El blog de José Luis Ortín - 19.04.2012

Así acabaron con las Cajas de Ahorros (I)

Como en otras realidades sociales, el acoso y derribo a las Cajas de Ahorro también hunde sus raíces en una pérdida de valores. También influyeron otras razones externas e internas que trataré de explicar en lenguaje asequible y con algunos ejemplos puntuales.

En España había después de la crisis de los noventa  más de sesenta Cajas Confederadas de larga tradición con razonables balances y resultados cada año, y tanta raigambre social y económica que encabezaban los índices de popularidad y buena imagen en sus zonas operativas. Desde que nacieron las primeras en el S XIX para amparar al pueblo llano ante la usura y hacer obras benéficas sociales y asistenciales con los beneficios que obtuvieran, vertebraron social y económicamente a las clases medias y bajas españolas prestando un servicio decisivo al desarrollo social y a la economía nacional.

Tras el estallido de la crisis actual el panorama cambió radicalmente. Por diversas razones y con el denominador común de la pérdida de sus valores de origen, quedaron  una docena de Cajas en buen estado financiero y económico, varias decenas razonablemente regular pero con perspectiva estable con apoyos puntuales, y sólo otra  docena en situación complicada que habría que haber aislado para evitar contagios y acabar absorbidas por  entidades financieras de mejor balance.

El Banco de España, políticos Autonómicos y el Gobierno socialista

En esa situación, el Banco de España intervino con debilidad inicial ante las presiones políticas periféricas, básicamente, y flagrantes improvisaciones y desatinos, como los difusos SIP, cambios recurrentes de criterio sobre capital, y algunas inspecciones nunca bien esclarecidas; recordemos ‘el peor de lo peor’ de F. Ordóñez respecto a la CAM cuando estuvieron dos años sin salir de ella. Y, paradójicamente, se desataron los demonios que han llevado a su desaparición bajo un gobierno nominalmente socialista, aunque no único culpable.  Unas entidades creadas para el pueblo más necesitado  desaparecen dejando  un rastro de damnificados en algunos casos enorme y con una imagen tan desastrosa como inmerecida  en general y, lo que es peor, desamparando, como el tiempo demostrará, a millones de españoles que quedarán a merced de una docena de entidades financieras de ámbito nacional y  fácil entendimiento oligopólico para oprobio de su inerme  clientela.

Lo injustificadamente correcto al uso y la indignación

A quienes nieguen este infeliz desenlace, o lo hacen interesadamente con aparentes razones para tapar errores o ambiciones inconfesables, que los hay; o no tienen más remedio que hacerlo pues el que paga manda; o no se enteran mucho de esta película.

Desde mi doble perspectiva de antiguo empleado y directivo y después empresario y cliente, proclamo mi indignación por su injustificada desaparición. Y  denuncio que objetivamente, por mucho que hayan tratado de explicar la necesidad de su laminación tanto desde fuera como desde dentro de las mismas, a muchos que las hemos vivido con diversos grados de conocimiento y responsabilidad no nos podrán convencer  de que era inevitable. Y menos enarbolando la falta de tamaño, por aquello de sus necesidades de financiación y competitividad, que para nada justifica la realidad ni el cambiazo asesino que le han dado al valor originario de su verdadera función social y financiera.

El tamaño como excusa

Lo del tamaño es una engañifa  porque para  captar ahorros de sus clientes  y prestar dinero a otros que lo demandaran y después, con sus beneficios, hacer Obras Sociales y Culturales, no hacía falta más tamaño  del que ya tenían en su mayoría. Había Cajas que marchaban muy bien con cuotas en sus mercados de hasta el 30% o más, y otras que con menos cuota también funcionaban perfectamente. En Murcia, por ejemplo, entre CajaMurcia y CAM pasaban del 55% del total de recursos financieros regionales y hasta hace pocos años las dos estaban, una por eficiencia e imagen y otra por implantación y capacidad, en el grupo de cabeza de las Cajas españolas. Atendían a sus clientelas y competían entre sí y con el resto de entidades financieras  de un modo razonable y rentable. Las grandes dotaciones económicas que hicieron durante decenios a su  Obra Social lo demuestran. En el resto de España sucedía parecido. Y además, precisamente dentro de su tamaño cada una encontraba sus ventajas competitivas.  No nos engañemos, la mayoría de Cajas no estaban para financiar obras ni proyectos faraónicos, sino para atender a la clientela de sus mercados minoristas donde eran imbatibles; que le pregunten a los grandes bancos. Otro asunto es que hayan querido ser utilizadas para esas cosas por los políticos regionales de turno, ‘como caja de mano’; o por ambición desmedida de sus dirigentes como ‘caja de resonancia personal’.

Empieza el acoso

El acoso y derribo a las tradicionales Cajas empieza a primeros de los 80 pasados, con un poder socialista generalizado, cuando empiezan a propiciar con nuevas reglamentaciones que los presidentes de las Cajas, la mayoría de ellos políticos empezando por las de fundación pública, dejaran su función meramente institucional y pasaran a ser ejecutivos. Así, los directores generales que hasta entonces eran la máxima autoridad ejecutiva  y  con excelentes carreras profesionales en el sector, pasaban a ser meros ejecutores de lo que decidían los políticos metidos a grandes financieros, amparados en unos consejos de administración también politizados. Esos cambios levantaban pasmo y acojone general dentro de las Cajas.

Algunas lograron salvarse de ese criminal tsunami con  presidentes respetuosos de los antiguos valores, y ahí hallaron su tabla de salvación. En ellas, los presidentes no ejecutivos rubricaban las decisiones financieras y estratégicas de los profesionales que las dirigían haciéndoles a las entidades que representaban institucionalmente un favor tan enorme como trascendental. Al contrario, también hubo presidentes puestos y manejados por los dirigentes políticos locales  que sí manipularon a las Cajas sin ser ejecutivos por la permeabilidad de los profesionales de las mismas.

Algunas particularidades cercanas

Ejemplos de lo anterior han sido las trayectorias de cuatro Cajas muy cercanas. En las de Castilla La Mancha, con largo mando socialista autonómico, hubo presidentes políticos ejecutivos desde los 80 y ya sabemos cómo han terminado. En la de Murcia, con amplios mandatos socialistas y populares consecutivos, la dirección de CajaMurcia supo mantener incólume su gestión  gozando de la absoluta confianza y el respeto de sus diferentes presidentes, así como de los sucesivos dirigentes autonómicos, y también sabemos que ha terminado siendo una de las mejores del país. En la Comunidad Valenciana ha habido dos casos diferentes con resultado parecido. La Caja de Valencia, Bancaja, acabó cediendo a la presión y tuvo presidente ejecutivo político, y la de Alicante, la CAM, tuvo dirección profesional pero, como decíamos, mientras supo vadearse del poder político de turno, socialistas y populares, fue razonablemente bien; en cuanto cayó en la debilidad profesional  el asunto quedó en un doble juego de marionetas: los políticos manejaban a los presidentes y éstos y algunos adláteres de los consejos territoriales  a los profesionales. El desastre final, con grave perjuicio para sus clientes, ha sido público, vergonzante y notorio, especialmente para quienes de una u otra forma han participado en un desaguisado tan irresponsable como seguramente punible.

En el caso de Bancaja y CAM hay otra dimensión que también ha ayudado lo suyo al deceso. Alentadas por las absurdas maniobras de fusión entre sí desde los poderes políticos valencianos y alicantinos, claramente enfrentados aun dentro del mismo partido político conservador, iniciaron hace años una carrera suicida de crecimiento a toda costa para ver quién adquiría una posición dominante en tal eventualidad. Y ambas Cajas, muy sólidas hasta primeros de la pasada década,  deterioraron de tal modo sus balances que han terminado en sendas UVI; la valenciana bajo el paraguas, ahora con sus goteras, de Bankia, liderada por Caja Madrid, y la alicantino murciana bajo el aparente ‘Monte de Piedad’- curiosa paradoja- del FROB, primero, y ahora en el del inquietante, de momento, Banco de Sabadell.

Antes, afortunadamente no cuajó la disparatada fusión de CajaMurcia y la CAM – en Murcia se hubieran cerrado la mitad de todas sus oficinas, por ejemplo - pues entonces hablaríamos de una doble muerte súbita  por contagio de mal incurable. Lo tremendo es que estaba bendecida por todos los poderes. Quizás un día rememoremos el milagro que obró la virgen de la Fuensanta a través de la Almudena en el último instante, entre Neptuno y Cibeles –santa tontuna bien aprovechada-  para evitar el enorme desaguisado en ciernes; pues la perpetración se ejecutaba, ¡qué casualidad!, en el Banco de España en Madrid.

Autor

José Luis Ortín

El carrusel de la vida me ha traído hasta aquí tras cuarenta y tantos años  trabajando; veinte en las antiguas Cajas – director de marketing en mi último decenio-  y un paso fugaz dirigiendo  una importante  industria de alimentación. Paralelamente, conocí la universidad  en dos etapas complicadas cursando estudios de Derecho, Historia y Empresariales: la agonía del viejo Régimen y la Transición.  Y  otra veintena larga como empresario de marketing y publicidad, gestión y promoción inmobiliaria, formación, agricultura y ganadería, I+D+i industrial sobre aguas, y ocio y deporte.

Mi avatar ha vivido muy estrechamente por obligación y cercanía personal el mundo de la comunicación, colaboraciones incluidas; el de la política y sus personajes; y el de diversos sectores sociales y deportivos, hasta presidir un equipo de fútbol profesional. Ahora, razonablemente regular y libre, hago lo que me apasiona disfrutando de mi familia y amigos: leer mucho, escribir, publicar de todo y hacer deporte. Además, disculpen, de compartir algunas reflexiones que un sexagenario reciente puede trasegar en base a la experiencia y a la información que todo lo anterior todavía le alcanza.

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