miércoles 23 de abril de 2014

A contratiempo

Y ahora, una cruzada contra el pesimismo

Alejandro Vara (08-06-2012)
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Sabido es que un pesimista es un optimista bien informado. Ahora abundan. A millones. Los optimistas suelen ser tomados por lelos o por inconscientes. Y en los tiempos que corren, por ambas cosas. Basta que un ministro aparezca sonriente en una rueda de Prensa, cual hace Cristóbal Montoro con desacierto y frecuencia, para que lluevan sobre su cabeza todo tipo de dagas y venablos. "¿De qué se ríe este tío?", comentan los listillos en las tertulias o escriben los espabilados en sus gacetillas.

En una España en la que el 90 por ciento de los ciudadanos ven la situación económica peor que nunca, según el último CIS, y en la que siete de cada diez consideran que aún nos falta lo peor, lanzar proclamas optimistas es una temeridad. En las últimas jornadas tan sólo hemos escuchado a dos voceros del PP incurrir en semejante ejercicio. Soraya Sáenz de Santamaría, entre sus idas y venidas a Washington, recordó que "hay que mantener el paso" y que "no hay que arredrarse ante nada" porque las reformas emprendidas por el Ejecutivo empiezan a dar sus frutos. Sabemos y podemos.

El presidente del Gobierno fue la otra voz esperanzadora, cuando sepultó con un cargamento de cifras y datos favorables a nuestro país a un periodista holandés que osó comparar las crisis de Grecia y España. Enarboló incluso Rajoy como ejemplo el nivel y categoría de dos grandes bancos españoles, enorme osadía en la actual coyuntura.

Momentos antes había respondido a un periodista español, que le esgrimió las quinielas sobre el volumen del agujero de nuestra banca aireadas por altos responsables del PP, y le espetó, ratador, una frase que ya es antológica: "Cuando quieran saber, pregúntenme a mí". Una desautorización en toda regla a sus propias filas y un anuncio universal de que el Presidente es el único autorizado para referirse a estos asuntos.

Maniobras desesperadas

Y mientras la ministra de Trabajo se encomienda a la Virgen del Rocío para capear la crisis, y hace muy bien, el presidente del Gobierno, con su escudero De Guindos hiperactivo aunque no siempre certero, ha dedicado estas tres semanas a tocar desesperadamente todas las teclas posibles para evitar la apocalíptica intervención y pasar a un modulado rescate "ligth" de nuestro sector financiero. Una añagaza más bien semántica que evitaría el dramático trance de aceptar el control económico del país por parte de la temida "troika" (FMI, BCE y Comisión) o los "hombres de negro". Ese encomiable empeño por parte del presidente español ha sido tachado desde las entrañas europeas como "el orgullo español". Cuánto honor.

Pero ese "frente del optimismo" que impulsan afanosamente Rajoy y Soraya se da da bruces estrepitosa y cotidianamente con la fiera realidad de una situación casi exánime. Como el dato del millón de personas atendidas por Cáritas, un récord dramático. Una realidad devastadora. Llueven los ajustes y recortes que asfixian a los contribuyentes y las clases medias pero apenas se dan los pasos decisivos para atajar el hipertrofiado Estado central y autonómico, salvo las audaces iniciativas anunciadas por Esperanza Aguirre en Madrid, que tocan estrepitosamente donde se debe. Este reproche de no meter la podadora donde se debe, se extiende aceleradamente por los núcleos sociales que sostienen al PP.

Por eso, en tanto se decide la fórmula de la intervención o rescate, empeñarse en trasladar algo de optimismo a una sociedad atemorizada y desesperanzada puede ser un esfuerzo encomiable pero avocado al fracaso. "Algo se ha empequeñecido en toda esa gente", escribió Kipling. El alma, seguramente. ¿Qué pasa con este país? Sencillamente, que está saciado de horrores y de errores. Y que incluso se ha hecho ya a la idea de que es demasiado tarde para las lágrimas. 

Autor

Alejandro Vara

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