martes 16 de septiembre de 2014

Res Pública

La lapidación del Banco de España

Manuel Muela (20-05-2012)
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A la lista del destrozo institucional, encabezada con mérito propio por la Jefatura del Estado, se suma ahora el Banco de España, que, a diferencia de la anterior, es una institución integrada por cientos de profesionales y servidores públicos, convertidos en víctimas de la trifulca política entre el gobierno y la alta dirección del Banco por el estallido descontrolado de la crisis bancaria. Quienes imploran confianza echan mano de consultores extranjeros para auditar los balances bancarios, ¡qué cosas!, y parece que la sombra alargada e inquietante de Goldman Sachs aletea en el ruedo ibérico para repartir los despojos del sector de las cajas de ahorros, cuyos miles de empleados y profesionales también han sido chivos expiatorios de las peleas de poder y de las malas prácticas de muchos de sus dirigentes, políticos o no, que han terminado por hacer desparecer a tales instituciones. La espiral de despropósitos sería interminable, pero, en éste momento, la pregunta que conviene hacerse es, si llegados a la convicción de que hay que ordenar la nación sobre otras bases después de los excesos y de la impostura democrática, ¿con qué mimbres institucionales contaremos?

Larga historia de fiabilidad

En el imaginario colectivo, el Banco de España siempre ha representado los valores de la seguridad, de la estabilidad y del buen hacer. El pueblo, que también se alimenta de mitos, ha visto esos valores, que además eran bastante ciertos, en la institución que hasta hace pocos años era la responsable de emitir el papel moneda, los billetes. Representaba la encarnación lejana y temida del poder, porque se tenía la percepción de una historia larga, más de siglo y medio, de servicios al país hasta en los momentos más agitados de nuestra historia que, por desgracia, han sido muchos, demasiados. Tan era así que, cuando España inició su despegue económico en los años 60 del pasado siglo y nuestra banca empezó a crecer, los gobiernos de entonces no dudaron en atribuir la inspección de la banca al Banco de España. Pocos años más tarde, en los 70, también pasaron a su control e inspección las cajas de ahorros y las cooperativas de crédito; en suma, todo el sector crediticio.

Han sido casi cincuenta años de modernización y de profesionalización del Banco de España y de las entidades sometidas a su control, extrayendo lecciones de la experiencia, especialmente de la crisis bancaria de finales de los 70 y 80, la más importante de Europa de entonces, que fue conducida con gran energía y con un uso bastante racional de los recursos públicos, para defender los intereses de los depositantes y los puestos de trabajo de los empleados de los bancos desaparecidos. Son cosas que hoy pueden sonar raras o paternalistas pero que, en aquellos momentos, contribuyeron al crédito de las instituciones y al del propio sistema bancario en su conjunto. Naturalmente que hubo errores, los primeros no prever la magnitud de la crisis, pero compensados por el manejo inteligente de la misma. Los problemas posteriores, principalmente el caso Banesto en el 93, se pudieron sortear en términos parecidos, aunque ya entonces aparecieron dudas acerca de la previsión de los mismos.

Autonomía y laxitud con el ladrillo

La ley de autonomía del Banco de España de 1994, aprobada por imperativo de las exigencias de la Unión Europea, supuso el respaldo decisivo al papel desempeñado por el mismo y el reconocimiento a lo que, se pensaba, sería un uso profesional y realista de las facultades que la norma regulaba, entre las cuales estaban la inspección y disciplina de las entidades de crédito. Y es a partir de entonces, 1995/96, cuando se inicia en España lo que podemos denominar, sin exageración, la década ominosa del ladrillo: el país se convirtió en una inmensa máquina de construir viviendas y de recalificación de suelos y, como en una nueva fiebre del oro, todos los recursos se dedicaron a ello, con olvido del resto del tejido productivo y de la educación de muchos jóvenes atraídos por el trabajo fácil y bien remunerado de la construcción. Todo adobado con la corrupción inherente a los procesos especulativos.

Resultaba muy difícil sustraerse al clima de esos años, alimentado con la gasolina de la expansión crediticia del euro que patrocinaba el Banco Central Europeo. Posiblemente, la alta dirección del Banco de España no fue sensible a la bomba que se estaba incubando. Casi nadie quería oír malas noticias o augurios de ellas que, sin duda, se podrían rastrear en los informes de las inspecciones a las entidades. Pero, no solo la alta dirección del Banco, tampoco, que se sepa, sus órganos de gobierno, con una nutrida representación de los grandes partidos políticos del sistema. Sólo hubo el chispazo, nunca explicado, de la salida apresurada del subgobernador, Viñals. Todos conformaban la ciudad alegre y confiada, que rechazaba las escasas voces, de dentro y de fuera, que advertían de los peligros. Pero estos llegaron y puede que, por falta de previsión o por pura comodidad, se erró en el diagnóstico: se creyó y se vendió que la crisis era de liquidez y que, además, sería corta. Cuando se comprobó que no era ni lo uno ni lo otro, se pusieron en marcha las políticas zigzagueantes y dañinas, que han dado al traste con la confianza en el sistema crediticio español hasta desembocar en la crisis de Bankia, que ha puesto al país patas arriba. Debe añadirse que esas políticas fueron aplaudidas por los grandes partidos y la gran mayoría de los medios de comunicación, embelesados con los dimes y diretes de las concentraciones bancarias, cuyas cascotes nos golpean de forma inmisericorde. ¡Que éxito!

En vez de recuperar la sensatez y el rigor perdidos, para evitar males mayores, se ha entrado en la dinámica del sálvese quien pueda, que es lo que explica el enfrentamiento del Gobierno con el Gobernador y la alta dirección del Banco de España, que tiene su origen en un nombramiento no negociado. El caso es que, entre la falta de cultura de la dimisión que existe en ésta España postfranquista y un mal entendido principio de la inamovilidad de los nombrados para algunos cargos relevantes, nos encontramos con una pelea pública, que lapida al Banco de España y lo pone a los pies de los caballos, sin que, al parecer, a los contendientes les preocupe lo más mínimo ahondar la grave crisis de confianza que tiene amedrentado al país. ¡Seguimos en el buen camino!

Autor

Manuel Muela

Desde mis primeras colaboraciones periodísticas en El Correo de Andalucía de Sevilla, allá por 1970, escribir siempre ha sido el acompañamiento necesario a mis actividades profesionales, ya financieras ya docentes. Y escribir donde he podido sobre todo aquello, economía, política o sociedad, que nos preocupa a quienes pensamos que España merece todas las aportaciones y esfuerzos para conseguir ser un ejemplo de civilidad y de buen gobierno.

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