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Todo empezó coincidiendo con el sueño que tuvo Luther King, allá por la región más celta de Iberia, en la capital de la Ribeira Sacra, zona de excelente vino, muchos curas y más ferroviarios. Lo primero que vi fue trenes y vías. Me crié entre ferroviarios y más trenes, jugando y divirtiéndome entre ellos y con ellos. Entre curas y trenes fue pasando el tiempo.
Ese año que Orwell maldijo, cogí un tren (Rías algo se llamaba) hacia la capital del reino para dedicar mi tiempo a medias (o casi) a los trenes y a estudiar. Y un día ya lejano casi coincidiendo con el estreno del metro de Bilbao, aburrido de tanto tren, decidí cortarme la coleta ferroviaria. Me fui buscando diversión y durante unos años dejé de ver trenes.
Pero la cabra tira al monte. No sé si por casualidad o por influencias astrales, al mismo tiempo que la peseta desaparecía (RIP ¡viva el euro!), volví a los trenes, de otra manera. Antes toreaba, ahora los veo desde la barrera, y no me pierdo una sola corrida. Incluso me atrevo a escribir sobre lo que toros y toreros lidian en las plazas ferroviarias de medio mundo. Y no solo lo escribo si no que en el colmo de la osadía, dejo que algún intrépido lo lea en Vozpopuli.

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