viernes 19 de septiembre de 2014

Blogomaquia

Matrimonios envenenados

Teresa González Cortés (06-04-2012)
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Estamos cerca de Tánger y Tetuán, en la localidad, abierta al mar, de  Larache. ¿Día? 10 de marzo de 2012, fecha para no olvidar, pues esta ciudad portuaria de 100.000 habitantes, ubicada al nordeste de Marruecos, se despierta azotada por la tormenta que se ha llevado a una adolescente, Amina El-Filali, de tan solo 16 años.  Pronto, los titulares de los periódicos nacionales e internacionales se hacen eco de la tragedia. Y es que a la edad de 15 años Amina fue violada en dos ocasiones. Y a su desgracia se emparejó el sufrimiento que unos meses después le infligía su propia familia: aceptar al violador en calidad de marido.

Ya sé que la pérdida de la virginidad fuera de la institución del matrimonio en todas las sociedades árabes se siente como una lacra, como un pecado vergonzoso que, creen, mancilla y se esparce entre los miembros de la familia de la víctima. Ya sé también que el costumbrismo centenario aprueba y legaliza un ritual de reconciliación mediante el cual las familias convienen ­-la mancha de mora con mora se quita- en casar a la violada con el malhechor. Ya sé asimismo que esta clase de himeneos sin sentido, aunque consentidos y auspiciados por los progenitores, conlleva una ventaja para el agresor, que no será denunciado ni buscado por la justicia. Ya sé, en fin, que la antigualla del artículo 475 del código penal marroquí protege a todos los habidos (y por haber) delincuentes sexuales al mantener que “cuando una menor núbil secuestrada o corrompida se ha casado con su secuestrador, éste no puede ser demandado más que por la denuncia interpuesta por personas autorizadas para pedir la anulación del matrimonio y solo puede ser condenado después de que la anulación del matrimonio haya sido sentenciada”.

Sin embargo, esto no es óbice para reconocer que este tipo de prácticas nauseabundas que diluyen los ataques de agresión bajo los términos eufemísticos de “secuestro” o “corrupción” es amparado tanto por las “familias” (que asumen los cordones de una tradición canallesca que castiga brutalmente a sus hijas), como por los mismos “jueces” (que no persiguen ni llegan a reprender a los salteadores de menores, sino que encubren el estupro y celebran el crimen de los “varoncitos” con el apaño de una boda).

El drama de la sumisión

Entre tantos roedores que viven de deshilachar, abusar y carcomer la frágil condición de la mujer marroquí, no sorprende que Amina El-Filali decidiera ingerir raticida para dar fin a sus interminables ultrajes. A este hecho luctuoso, atroz, se unen las declaraciones que Lahcen El-Filali, el padre de Amina, hizo a la Agencia France-Presse tras la muerte de su hija: “Yo no quería ir con ellos a casa del juez a casarles, pero mi mujer me obligó a ello. Ella me dijo que era necesario hacerlo para que la gente dejara de burlarse de nosotros y acallar la vergüenza”.

Leído este tettimonio sobrecogedor, me pregunto: ¿cómo la propia madre accede a esposar a su hija con el hombre que es culpable de violarla a punta de cuchillo? Solo hay una explicación. Las sociedades árabes prohíben a las mujeres cualquier signo  de decisión dentro del espacio público. Lo cual causa en sus vidas un sinfín de quebrantos y calamidades porque, obligadas a permanecer exclusivamente en la esfera de lo familiar, son convertidas en individuos que solo poseen leyes privadas y, por tanto, solo pueden responder moralmente y actuar desde el respeto rígido, escrupuloso a los principios de “virtud”, “pureza”, “decencia”, “sacrificio”, “obediencia”. Y “sumisión”. Es más, tratadas jurídicamente como seres incompetentes, se les niega una carta de derechos y deberes “objetivos”, idénticos a los de los hombres. En consecuencia, se las coacciona a orbitar en torno al núcleo imaginario de tradiciones milenarias. Y a aceptar tópicos míticos inhumanos, como el de que el dolor de la violación con el violador se cura.

Postdata

Coincidiendo con los estertores de la Revolución árabe, el general Mustafá Dabi ha sido puesto en Siria nada menos que al frente de la misión de observadores de la Liga Árabe cuando en su país, Sudán, estuvo involucrado en todo tipo de violaciones de los derechos humanos.  Por otra parte, y casi por las mismas fechas, Marruecos puso en marcha una limitadísima apertura política a rebufo de la citada Revolución árabe. Cinco meses después, a día de hoy, en Marruecos se pasea por la arena política el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), coalición islamista que respeta y hace suyo, entre otros preceptos coránicos, el mandato de “Vuestras mujeres son vuestra tierra de labranza; id pues a vuestra tierra de labranza como queráis" (Corán, azora 2, 223). Con lo cual, y ante las reivindicaciones, necesarias a todas luces, de acabar con la situación lamentabilísima que padece el sexo femenino en los países árabes, tiene sentido inquirir si las futuras Amina El-Filali divisarán algún día cambios democráticos en ese código penal que en la actualidad las cataloga como cosas sujetas a trueque.

Autor

Teresa González Cortés

Me gusta escuchar, leer, hacer deporte... Adoro la sensatez y el sentido del humor, aunque no sé muy bien por qué orden. Con el nombre de blogomaquia quiero decir que me agradan los debates, las discusiones en buena lid. Procurando entender la realidad empecé, de eso ya hace un tiempo, a estudiar los imaginarios presentes en las utopías e ideologías políticas.

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