas incumplidas de ajuste presupuestario: por eso, y no por unos inexistentes ajustes, están cómo están y terminarán saliendo del euro y sufriendo una descomunal merma en su calidad de vida.

En suma, a diferencia de lo que proclama Münchau, para no imitar ni a los helenos ni a los nipones debemos proceder a apretarnos el cinturón de verdad. A la postre, ahora mismo la mejor inversión en España es dejar de endeudarnos. No nos equivoquemos: más vale una resaca bien superada que una borrachera crónica que termine devorándonos el hígado.

Autor

Juan Ramón Rallo

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y licenciado en Derecho. Actualmente ejerce de director del Instituto Juan de Mariana y de profesor en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y en los centros de estudios OMMA e Isead. Asimismo, es analista económico de esRadio y autor de diversos libros.

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