miércoles 23 de julio de 2014

Res Pública

Confiar en la unión monetaria es ladrar a la luna

Manuel Muela (24-06-2012)
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Las constantes peticiones del Gobierno, implorando la ayuda de las instituciones europeas y de su Banco Central, dejan al descubierto nuestra orfandad como país: no sólo no tenemos un proyecto nacional, sino que pretendemos apoyarnos en otro que cada día nos es más ajeno y en el que se nos trata como al pariente pobre que resulta molesto en las reuniones familiares. Al decir esto, no me mueve el orgullo patrio, que sería legítimo; me mueve la idea de que España debe abandonar las políticas de piñón fijo de la Unión Monetaria, que vemos que nos conducen a un lazareto, y explorar otros caminos y alianzas, para recuperar la respiración y huir de la asfixia económica y reglamentaria de Bruselas. Mi impresión es que Alemania, como potencia dominante, y sus satélites, tienen otros intereses, que trascienden el marco de la Unión Monetaria, y no van a hacer esfuerzo alguno para su fortalecimiento. Las proclamas de más Europa, euro bonos, uniones bancarias etc., no van con ellos, así que conviene tomar nota y actuar en consecuencia.

La sumisión conformista a una carta

Hace más de 20 años, en 1992 en Maastricht, que el proyecto europeo emprendió un camino que tenía objetivos distintos a los de los fundadores del Mercado Común. La nueva ruta pasaba por el discurso del saneamiento de las cuentas públicas y el sometimiento de los Estados nacionales a unas directrices nacidas en Bruselas, pero inspiradas por Berlín, que de hecho los convertía en vicarios de poderes en los que estaba ausente el principio de la solidaridad. El saneamiento de las cuentas, que no es objetable, era, a mi juicio, la hojarasca que envolvía una política de dominación que facilitaría las tareas de la reunificación alemana y que podría hacer posible la hegemonía continental de la potencia germana. Sólo ingleses y escandinavos cayeron en la cuenta de ello y se negaron a participar. Los demás quedamos atrapados en una red de la que va a ser muy difícil salir, pero hay que hacerlo por nuestra propia supervivencia.

Las elites dirigentes españolas, políticas y económicas, han vivido estas dos décadas muy cómodas en ese marco que parecía el no va más: crédito abundante y barato para especular, consumo desmedido público y privado y casi ninguna inquietud por el porvenir. No se echaba en falta proyecto nacional alguno, todos encantados con que nos dijeran lo que había que hacer y que nos enviaran fondos para ello. Para qué pensar, si estábamos en el mejor de los mundos. Puede que esa actitud fuera válida para el común de las gentes, que bastante tienen con vivir cada día, pero, desde mi punto de vista, no es admisible en quienes gobiernan o dirigen, porque su falta de análisis y de previsión nos ha conducido a la postración y a la impotencia como país. Buena muestra son los sucesos y los desdenes que estamos padeciendo. Nunca se imaginó que nuestras realidades y capacidades económicas no nos permitirían mantener indefinidamente ese Edén artificioso. Y, como nunca se pensó, todavía se cree que la salvación llegará de ese Paraíso. No llegará, porque los dioses que dominan en él tienen otras prioridades.

La pregunta es ¿qué hacer? De momento, tomar conciencia de esa realidad, que no es poco, y empezar a elaborar un plan autónomo y nacional que corte el dogal de la sumisión y que nos permita salir del caos en el que estamos instalados. Porque supongo que no habrá dudas acerca de que los problemas de España tienen que enfrentarse aquí, haciendo recuento de cuáles son, tanto políticos como económicos, para intentar resolverlos. Se dirá, y no sin razón, que nosotros solos no podremos; es verdad, pero para establecer nuevas alianzas o peticiones de ayuda sí deberemos estar en condiciones de presentar un proyecto fiable que marque el principio de la recuperación de la confianza en nosotros mismos para que los demás nos crean.

Puentes con América

Los lamentos sobre la intransigencia de la Unión Monetaria o sobre la rigidez de Alemania no nos deben distraer de lo que ha sido el gran pecado de omisión de la política española de estos decenios, cuyos amargos frutos estamos recogiendo. Los españoles no tenemos un sistema político, lo que tenemos encima de nuestras espaldas es el cadáver del régimen de la Transición. Es la ocasión de rectificar y no seguir mareando la perdiz con nuestras cuitas. Sin abandonar la presencia en la Unión Europea, conviene contemplar otras opciones, entre ellas América, el sur donde tenemos importantes intereses económicos y culturales y el norte, los Estados Unidos, donde siempre podremos aspirar a ser el amigo y aliado fiel del sur de ésta Europa, que es de nuevo motivo de preocupación creciente para la gran potencia americana. No olvidemos la historia del último siglo que ellos tampoco olvidan.

Las desavenencias europeas y las políticas erróneas que se tratan de implantar a toda costa amenazan la estabilidad del Continente, especialmente en los guetos nacientes del flanco sur. Por eso, cualquier actitud de revisión de ese estado de cosas proveniente de un país de la importancia del nuestro, estoy seguro de que obtendría la comprensión y la ayuda de quienes, al otro lado del Atlántico, ven con verdadera preocupación los desvaríos que, una vez más, se están produciendo aquí. Al fin y al cabo, en política internacional hay que defender intereses y, una vez constatado nuestro escaso peso específico en el tinglado comunitario, debemos mirar más allá y buscar otras  alianzas. Hay que romper amarras inútiles y no seguir agarrados, de forma mendicante, a una quimera. Eso sí, con un proyecto de país, político y económico, que es lo que nos falta.

Autor

Manuel Muela

Desde mis primeras colaboraciones periodísticas en El Correo de Andalucía de Sevilla, allá por 1970, escribir siempre ha sido el acompañamiento necesario a mis actividades profesionales, ya financieras ya docentes. Y escribir donde he podido sobre todo aquello, economía, política o sociedad, que nos preocupa a quienes pensamos que España merece todas las aportaciones y esfuerzos para conseguir ser un ejemplo de civilidad y de buen gobierno.

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