sábado 23 de agosto de 2014

Hmmm...

Un tipo incómodo

Juan Torres (20-04-2012)
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Hace unos días, la redactora de cultura de este diario, la incombustible y eficiente Karina Sainz, me preguntó por “los autores (desde los incuestionables clásicos hasta los contemporáneos) que servirían para componer una panorámica de la novela italiana”. Como es imposible decirle no a Karina, me puse a ello aquella misma noche y compuse una nota que intenté no desentonara en demasía con las opiniones de los sabios que se expresaban en la pieza.

Pero lo que allí no dije, porque no venía al caso, es que, de todos los autores que citaba, el nombre de Leonardo Sciascia tiene para mí una significación especial.

Supe de Sciascia a finales de los setenta del pasado siglo, cuando el secuestro y asesinato del ex primer ministro Aldo Moro conmocionó a la opinión pública italiana y, en mucha menor medida, naturalmente, a la entonces muy politizada sociedad española. En aquel debate un poco obtuso e ideológicamente enrocado entre los partidarios de negociar con los terroristas de las Brigadas Rojas y los defensores de un Estado inflexible, la voz de Leonardo Sciascia emergió con una nitidez sorprendente y una implacable lucidez.

Lo seguí desde entonces. Recuerdo que compré todos los libros que tenía editados en la mítica Bruguera -eran ya media docena, al menos, que devoré en pocos días- y, desde entonces y hasta su muerte, en diciembre de 1989, esperé ansiosamente cada nuevo título, y aún después, cada nueva reedición, que he seguido comprando como si fueran best-sellers.

Orígenes sicilianos

Sciascia había nacido en Racalmuto, un pueblecito del sur de Sicilia, a veinte kilómetros de la localidad natal de Pirandello y a apenas treinta de donde nació Camilleri cuatro años después. Siempre me ha sorprendido esta coincidencia: la de que en un rincón minúsculo de la Sicilia más áspera y rural surgieran tres de las plumas más lúcidas de la literatura europea del siglo veinte. Esta Sicilia profunda –la de la mafia, pero también la de la dominación española, la de la influencia islámica, la de la emigración, la del homérico “mar de color de vino”- condicionó en los tres una visión del mundo tan localista como universal; y, en el caso de Sciascia, su vivencia del fascismo y de la peculiar democracia italiana le ayudó a construir un discurso en busca siempre de la coherencia civil y ciudadana.

Maestro, escritor, político -fue diputado regional en las listas del partido comunista y diputado nacional y europarlamentario por el partido radical-, Sciascia fue un intelectual en su sentido estricto. No un intelectual comprometido, como absurdamente se dice: un intelectual a secas, que, para serlo, debía volcarse cada día en la búsqueda de la verdad. “A la pregunta de Pilatos -¿y qué es la verdad?- estaríamos tentados de responder: la literatura”, dice en uno de sus apuntes. Y es tanta su pasión crítica, su capacidad para la duda, que incluso un análisis de su propio papel de escritor lo somete, en esta iluminadora frase,  a la distancia de un más que dudoso condicional.

Treinta libros

Su sicilianeidad y su conciencia cívica, mezcladas con sus propias obsesiones literarias –Montaigne, Pirandello, Stendhal, Cervantes...-, se han plasmado en una treintena de libros, breves, demoledores, imprescindibles. El ensayo, la novela policial, el cuento breve, un poco de teatro, el artículo periodístico, el discurso parlamentario..., los géneros empleados por Sciascia fueron muchos,  pero siempre habla de lo mismo: de la justicia en un mundo injusto, de las carencias de la democracia, del ejercicio del poder, de la búsqueda de la identidad, de “un país sin verdades”, de unos ciudadanos sin conciencia de tales.

Leer, o releer, a Leonardo Sciascia es un gozo en sí mismo porque supone asomarse a una prosa limpia y clarificadora. Pero también sobrecoge por su triste y demoledora vigencia. Aquellos eran años muy duros en la Italia de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano. Años opacos, difíciles, aunque también esperanzados en los albores de una naciente Europa. Y el escritor siciliano -un europeísta convencido, un italiano dolido- iba actuando como notario implacable de la realidad. De la suya y de la nuestra.

Un intelectual en sentido estricto. Un laico que admiraba la coherencia con que el católico Bernanos había condenado el franquismo; un heterodoxo que aplaudía al comunista Gide por renegar de la Unión Soviética. La paradoja del escritor, la llamó él: una paradoja que acaba reduciéndolo a la condición de “hombre solo”. En Negro sobre negro, el librito que recoge sus anotaciones publicadas en la prensa entre 1969 y 1979, Sciascia escribió: “Los que comparten nuestras opiniones son precisamente los que no comparten nuestras opiniones”, y siguió a lo suyo.

Era un tipo incómodo de verdad. Vaya si lo era.

 

 

Autor

Juan Torres

Me gano la vida como consultor de comunicación, pero lo que yo sé hacer bien es escribir sonetos. En los ratos libres voy al cine, escucho música y hojeo libros para poder después hablar de ellos. Aquí voy a escribir sobre estas cosas, o sobre otras, ya veré: un poco lo que se me vaya ocurriendo sobre lo que ocurre por ahí.

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