viernes 25 de abril de 2014

Hmmm...

A don Mario no le gustan las series

Juan Torres (11-05-2012)
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Rafael Reig cuenta que con los artículos y las preposiciones de Vargas Llosa suele estar de acuerdo, pero con el resto ya le cuesta más. A mí me pasa también y, en general, las opiniones de nuestro Nobel me sirven como negativo de las mías.

Me ha vuelto a ocurrir esta misma semana. Andaba yo dándole vueltas a un tema para este artículo, pero no terminaba de encontrarle el enfoque. Y hete aquí que leo esto, a cuenta de una intervención suya en la Biblioteca Nacional esta última semana.

Se lo resumo, por si les da pereza entrar en el enlace. Lo de menos es el titular. Eso de "escribir para las tabletas banalizará la literatura" entra en el género de las profecías baratas que los profesionales de las conferencias van repartiendo por ahí a beneficio de inventario. Uno dice eso como puede decir que la crisis terminará en 2014 o que el mundo se acabará a final de año y, si acierta, quedará como un fenómeno pero, si no, nadie se lo reprochará, entre otras cosas porque nadie recordará que lo haya dicho –y no será él quien se encargue de recordarlo-. Sin ninguna ironía: ser conferenciante profesional es muy duro y la fórmula de la profecía barata ayuda a rellenar muchas horas de vaciedad.

Así que, sin problema: aceptemos la primera bobada. Lo malo viene después, cuando el flamante académico entra en el terreno de la argumentación. Y va y dice: "La televisión no ha llegado a ninguna parte, porque apunta a lo más bajo, para llegar al mayor número de personas (…). No es lo mismo leer a Proust o a Joyce que ver una serie (…)". (Yo no asistí a su conferencia –soy un tipo serio- y las citas están entresacadas del teletipo de la agencia Efe, pero me he tomado la molestia de contrastar estos textos con otros periodistas que asistieron y me han confirmado su textualidad).

Vargas Llosa no me lee

Aquí es donde empiezan los problemas. El primero, el más importante, es que Vargas Llosa no me lee. Un servidor, en estas mismas páginas, hace algunos meses, había abordado el tema de la televisión con algo más de seso y ahí había aludido (perdóneseme la autocita) a que "los mejores productos audiovisuales de los últimos años se están haciendo en formato televisivo y están pensados para la televisión". El segundo problema, es que el Nobel hispano-peruano resta peras y manzanas cuando compara a Joyce y Proust (¡no se anda con chiquitas!) con "las series". Es como preguntarme a mí si me divierte más una partida de mus o releerme la Historia de Mayta, uno de los libros más plomizos que hayan brotado de cabeza humana. No son elementos comparables ni cabe enjuiciarlos con los mismos parámetros.

La televisión, en todo caso, es comparable con el cine y, ahora también, con internet: con las herramientas de que disponemos para contar historias en lenguaje audiovisual. Y en ese terreno, motivado ya por el gran maestro, me atrevo a hacer una afirmación diametralmente opuesta a su pensamiento: la televisión sigue ganando terreno al cine, y lo hace cada vez con mayor claridad.

La política en la ficción

Permítanme un par de ejemplos en el terreno específico de la ficción política. En lo que va de año, las pantallas nos han traído dos estrenos ampliamente respaldados por la carga publicitaria correspondiente. El primero de ellos, La conspiración, era la última incursión cinematográfica de Robert Redford en la dirección. Una reconstrucción histórica de un hecho tan sonado como el asesinato de Lincoln merecía la pena el intento. En vano, desde luego. El buenrollismo de Redford tal vez le conduzca al cielo de los liberales norteamericanos, pero la historia del cine no le deberá ni medio minuto de gloria con este film.

Peor fue lo de Clooney y sus Idus de marzo. No sé por qué siempre voy a ver las cosas de este hombre y siempre termino desazonado. Ya les di cuenta aquí del tremendo bluf de Los descendientes, y, como director, aquel Buenas noches y buena suerte, que recibió también todas las bendiciones progres del momento, resultó en su día un auténtico sopor. Ahora nos sale con este alegato pro demócrata, con su becaria y todo, y el resultado es un insulto a la inteligencia cinematográfica, eso sí, como siempre, urdido desde las buenas intenciones.

En paralelo, la televisión ha mantenido "las series", como dice nuestro Nobel. Deténganse en una: Homeland. Echen un vistazo a su argumento, dediquen unas horas a seguirla, a profundizar en sus personajes, a penetrar en su trama. Párense a pensar cómo esta serie les ayuda a entender el mundo actual, los EEUU después del 11-S, la relación de Occidente con el mundo árabe, las complejidades de la política más allá de las simplonas consignas indignadas; empiecen a preguntarse con ella quiénes son los buenos y quiénes los malos, y por qué, hasta dónde llega el sentido del deber, y la patria, y la familia… Y a lo mejor tiene razón Vargas Llosa: no se pueden comparar algunas series con muchos libros, porque ellas salen ganando.

A Homeland aún le quedan capítulos. Quizá no sea Los Soprano; quizá no sea The Wire. Desde luego, no es -ni pretende serlo- Du côté de chez Swann. Pero créame, don Mario, Homeland no apunta bajo. Al menos durante esta temporada.

Autor

Juan Torres

Me gano la vida como consultor de comunicación, pero lo que yo sé hacer bien es escribir sonetos. En los ratos libres voy al cine, escucho música y hojeo libros para poder después hablar de ellos. Aquí voy a escribir sobre estas cosas, o sobre otras, ya veré: un poco lo que se me vaya ocurriendo sobre lo que ocurre por ahí.

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