lunes 21 de abril de 2014

Con Lupa

Crisis económica y calidad democrática: razones para un rescate

Jesús Cacho (09-06-2012)
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Hasta que llegó su hora. A pesar de los desmentidos del Gobierno del viernes, la hora de España llegó ayer sábado, con la reunión del Eurogrupo en la que el Ejecutivo se vio obligado a pedir formalmente el rescate para el sistema financiero español. Ni los bancos podían pedir prestado a unos mercados mayoristas cerrados para ellos a cal y canto, ni el Tesoro podía hacerlo en su nombre emitiendo deuda a tipos de interés asumibles. No quedaba más remedio que aceptar el fracaso colectivo que como nación supone reconocer la bancarrota y pedir ayuda a Bruselas. Fiasco sin paliativos, que cierra de la peor forma el ciclo iniciado tras la muerte de Franco y nos emplaza ante la obligación ineludible de interrogarnos sobre nuestro futuro.

Inquietante futuro. Muchos españoles, empezando por los más prominentes, parecen haber perdido la chaveta, aparentemente ajenos al drama del momento. Es el caso de Rodrigo Rato, que el mismo día, lunes 7 de mayo, en que por fin aceptó tirar la toalla (“Te tienes que ir, Rodrigo, no queda más remedio; el Gobierno ha decidido inyectar dinero público para rescatar Bankia y un hombre como tú no puede seguir en la presidencia, porque sería un escándalo…”, le había dicho Luis de Guindos tres días antes, viernes 4, en su despacho de Economía, instantes después de despedir a Fainé, Botín y González, los reyes magos de la banca a quienes acababa de pedir consejo) para dejar paso a Goirigolzarri, ese mismo lunes, digo, el asturiano tiró de teléfono para pedir hora a dos presidentes de sendas corporaciones españolas. Resulta que el señorito se ha pedido tres Consejos de Administración tres, y parece que el primero está al caer, sí, lo han adivinado, se trata de la Endesa que preside Borja Prado, ahora de propiedad italiana, y hay quien asegura que el propio De Guindos ha mediado para que el puesto que él mismo ocupaba en la eléctrica antes de ser nombrado ministro le sea adjudicado al asturiano.

Guindos, país de locos, no ha tenido tiempo de poner firme a Goiri, pero ya ha filtrado su intención de meterle un buen tajo a los 19.000 millones que el de Bilbao se ha sacado de la manga para, a lo Alfredo Sáenz en el caso Banesto, ser recordado un día como el banquero milagro que logró rescatar Bankia del averno. “¿Alguien me ha oído decir que los 19.000 me parecen bien, que estoy de acuerdo con esa cifra…? ¿Alguien sabe si Economía o el Gobierno han dado su visto bueno a esa cifra? Pues eso…” Y parece que el ministro quiere dejar la suma en la mitad, y entonces vuelan campanas y voltean la especie de que Goiri está dispuesto a irse a su casa si Guindos le toca o retoca su cifra mágica, que ya decían en mi pueblo que “a un burro le hacían obispo y lloraba”.

Hablamos de cifras astronómicas con el desparpajo de Bernanke mientras montones de jóvenes ignoran cómo abordar su futuro camino de la treintena

Hemos perdido el sentido de la proporción. Hablamos de cifras astronómicas con el desparpajo del responsable de la Reserva Federal yanqui, y mientras montones de jóvenes ignoran cómo abordar su futuro camino de la treintena, un puñado de notables ha decidido, decidió en los años del boom, forrarse literalmente con cargo al presupuesto, público o privado. Ahora cuentan que Fernández Ordóñez, el subgobernador y algún otro alto cargo más del BdE saldrán de la casona de Cibeles con el riñón bien forrado, dicen que con varios milloncetes per cápita. Nuestras elites político-empresariales decidieron por su cuenta protegerse frente a la intemperie en estos tiempos de crisis, mientras a millones de españoles no les queda otro camino que el paro o la ayuda de Cáritas. Es ese sentido de clase, son esos responsables de Cajas que se han llevado millones de indemnización tras hundir las entidades, es esa avaricia, tan ligada a la corrupción de las instituciones, la que tiene escandalizados a los alemanes, convencidos de que los españoles, empezando por su clase dirigente, no tienen remedio. Es la corrupción, responsable en última instancia de la crisis de nuestro sistema financiero y, en definitiva, de la postración española. La culpable de nuestra decadencia.

País arruinado que se resiste a aceptar su quiebra

Lo decía esta semana el diario alemán Die Welt, al comentar el último informe de Transparencia Internacional (TI), organización no gubernamental dedicada a combatir la corrupción a escala global: “La relación entre la corrupción y la crisis financiera en curso en los países del sur de Europa no debe ser ignorada por más tiempo”. El diario recordaba una verdad vieja como el mundo, según la cual “los países con medidas más débiles contra la corrupción son ahora los que tienen mayores problemas con la deuda”. Vale cambiar “medidas más débiles” por “democracias de peor calidad” y tenemos resuelto el enigma español. Esta no es una crisis financiera, o no lo es sólo, ni procede en exclusiva de la burbuja inmobiliaria: es una crisis cuyo origen hay que buscar en la corrupción del modelo político que nos dimos a la muerte de Franco, y en la perversión de las instituciones surgidas de la Constitución del 78.

Y por eso los alemanes, que nos tienen calados, se muestran tan renuentes a abrir la mano con España, Grecia et altri. Si la  corrupción no se ataca en origen, y no parece que Gobierno y oposición estén muy preocupados por el asunto, ¿para qué seguir inyectando dinero? Eso lo piensan en Alemania y en Bollullos del Condado. En Collado Villalba, una localidad madrileña que debe 125 millones, el alcalde ha creado una empresa municipal para que se encargue de organizar los festejos municipales. Ahora hemos sabido que en junio de 2007 se inauguró en el Puerto de Santa María, Cádiz, la primera cárcel con piscina climatizada y TV de plasma en cada celda, entre otros privilegios. Desde entonces estas comodidades se han instalado en otras muchas prisiones. Aeropuertos, autopistas, universidades, edificios singulares vacíos, ociosos. Corrupción, desmesura, locura de país arruinado que se resiste a aceptar la quiebra. Son esos mismos españoles que se cabrean porque alguien, en Der Spiegel, asegura que “no quieren ser rescatados; son demasiado orgullosos; se trata de una fatal arrogancia”, y sienten su patriotismo herido. El patriotismo de los canallas.

Europa se dispone a actuar sobre la crisis económica pero, ¿quién se ocupará de recuperar el prestigio de nuestras instituciones?

Cuentan que quien se ha mostrado muy preocupado con la situación  durante su reciente viaje a Brasil y Chile ha sido S.M. el Rey, “cariñosísimo con todo el mundo, incluso con ese Botín disfrazado de escarabajo rojo de la patata… Muy proactivo, como queriendo ayudar a todos; la verdad es que los empresarios han vuelto encantados”, señala el entorno de uno de los capos. El Rey ha dicho que con la austeridad no se va a ninguna parte. Si lo sabrá él. Ahora resulta que su yerno, Urdangarín, se hace llamar mister Liebaert. País de locos. Aseguran que, tras el accidente del elefante, se ha sometido al ejercicio de humildad de conocer sin tapujos lo que el español de la calle, vía redes sociales, piensa de la Monarquía, en general, y de su conducta, en particular. Y se ha quedado de piedra. Consecuencia del susto es su intención de retomar sus labores, aumentando sus apariciones públicas, sus viajes al exterior, etc. Recuperar imagen. À la recherche du temps perdu. Alguno de los viajeros a Latam ha dicho, sin embargo, que la depresión provocada por el “caso elefante” le ha hecho acariciar por primera vez la idea de la abdicación. Le retiene su desconfianza en la sucesión, el recelo sobre el matrimonio de su hijo. Carlos IV redivivo. En caso de salida, el lugar de retiro está claro: Marruecos.  

Meter en vereda a los levantiscos españoles   

Decadencia. Corrupción. Esa corrupción que primero arrambló con los valores, después cimentó la impunidad ante la Justicia, y finalmente terminó por llevarse la pasta a casa, dejando a las entidades quebradas y a los españoles en bolas, y que hoy se ofrece como paradigma de la gran crisis política por la que atraviesa la nación. La semana se despide con el reconocimiento ante Bruselas del gran fiasco hispano. La operación rescate estaba ya decidida hace tiempo, y los grandes banqueros andaban avisados. Por desgracia, ese rescate vendrá acompañado de una serie de obligaciones que el Gobierno tendrá que cumplir en materia de IVA, pensiones y seguro de desempleo, entre otros. ¿Ajuste? ¿Intervención? Llámenlo hache. Se trata de meter en vereda a los levantiscos españoles, en particular a su clase dirigente, a la que tal vez sería necesario jubilar y enviar al exilio.

Merece la pena incidir, como hace TI, en la relación entre crisis económica y calidad democrática, una ecuación capaz de marcar el destino de los pueblos hacia la prosperidad o la pobreza. Una relación no sólo cierta, sino cuantificable. Por las fallas del edificio democrático español se cuela a borbotones la corrupción que hoy afecta desde la primera magistratura del Estado hasta la última de las instituciones, y que se mide en rémora para el crecimiento, ventajas para unos pocos y pérdida de oportunidades para el resto. Paro a mansalva. Europa se dispone a actuar manu militari sobre la mitad de la ecuación española, la crisis económica. ¿Qué pasará con la otra? ¿Quién se ocupará de recuperar el prestigio de nuestras instituciones y mejorar la calidad de nuestra democracia? No parece que vaya a ser la clase política ni las elites económico-financieras, que desde hace tiempo sólo piensan en su bolsillo. Tendrá que ser el pueblo español quien lo haga, y sería bueno que lo hiciera de forma pacífica. Sin que en la calle salten chispas.

Autor

Jesús Cacho

Nací hace bastantes años en un pueblo mínimo de Palencia, a medio camino entre Frómista y Carrión. Allí fui feliz a rabiar por los senderos de mi infancia y primera juventud. Luego la vida me llevó por derrotas insospechadas, cruzando mares y vadeando puertos, hasta recalar en la ensenada del periodismo madrileño, en alguno de cuyos garitos -El Mundo, El País, ABC- he tocado el piano. Me he cruzado con muy buena gente y con algún que otro hijo de puta. He cumplido mis sueños; he sido razonablemente feliz. Ahora aspiro a seguir contando historias desde el puente de algún barco perdido en el océano, mientras con mi sextante trato de tomar la altura de Sirius sobre la línea del horizonte, en ese leve instante en que se despide la noche y se anuncia un nuevo día. Naturalmente no sin antes haber dejado Vozpópuli navegando "full ahead".

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