martes 23 de septiembre de 2014

Mi pequeño Salottino

Mi enemigo el Estado (III)

Juan. J. Gutiérrez Alonso (17-04-2012)
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Decía Honoré de Balzac en su imprescindible «Tratado de la vida elegante» (1830), que existen fundamentalmente tres tipos de personas: a) las que trabajan, b) las que piensan, c) y las que no hacen nada. Es evidente que uno puede trabajar mucho y que su trabajo no sirva absolutamente para nada, también pensar cosas interesantes o nada más que tonterías, y por último, tener formalmente asignadas muchas tareas pero en realidad no hacer nada. Todo esto es muy común en un país como el nuestro.

Por su parte, como ya hemos indicado en otra ocasión, don Alexis de Tocqueville, en su obra «El Antiguo Régimen y la Revolución» (1856), advertía sobre la importancia histórica de un tal Lemberville. Aquél señor que sugería a las autoridades públicas la necesidad de crear un servicio de inspección de industrias porque «el interés general» así lo requería y a continuación se proponía a sí mismo como responsable del nuevo servicio. La escuela del tal Lemberville seguramente ha condicionado como ninguna otra cosa los movimientos del Estado en todos sus niveles y en los últimos tiempos ha tenido más vigencia que nunca antes.

Poco tiempo después, el genio de John Stuart Mill, en sus «Consideraciones sobre el gobierno representativo» (1861), en sintonía con el joven aristócrata francés, mostraba su estupefacción por el hecho de que las naciones del continente prefieran pagar elevados impuestos antes que disminuir las oportunidades de los individuos de encontrar algún cargo público para sí o sus parientes. Manifestando igualmente que cuando dichas naciones claman por la austeridad, ello nunca significa abolir puestos públicos, sino reducir los sueldos anejos que sean demasiado altos, para que el ciudadano medio tenga posibilidades de ser llamado a ocupar tales puestos.

Génesis, sentido y riesgo sistémico del empleado público

El origen y fundamento último del empleado público poco o nada tiene que ver con aquello que explicamos a los estudiantes de Derecho administrativo en las Universidades. En realidad, si somos honestos, la práctica totalidad de las cosas que explicamos a los estudiantes son inexactas o directamente son mentira, así que esto del empleado público tampoco iba a ser una excepción. Me explico.

Cuando uno conoce el mecanismo de funcionamiento global y particular de «la estructura» y su proyección sobre la sociedad, no es complicado advertir que la génesis y naturaleza del particular ejército al servicio del enemigo - que goza hoy de mayor desarrollo que nunca antes -, más bien se encuentra relacionado con cuestiones cercanas a las ideas previamente expuestas o incluso con otras de corte financiero, que con las clásicas categorías jurídico-administrativas con las que engañamos a nuestros estudiantes.

Cuando alguien accede al empleado público, la primera escapada se realiza al concesionario y la segunda se produce al mercado inmobiliario. Consecuentemente, tanto en un caso como en otro, hay que pasar por el Banco. El empleado público, además de un vivero utilísimo para el comisionado político, supone un colchón formidable para la actividad crediticia y bancaria. Un instrumento interpuesto entre los ciudadanos corrientes y el Estado que dota de fortaleza y «seguridad» al entramado financiero y al Estado mismo.

Ahora que todo el mundo discute con gran manejo y vehemencia sobre aquello del «too big to fail», interesa recordar que esta idea-fuerza no se agota en las previsibles consecuencias del colapso de Lehman Brothers, Bearn Stearns o Merrill Lynch. Cualquier asunto que de modo directo o indirecto tenga incidencia en el negocio financiero es evidente que cae dentro de la órbita de la argumentación sistémica. El edificio, guste más o guste menos, está montado de este modo y por esto mismo explicaba Niall Ferguson hace ya casi cinco años que el nombre del momento, en contra de lo que sugerían algunos despistados, no sería J. M. Keynes sino M. Friedman y sus reflexiones sobre la necesidad de rescatar como fuera el sistema financiero ante situaciones de colapso. Otro debate será el cómo se está haciendo, pero el qué hacer, era y es indiscutible.

Así las cosas, contrariamente a lo que suelen ya pensar algunos, el temor a realizar movimientos serios con el empleado público es evidente y por eso mismo no se ha ido más allá de recortes salariales o cierta ingeniería con las partidas de las nóminas. En un momento histórico en el que trastocar mínimamente la solvencia de las entidades financieras y en el que muchos de sus clientes, incluidos decenas de miles de empleados públicos, se encuentran endeudados de por vida, puede ser causa de un inmediato cataclismo de consecuencias impredecibles y aunque tarde, muy tarde, ya han tomado conciencia. Como suele decirse coloquialmente, meterle mano al funcionariado, no hace más que demostrar la monstruosa calamidad que tenemos encima.

Pido disculpas a quienes se hayan podido sentir agraviados por este texto. Nada más lejos de mi intención. Este artículo no es un ataque a nada ni a nadie, sólo un intento de surcar entre el análisis histórico general y los siempre misteriosos mecanismos de toma de decisiones que terminan afectando a la vida y recursos de las personas. El único interés de esta contribución, tal vez, sólo sea advertir que en esto del empleado público, como en otras tantas cosas, es mucho más fácil ver la mano de un Rothschild que la de cualquier reputado estudioso del Derecho público o la Ciencia de la Administración, así que debemos estar atentos a lo sucesivo.

 

Twitter: @JJGAlonso

Autor

Juan. J. Gutiérrez Alonso

Nací en Salobreña y estudié Derecho en Granada. Antes de terminar la carrera pude hacer un internship en el Chase Manhattan de Luxemburgo. Al año siguiente cursé un MBA y empecé a trabajar como abogado en Garrigues&Andersen. Luego decidí regresar a la Universidad de Granada para hacer un Doctorado que terminaría en el Real Colegio de España de Bolonia, uno de los lugares que considero más interesantes del mundo. En 2006 trabajé en la Embajada de España-AECID en Bolivia. Volví a la Universidad y desde 2009 hasta 2011 fui asesor en la Secretaría de Estado de Asuntos Constitucionales y Parlamentarios. Ahora intento que mis estudiantes encuentren alguna lógica y entusiasmo en las categorías jurídicas, aunque últimamente la hallamos más en Groucho Marx o Charles Chaplin que en el BOE.

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