miércoles 3 de septiembre de 2014

En el límite

15M: euforia, utopía y decepción

Juan M. Blanco (14-05-2012)
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Los milagros se manifiestan de manera inesperada, especialmente cuando más necesidad y anhelo tenemos de ellos. Y lo que comenzó como una simple manifestación de disconformidad, pareció engordar e inflarse hasta convertirse en todo un fenómeno sociológico. Probablemente, menos sociológico que mediático. Para la mayoría, la realidad se teje con las imágenes que fluyen en la pantalla televisiva. Unos medios extremadamente proclives a sobrevalorar lo novedoso ponen el resto.

Aún así, existía un fértil caldo de cultivo, una indeterminada insatisfacción ciudadana con la clase política. Sólo faltaba un desencadenante, una chispa que prendiese la reseca yesca e inflamara esa patológica relación de amor, desencanto y odio que se establece entre votantes y dirigentes tras promesas incumplidas, abusos, privilegios y falta de transparencia. Con las  concentraciones del 15M muchas personas encontraron el momento propicio y el lugar adecuado para experimentar esa tremenda explosión interior. Nada más fácil que dejarse mecer suavemente por la irresistible fascinación de aquellas repetidas consignas, por la vibrante camaradería, por esa extraña sensación de participar en algo histórico o por esa descarga de adrenalina que provoca el grito contra el supuesto malvado. Pocos sabrían identificar el motivo por el que, de manera tan intensa, se sentían plenamente parte del pueblo.  

Aquellas emotivas pero inoperantes asambleas…

Días después, comenzaron las asambleas que discutirían, votarían y darían solución a los graves problemas de la humanidad. “A partir de ahora no necesitaremos a esos políticos profesionales, que no nos representan” – repetían ciertos asistentes. Algunos descubrieron, con pesar, que las reuniones multitudinarias sólo eran operativas para votar propuestas sencillas y concretas. Pero no llegaban a conclusión alguna cuando trataban asuntos profundos y complejos. La gente mostraba una fuerte inclinación a defender aquello que sonaba bien, haciendo gala de una actitud emocional e impulsiva, sin considerar las consecuencias últimas de cada medida. Por ello, muchas de las reivindicaciones aprobadas sonaban descabelladas al reflexionar sobre ellas con una visión más amplia. Y no resultaba fácil evitar la sospecha de que algunos asistentes pertenecían a grupos interesados, bien organizados, que aspiraban a manipular el movimiento ¿Eran en el fondo tan diferentes de esos denostados políticos profesionales?  

Con el paso del tiempo, algunos jóvenes comenzaron a sentirse divididos y a acusar un creciente conflicto interior, fruto de insalvables contradicciones. Encontraban en su entorno o en su familia muchas personas que discrepaban de sus planteamientos ¿La gente que no apoyaba el movimiento pertenecía también al “pueblo”?  Se acusaba a los gobernantes de incumplir las leyes pero ellos mismos rehusaban acatarlas en muchas ocasiones ¿Era ésa la manera de dar ejemplo y de comenzar una nueva era? Se negaba la representación legítima a los políticos pero buena parte de las reivindicaciones implicaba, a la larga, más atribuciones para la clase política y un aumento sustancial de los gastos del Estado ¿De dónde saldría todo ese dinero?

Nadie podía negar el fundamento de las quejas que planteaba el movimiento de los indignados. Cualquier persona sensible mostraría un profundo malestar por el desastroso funcionamiento de las instituciones. Muchos jóvenes percibían, aun cuando no fueran capaces de identificar las causas, que el sistema político adolecía de importantes fallas y acusaba un notable desgaste. Con una separación de poderes en entredicho, unos mecanismos de control del poder inoperantes y un pobre sistema de representación, la asfixiante partitocracia extendía sus tentáculos por todo el Estado y parte de la sociedad civil, estrangulando toda iniciativa de cambio. 

De la utopía a la decepción

El movimiento, que había arrancado con algunas buenas propuestas, atrayendo simpatías y adhesiones por doquier, pronto comenzó a tomar un rumbo cuestionable. A las reivindicaciones razonables comenzaron a añadirse otras absurdas, demagógicas, contraproducentes o, incluso, incompatibles entre sí, ahuyentando a muchas personas sensatas.

Era evidente que, al igual que resulta mucho más fácil predicar que dar trigo, requiere mucho menos esfuerzo criticar y atacar a la clase política que señalar y especificar las causas profundas de los problemas. El funcionamiento de las instituciones está determinado por las  pautas de comportamiento de una multiplicidad de agentes, que interactúan de manera compleja siguiendo incentivos y estrategias no triviales. Sin un conocimiento profundo del cuerpo social y político, cualquier propuesta de reforma basada en la mera intuición podía resultar contraproducente, agravando notablemente los problemas.

Ciertamente, el mundo era bastante más complejo de lo que muchos participantes de buena fe imaginaban en un principio. Y, lo que era peor, nada tan peligroso como atribuirse en exclusiva la representación del pueblo. La historia enseña que gran parte de las revoluciones se limitaron a remplazar una élite, a veces corrupta e ineficiente, por otra, generalmente más cruel, sin ganancia para el grueso de la población.

El 15 M ha regresado en su primer aniversario aunque probablemente asistamos a una representación de despedida antes de abandonar definitivamente los escenarios. Muchas personas razonables son reacias a protestar sin una propuesta en positivo, estructurada, sensata y coherente, aun cuando exista justificación y los gritos puedan contribuir a aliviar la explicable frustración.

Cuando los ciudadanos salen a la calle agitados por impulsos y la emoción no se encuentra bien canalizada ni apoyada en una base racional sólida, la movilización puede guardar cierta similitud con los castillos de fuegos artificiales: intensos, espectaculares, vistosos y… efímeros. Con suerte porque, en caso de perdurar, esos movimientos suelen convertirse en algo bastante peor.  

Twitter: @BlancoJuanM

Autor

Juan M. Blanco

Estudié en la London School of Economics, donde obtuve un título de Master en Economía, que todavía conservo. Llevo muchos años en la Universidad intentando aprender y enseñar los principios de la economía a las pocas personas interesadas en conocerlos. Gracias a muchas lecturas, bastantes viajes y entrañables personas, he llegado al convencimiento de que no hay verdadera recompensa sin esfuerzo y de que pocas experiencias resultan más excitantes que el reto de descubrir lo que se esconde tras la próxima colina. Nos encontramos “en el límite”: es momento de mostrar la gran utilidad que pueden tener las ideas.

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