Con Lupa - 08.08.2012

Todo en orden: el Rey ya está de vacaciones; Mariano, también

Por fin en Mallorca. Un suspiro de alivio recorrió ayer España tras la llegada del Rey Juan Carlos al palacio de Marivent, que no era plan tenerle a pie firme en pleno agosto y en el secarral del Pardo como si de un obrero de la construcción se tratara. O un bombero en acto de servicio dispuesto, manguera en mano, a prevenir el incendio del monte. Es sabido que el Monarca está ahora haciendo méritos -un poco tarde, la verdad-, como si de un principiante en el curro de reinar pero no gobernar se tratara. Anteayer recibió a Toxo y Méndez, dos tíos divertidos donde los haya, tarea arduo pesada para cualquier magín bien amueblado, de modo que daba la sensación de que en esta España que se cae a pedazos pero en la que solo quienes están a dos velas no se van de vacaciones, daba la sensación, digo, de que aquí solo trabajaba, trabaja, el Rey, lo cual ya es casualidad.

El Rey Nuestro Señor se pegó la castaña del año la semana pasada ante los miembros de la milicia. Una de esas caídas que, al margen de lo aparatoso, tienen significación bastante como para marcar el principio del fin de algo, la estación término de un  largo viaje, el final de una rocambolesca escapada. Un cambio de tercio. “Simplemente fue un despiste”, señalan en su entorno. “Se levantó por su propio pie, él mismo pidió continuar con los actos programados, comió con los militares y a las 5 de la tarde recibió a Monti…” Y como si de un deseo de detener el reloj biológico se tratara, de un desesperado intento por dar esquinazo a las secuelas que el paso del tiempo va dejando en nuestro físico de forma inmisericorde, el Monarca se ha puesto a trabajar, o a dar impresión de que lo hace, como si de un nuevo Stajánov se tratara. Se trata, por eso, de recibir a gente, presidir actos, conversar con unos, saludar a otros, reír con todos, vivir, gozar y aquí no ha pasado nada. Dar esquinazo a Cronos, huyendo de la apabullante realidad de un presente en el que ya todo es pasado.

Se trata de dar esquinazo a Cronos, huyendo de la apabullante realidad de un presente en el que ya todo es pasado.     

Sí que ha pasado. Han pasado muchos años y muchas cosas, y no precisamente buenas o no todas buenas. El resultado es que el Monarca luce hoy un físico mucho más castigado –más cascado- del que por su edad debiera corresponderle, como si el paso del tiempo hubiera decidido de repente pasarle factura por todos los vicios, todos los excesos cometidos a lo largo y ancho de su reinado. Pasar factura de golpe y en el momento más dramático de nuestra reciente historia, con el país empantanado en uno de esos cruces de caminos donde los pueblos se juegan su ser o no ser cara al futuro. Una caída, la del jueves pasado, que ilustra ese punto de no retorno de la crisis política e institucional española y que tendrá consecuencias, y más pronto que tarde, cara a su relevo como titular de la Corona.

Total que parece que el Rey Nuestro Señor anda en esta clarita empeñado –según cuenta hoy en este diario Javier Ruiz- en proponer o defender algo parecido a un gran pacto de Estado para salir de la crisis, un asunto con enjundia suficiente como para explicar la huida, hace ya unos días y a uña de caballo, del presidente del Gobierno a sus predios pontevedreses. Frente a quienes murmuran que las vacaciones de don Mariano no persiguen más objetivo que el simple holgar y, de paso, poder ver las Olimpiadas cómodamente sentado frente al televisor en su casa de Sanxenxo, he aquí una explicación plausible del escaqueo presidencial. Cualquiera podría pensar que con la que está cayendo, aquejada la pobre España por cuitas mil como ahora anda, el señor Presidente haría bien, más que nada por aquello del ejemplo, estando en su despacho en Moncloa de lunes a viernes, en el despacho y trabajando, claro está, teniendo bastante con escaparse los fines de semana -incluso el jueves por la noche, que no se trata de ponerse pejiguero- a sus añoradas rías bajas gallegas. 

No acabamos de creernos lo de la crisis

Pero, repito, si lo que mantiene al señor Rajoy de vacaciones en Galicia es la necesidad de meditar, y obrar en consecuencia, sobre asunto tan importante, trascendental incluso, como ese gran pacto de Estado para sacar a España del atolladero que apadrina el Monarca, entonces la holganza está justificada. Lo cual me lleva a sospechar que este país y sus gentes, desde el Rey al último de la fila, no han tomado conciencia de la dimensión del hoyo en el que nos hallamos metidos como colectivo, no acaban de creerse lo de la crisis –algo que hace tiempo ya se olieron la señora Merkel y los llamados mercados-, no acabamos de aceptar lo de los sacrificios, y en el fondo sigue –seguimos- pensando que mal que bien la tormenta pasará como pasaron otras, y yo y los míos seguiremos adelante como si nada hubiera ocurrido, aunque en nuestro derredor, eso sí, asistamos en primera fila al espectáculo de desdichas que cada día acontecen en la rúa.

Porque si el señor Presidente del Gobierno y sus asesores fueran conscientes de la dureza del reto –que es primero político y subsidiariamente económico- que tenemos por delante, seguramente estarían trabajando en su despacho en lugar de andar holgando. Si los responsables de la candidatura olímpica de Madrid 20020, perdón, Madrid 2020, fueran conscientes de la barbaridad que supone el que los responsables de la gobernación de un país que se halla al borde de la bancarrota sigan pensando en gastarse cuatro o cinco mil millones de euros en organizar unos Juegos Olímpicos, seguramente a estas horas habrían procedido a anunciar la retirada de esa carrera, no sin antes pedir perdón al respetable por tanto dislate. Si los sindicatos mayoritarios tuvieran un mínimo de sentido común y una cierta dosis de vergüenza después de haberse pasado años tocando la lira a la sombra de Zapatero, seguramente no habrían parido esa peregrina idea de convocar un referéndum en septiembre para saber si Mariano Rajoy engañó al personal con un programa antes de las elecciones y con otro después, como si a estas alturas no estuviéramos curados de espantos en cuestión de engaños de nuestra clase política.

Y si la izquierda española, en general, y la progresía mediática que la jalea, en particular, no fueran tan atrozmente sectarios, conscientes como son –porque han gobernado hasta antes de ayer- de que España no puede permitirse seguir con un gasto sanitario desbocado, porque el sistema nacional de salud amenaza con colapsar más pronto que tarde, y porque en el futuro no podremos disfrutar de más estado del Bienestar del que razonablemente podamos financiar con nuestros propios recursos, en ese caso, digo, si la izquierda no fuera tan insensata y la prensa progre tan sectaria, entonces no estaríamos asistiendo al espectáculo de tergiversación y manipulación con el que al respecto nos están obsequiando estos días PSOE, IU y sus altavoces. Pero aquí hemos decidido volvernos todos locos y dar la espalda a la realidad. Abdicar del sentido común y poner en marcha los Juegos Olímpicos del Disparate Patrio, especialidad en la que somos auténticos campeones. En estas circunstancias, ¿qué hacer? Seguramente lo mejor es irnos de vacaciones, como don Mariano.

Autor

Jesús Cacho

Nací hace bastantes años en un pueblo mínimo de Palencia, a medio camino entre Frómista y Carrión. Allí fui feliz a rabiar por los senderos de mi infancia y primera juventud. Luego la vida me llevó por derrotas insospechadas, cruzando mares y vadeando puertos, hasta recalar en la ensenada del periodismo madrileño, en alguno de cuyos garitos -El Mundo, El País, ABC- he tocado el piano. Me he cruzado con muy buena gente y con algún que otro hijo de puta. He cumplido mis sueños; he sido razonablemente feliz. Ahora aspiro a seguir contando historias desde el puente de algún barco perdido en el océano, mientras con mi sextante trato de tomar la altura de Sirius sobre la línea del horizonte, en ese leve instante en que se despide la noche y se anuncia un nuevo día. Naturalmente no sin antes haber dejado Vozpópuli navegando "full ahead".

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    Creo que lo importante no es lo que opine el señor Cacho, sino la opinión o...

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