sábado 26 de julio de 2014

Tribuna de Santiago Cervera

La sanidad como síntoma.

Santiago Cervera (24-04-2012)
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Llevamos días ocupados en discutir si las nuevas medidas que se han adoptado en materia sanitaria son recortes graves o gravísimos. Si horadan hasta hacer tambalear los cimientos del estado de bienestar. Si avanzan irremediablemente la perniciosa privatización de los servicios públicos. Incluso, si nos conducen a un futuro en el que los ricos puedan vivir y los pobres apenas supervivir. Y todo, a cuenta de una sola de las medidas que aparecen en el compendio que ha redactado el Ministerio de Sanidad, la relativa a reajustar las aportaciones directas de quienes adquieran un medicamento. Cualquiera que trabaje en un hospital certificaría que asistimos a uno de esos debates que se sustancian por lo breve, apelando a los principios de simplificación y amplificación por los que se rige buena parte del pulso de la opinión pública. Problemas y desequilibrios llevan años acumulándose en nuestro sistema sanitario, y no es lo de menos la deuda que arrastra a día de hoy, superior a los 16.000 millones de euros. Pero las mismas hechuras de la polémica –tan extendida como poco profunda- indican mucho del modo en el que debiéramos tratar no pocos retos de futuro. Veamos, de lo particular a lo general.

Sanidad, ¿"universal y gratuita"?

Si hoy preguntáramos en la calle cómo cree la gente que se paga la sanidad, un buen número de viandantes afirmaría aun que se sufraga a través de las cotizaciones a la Seguridad Social. Otro tanto, con mayor acierto, expresaría que en realidad se financia a través de los impuestos. En efecto, así es desde hace más de una década. Pero lo que seguro todos hemos escuchado hasta la extenuación es la cantinela política de que disfrutamos de una sanidad "universal y gratuita". La primera parte del desequilibrio ya está sentada. Es la que sustenta el discurso de que mucho bueno podemos merecer de la merced pública, aunque no esté tan claro de dónde realmente sale. En plata, nos complace pensar que tenemos determinados derechos, pero escasamente comprendemos cuáles son sus requerimientos y servidumbres.

En el ejemplo sanitario de esta misma semana, todo lo que viene detrás es consecuencia de lo anterior. Verbigracia, apelar al espantajo del copago, que en realidad existe en el ámbito del medicamento desde que se creó el Sistema Nacional de Salud. O eludir el dato de que ese copago, en términos totales, es cada año menor, de manera que a día de hoy sólo supone el 5,7% del gasto total en fármacos. Y así sucesivamente, incluso pintando en el imaginario colectivo la idea de que los recortes acabarán por dejar a los inmigrantes morirse en la puerta de los hospitales, o como dijo el otro día Rubalcaba, obligando a los jubilados a "elegir entre pagar su comida o sus medicinas".

Lo peor de la herencia de Zapatero

He querido poner el ejemplo del decreto sanitario porque el juego mediático que está dando compendia buena parte de las carencias sin cuya resolución nuestra sociedad no podrá avanzar. Definitivamente, es paradigmático de lo que constituye la peor parte de la herencia de los años del zapaterismo. No es lo peor la desestructuración de nuestros fundamentales económicos, la pérdida de productividad o la carencia de alicientes para la competitividad global. Aún hay algo más lacerante, algo relativo al intangible de lo actitudinal que define el verdadero tono vital de un país. La decadencia que vivimos tiene como causa inmediata el disbalance en el entender de derechos y obligaciones, fraguado con rapidez en la aluminosis socialista. El Zapatero redentorista de sus primeros años –memoria histórica, matrimonio homosexual, ley de dependencia, cheque bebé- fue incluso capaz de mantener su peor demagogia aun en los tiempos postreros de crisis, apelando recurrentemente a la "salida social de la crisis" y al "nadie quedará en la cuneta". Dadivosidad idéntica en tiempos magros o famélicos. Derechos y no obligaciones. Lo que nos toca del reparto y nunca lo que nos corresponde poner en el centro de la mesa. Así ha sido como se ha intentado modelar una sociedad adocenada, vicaria de lo político, pendiente de un tercero para resolver sus problemas. Así es como cuesta tanto avanzar en hacer cosas que, para nuestra desgracia, los países con los que nos queremos comparar llevan años asumiendo como lo más habitual.

Tengo para mí que lo primero que hay que reformar en España es un modo de ver las cosas, una nueva forma de entender nuestro propio valimiento como nación, lejos del soma presupuestario y de la recurrente elusión de compromisos colectivos e individuales. Ya no vale por más tiempo esa amalgama de buenas intenciones y malas cifras, esa carencia de conciencia cierta sobre nuestra realidad, narcotizada en la cadencia musical de tanto mantra. La palabra que hay que usar con profusión, si hay alguna, es corresponsabilidad; o lo que es lo mismo, reflotar aquello de "no te preguntes lo que América hace por ti, pregúntate lo que haces tú por América". Esa si es tarea que requiere afirmar valores y saberlos comunicar para poderlos compartir, tarea que construye una fortaleza.

En Twitter, @santiagocervera

Autor

Santiago Cervera

Secretario de la mesa del Congreso, Presidente del PP navarro

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