jueves 24 de julio de 2014

Hmmm...

Que los clásicos hagan un esfuerzo

Juan Torres (25-05-2012)
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Tengo a Helena Pimenta por uno de los profesionales de nuestra escena a los que mejor les cuadra la palabra modernidad. Si ustedes escriben en Google el nombre de esta directora escénica y le suman alguno de los términos de ese grupo semántico -moderno, moderna, modernidad-, comprobarán, una vez más, que yo nunca les engaño.  Para la Pimenta la modernidad es una parte de su esencia, una pieza de sí misma, una forma de ser. Experta en Shakespeare, al parecer, y en casi todos los clásicos que en el mundo han sido,  ya lo dice ella misma con su soltura acostumbrada: “Veo a los clásicos desde el  presente”.

A mí no me cabe duda de que es así: asistí a un montaje suyo de una obra de Cervantes donde la sustancia de la modernidad residía en meter un Seat 600 en mitad del escenario. La bomba.

Pues bien, esta mujer tan moderna –Premio Nacional de Teatro, por lo demás, o sea que no vean en mis palabras asomo de crítica porque los reconocimientos la avalan- es desde septiembre la nueva directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

La CNTC fue creada por Adolfo Marsillach allá por los ochenta y desde entonces ha operado con bastante, con mucha dignidad, pese a la marginalidad con que se la ha sostenido. Yo la he seguido siempre, pero más en los últimos años en los que incomprensibles decisiones administrativas la recluyeron en el Teatro Pavón, allá por donde Cascorro sobrelleva como puede los excesos del Rastro.

(No es que vaya más allí porque el Pavón me parezca mejor  sala que otras: es que me pilla al lado de casa. Y siempre hay entradas porque, aunque se trata de un recinto pequeño, casi nunca hay demanda que colapse su aforo. Así que voy, ya les digo, bastante).

El teatro clásico es un problema

En general, la CNTC hace un buen trabajo. Claro que la pregunta es: ¿qué es un buen trabajo en una compañía de teatro clásico?

Depende del punto de partida. En Francia la cosa viene desde la Comedie Française, en 1680, y en Inglaterra, el National Theatre se remonta a 1879. Para ellos, hacer teatro clásico es mantener viva la memoria de unas creaciones que conservan lo mejor de su bagaje cultural. Y disponen de un savoir faire o de un know how –según a quién nos refiramos- que para qué las prisas. En el caso español, como bien apuntó Marsillach en su momento: “Partimos de cero… No hay nada que mantener porque nada hemos recibido”. Por lo tanto, el objeto de la Compañía era – es- “recuperar  (…)  el teatro clásico español” a partir de bases que había que inventarse.

En sus 25 años de existencia, la CNTC ha contado con cinco directores. He visto muchas cosas de las que han hecho y debo decir que han creado un estilo coherente, un modo de hacer propio, un procedimiento que ha conjugado con bastante acierto el respeto al original con la justa e inevitable actualización.

Pero es un problema esto del teatro clásico.  En España no hay tradición de verlo ni de leerlo, en los colegios se enseña mal, si es que se enseña, son contados quienes entienden el verso y saben seguirlo y el número de obras que permanecen vigentes –como manda Calvino que les ocurra a los clásicos- no es precisamente infinito.

Clásicos digeribles

Así que el público del Pavón es, en ocasiones, casi coetáneo de las obras. A poco que nos descuidemos, la larga tijera de Esperanza Aguirre –manejada por mano del implacable Wert- hará saber al mundo que se trata de un gasto superfluo tan innecesario de mantener por un Estado agónico como esa superchería de la ciencia y la investigación.

La solución no pasa  por lo que ha hecho Soledad Puértolas con La Celestina, es decir, actualizar su lenguaje para ponerla al alcance del público de hoy.  El público de hoy ya tiene a su alcance el lenguaje de Pérez Reverte,  de Buenafuente o de Luna Miguel (por poner tres ejemplos elegidos al  azar) y va sobrado de propuestas actuales. Lo que el público de hoy necesita es hacer el esfuerzo de leer aquel español fundacional y fascinante en el que se encuentra anidado el origen de nuestra cultura y de nuestra historia. Y quien dice esto para La Celestina, lo dice para todos nuestros clásicos.

Pero, claro, hemos escrito el sintagma prohibido: hacer el esfuerzo. En esta sociedad adolescente en la que la culpa de todo la tienen los mercados y los políticos y nosotros somos almas inocentes que nunca somos responsables de nada, cómo se nos puede pedir que hagamos por  entender a nuestros clásicos. ¡Son ellos los que tienen que entendernos!

De modo que la llegada de la Pimenta a la CNTC se me presenta cargada de interrogantes: ¿Veremos al Alcalde de Zalamea renegociando con Montoro la deuda municipal? ¿Será Fuenteovejuna un musical pop en el que el pueblo se levanta contra el banquero avaricioso y le obliga a que acepte sus viviendas hipotecadas en dación? ¿Asistiremos a una versión del Tenorio cruzada con Blade Runner, en la que Don Juan es un policía del espacio y Doña Inés una replicante? Todo eso y más puede ser, siempre que resulte moderno, digerible y divertido. Ya digo: que no requiera esfuerzo.

Autor

Juan Torres

Me gano la vida como consultor de comunicación, pero lo que yo sé hacer bien es escribir sonetos. En los ratos libres voy al cine, escucho música y hojeo libros para poder después hablar de ellos. Aquí voy a escribir sobre estas cosas, o sobre otras, ya veré: un poco lo que se me vaya ocurriendo sobre lo que ocurre por ahí.

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  • #1 Athene

    Totalmente de acuerdo. Pero, hay que admitir que los jóvenes son, en su...

  • #6 jogger

    Estoy de acuerdo con Juan en que la CNTC hace, en general, buenas...