Pocas cosas unen más que el sufrimiento. Pero una cosa es la queja genérica, deporte nacional, y otra muy distinta es cuando los números respaldan la queja con contundencia. Es aquí donde entra en juego el concepto de esfuerzo fiscal, un término que suena a sacrificio y que, en el caso de España, bien podría calificarse de maratón en chancletas con mochila llena de piedras.
Para entender por qué el esfuerzo fiscal es tan relevante, primero hay que aclarar la diferencia entre presión y esfuerzo fiscales. La presión fiscal es simplemente el porcentaje de la riqueza de un país que el Estado recauda vía impuestos, es decir, la recaudación tributaria en relación con el PIB. España se sitúa en un nivel intermedio en Europa, con una presión fiscal del 38,3% del PIB. Aunque en los últimos años hemos acrecentado nuestra presión fiscal de forma muy alarmante.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
Fuente: Carlos Arenas Laorga
Pero aquí viene el truco. Si miramos solo la presión fiscal, podríamos pensar que los impuestos en España no son particularmente elevados. Sin embargo, este indicador no nos dice nada sobre la capacidad real de los ciudadanos para soportar esa carga. Ahí es donde entra en juego el esfuerzo fiscal, que mide cuán doloroso es pagar esos impuestos en función de la renta per cápita. Y es aquí donde España se lleva medalla (aunque en este caso nadie quiere subir al podio).
Por ponerle collar al perro, el esfuerzo fiscal se calcula dividiendo la presión fiscal (recaudación tributaria en relación con el PIB) entre la renta per cápita de un país.
Esfuerzo fiscal=Presión fiscal (%PIB)Renta per cápita
Imaginemos dos familias. Una vive en Luxemburgo y la otra en España. Ambas pagan un porcentaje muy similar de sus ingresos en impuestos, pero los luxemburgueses tienen salarios que les permiten mantener un alto nivel de vida después de pagar sus tributos, mientras que los españoles terminan ajustándose el cinturón hasta límites más que incómodos, por decirlo de un modo fino. La razón es simple: en España los sueldos son notablemente más bajos que en muchos países de Europa, pero la fiscalidad no es tan distinta de la de los países ricos. Esta es también la principal razón por la que se recuda menos en España a pesar de tener impuestos similares.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
Para ponerlo en números, el esfuerzo fiscal en España es uno de los más altos de la UE y de la OCDE. Según los datos de Eurostat, un español necesita dedicar un porcentaje mucho mayor de su renta a pagar impuestos que un francés o un alemán.
Mientras que en países con altos salarios pagar impuestos es una contribución más o menos razonable al sistema (muy discutible, pero razonable), en España es un castigo que deja poco o ningún margen para ahorrar o invertir.
El problema del elevado esfuerzo fiscal no es solo una cuestión de percepción o incomodidad. Tiene consecuencias económicas reales. Si los ciudadanos tienen que destinar una parte desproporcionada de su renta a pagar impuestos, su capacidad de consumo y ahorro se reduce. Esto, a su vez, ralentiza el crecimiento económico y la inversión. En un país donde los salarios no crecen al mismo ritmo que la fiscalidad, el resultado es que cada vez cuesta más alcanzar un nivel de vida digno. No digamos si los gobernantes no deflactan los impuestos con la inflación tan grande que llevamos acumulada en los últimos años, otro impuesto añadido que no está regulado.
El caso de los autónomos es especialmente sangrante. Con cuotas fijas y una presión impositiva que no perdona, muchos pequeños emprendedores se encuentran en una situación donde trabajar más no se traduce necesariamente en ganar más, sino en pagar más impuestos. Es lo que podríamos llamar el síndrome del hámster fiscal: correr más para quedarse en el mismo sitio, pero más agotado.
La solución teórica al problema del esfuerzo fiscal tiene dos caminos evidentes: aumentar los ingresos de los ciudadanos o reducir la carga impositiva. Lo primero es fácil de decir, pero difícil de hacer, especialmente en una economía con problemas estructurales de productividad. Por eso no sirve de nada (o de muy poco) subir el salario mínimo por ley. Lo segundo choca con la necesidad del Estado de financiar-se (no es una errata).
Algunos países han encontrado un punto intermedio en la eficiencia del gasto público. No se trata solo de cuánto recauda el Estado, sino de cómo lo gasta. Si los ciudadanos perciben que los impuestos se traducen en servicios de calidad, la percepción del esfuerzo fiscal cambia. En España, sin embargo, la sensación de que se paga mucho y se recibe poco está demasiado extendida. Y cuando el río suena, agua lleva.
Por desgracia, el esfuerzo fiscal es un indicador que rara vez aparece en los debates políticos o en los medios de comunicación, pero tiene un impacto directo en la vida de los ciudadanos. Es más, es el dato impositivo que realmente nos debe importar.
En España, la combinación de impuestos elevados con sueldos bajos hace que pagar al Estado sea un ejercicio particularmente doloroso. No olvidemos que el salario que más se repite en España (últimos datos del INE para 2022) es de 14.586,44 euros, una miseria que está incluso por debajo del SMI actual.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
Mientras no se corrijan estos desequilibrios, los ciudadanos seguirán sintiendo que la factura fiscal es, más que una contribución justa, una losa que limita su bienestar y su capacidad de prosperar.