Pablo Bustinduy Amador nació en Madrid el 19 de marzo de 1983, cuando en España acababa de ganar las elecciones por primera vez Felipe González. Es el segundo de los tres hijos que tuvieron el ilustre ingeniero de caminos Javier Bustinduy, ya fallecido, y su esposa, la abogada Ángeles Amador Millán. La familia de Pablo no es cualquier cosa. El padre fue, entre otras cosas, el creador de Cercanías de Renfe. La madre fue la primera mujer ministra que llegaba al gobierno de España desde Federica Montseny, en los tiempos de la segunda república; Ángeles Amador ocupó la cartera de Sanidad en el último ejecutivo de Felipe González, entre 1993 y 1996. Así, Pablo tenía diez años cuando a su madre la hicieron ministra, pero apenas dos cuando empezó a ocupar cargos públicos de relevancia, en el Ministerio de Obras Públicas. El chico casi no tenía más remedio que dedicarse a la política. Lo llevaba en los genes.
Pablo fue desde niño, para entendernos, un pitagorín. Más bien bajito, extraordinariamente listo, aprendió en la familia un sentido de la responsabilidad que rara vez le ha abandonado. Su educación es de las que rarísimamente se ven ya en las altas esferas de la política. Estudió Humanidades y Ciencias Políticas en la Complutense de Madrid, y Psicología en la UNED. En cuarto curso se fue de Erasmus a París, donde, ya puestos, hizo un más que brillante master en el Instituto de Estudios Políticos (lo concluyó con la máxima calificación). Hizo el doctorado en Filosofía Política en Nueva York, en la New School for Social Research. Lo de educarse en EE UU era casi una tradición familiar, porque tanto su padre como su madre estudiaron en Harvard; Pablo dio clase de filosofía durante varios años en la Universidad Estatal de Nueva York, en el St. Francis College de Brooklyn, en la Fairfield University de Connecticut y en la Universidad de Milán.
Y le ha dado tiempo a traducir, escribir o editar varias obras sobre economía, filosofía y pensamiento político, como varios títulos de Taibbi, Rancière o Michael Foessel. Habla impecablemente francés, inglés e italiano, y tiene pocos problemas con el portugués, el alemán y el catalán. Su último libro es “Política y ficción” (Península, 2024), escrito junto con Jorge Lago. Lo dicho: un pitagorín con un expediente académico de escalofrío.
Y todo esto -dice él- no “por ser vos quien sois”, no con el dinero o las influencias de papá y mamá, sino con sucesivas becas académicas que le concedieron, por ejemplo, La Caixa o la Fundación Caja Madrid. Una fiera, Pablo. Pero una fiera que habla quedito y que no destaca por su galleo en los mítines, por la contundencia de sus declaraciones o por su afán de protagonismo. No ha sido nunca una persona popular, lo suyo son los libros. Entrevistarle es difícil porque padece del típico mal de todos los docentes: cuando contesta a una pregunta parece que está dando una clase.
Pablo Bustinduy tenía apenas 18 años cuando se produjo el fenómeno del 15-M que dio origen a Podemos. Como tantos intelectuales y/o alevines de intelectuales de aquel tiempo, la mayoría con formación teórica de izquierdas -era su caso-, Pablo se involucró en aquella corriente que entonces parecía imparable. Es de la “generación fundadora” de Podemos pero, al contrario que otros -Iglesias, Monedero, etc.- nunca ha sido comunista ni trotskista ni bolivariano ni cosas parecidas. Fue, eso sí, una de las personas de confianza de Pablo Iglesias en aquellos tiempos iniciales. “Busti”, que es como le llaman los amigos, se implicó en la política internacional y en la delegación del partido en el Parlamento Europeo, que fue el primer éxito electoral de Podemos.
En 2015 le encargaron la secretaría de Relaciones Internacionales de la formación, que era de lo que más sabía, y fue uno de los 69 diputados “morados” que llegaron al Congreso en las elecciones de aquel año, lo cual tiene su mérito porque el partido llevaba en pie apenas unos cuantos meses. Lo reeligieron en los comicios del año siguiente. Como parece casi natural, siguió ocupándose de las relaciones internacionales. Todo iba bien. “Busti” se presentó, en 2018, a las primarias para encabezar la candidatura de Podemos al Parlamento Europeo del año siguiente. Las ganó.
Y entonces pasó algo. Ya se había producido el choque de trenes entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, con quien Pablo Bustinduy tenía mucha más afinidad política y personal. Quizá “Busti” vio clara la estrategia caudillista del entonces líder, que siempre ha llevado muy mal que le lleven la contraria; el caso es que, de una sola vez, renunció a la candidatura al Parlamento Europeo, se fue del partido y dejó la “primera línea” política, como se dijo entonces: para entendernos, un portazo en toda regla. Fue una de las pocas veces en su vida en que hizo ruido, pero tampoco tanto, dicha sea la verdad. Ni siquiera se apuntó –aunque tentaciones no le faltaron– a Más Madrid ni a Más País, los artilugios políticos creados por el entonces prestigioso Errejón para reemplazar a Iglesias en el corazón de los votantes de izquierdas. “Busti” veía los toros desde la barrera. O desde la universidad.
Pablo Bustinduy pudo ser ministro de Asuntos Exteriores en el primer gobierno de Pedro Sánchez, el formado tras la célebre moción de censura de junio de 2018, pero en aquel primer gobierno “sanchista” no hubo ministros que no fuesen del PSOE o independientes
Pablo Bustinduy pudo ser ministro de Asuntos Exteriores en el primer gobierno de Pedro Sánchez, el formado tras la célebre moción de censura de junio de 2018, pero en aquel primer gobierno “sanchista” no hubo ministros que no fuesen del PSOE o independientes. También pudo serlo en el siguiente equipo ministerial, el de 2020, cuando Pablo Iglesias fue vicepresidente del primer gobierno de coalición de la democracia española contemporánea. Pero en ese momento ya se había producido el mencionado “divorcio traumático” entre Iglesias y Errejón, y Bustinduy había escapado a tiempo de las cenizas de Vistalegre.
Sin embargo, en aquel gobierno de 2020, al que le tocó el “tsunami” de la pandemia de la covid-19, había alguien que sí se había fijado en el joven, callado, brillante, eficaz y casi siempre inadvertido Bustinduy: era Yolanda Díaz. Cuando la política gallega, que había precipitado una nueva crisis identitaria en lo que quedaba de la izquierda española al fundar Sumar, llegó a la vicepresidencia del gobierno de Sánchez (el tercero, formado en noviembre de 2023), Díaz logró convencer al huido “Busti” para que volviese sobre sus pasos y aceptase la cartera ministerial para la que llevaba “sonando” desde hacía ya unos cuantos años. Esa cartera, que entraba en la cuota de ministros que correspondía a Sumar, no fue la de Asuntos Exteriores, que ocupaba el diplomático José Manuel Albares desde dos años atrás, sino la de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030: este Ministerio “fusionaba” dos carteras anteriores, la de Derechos Sociales y la de Consumo… Y dejaba a los de Podemos en la calle, lo cual puede que fuese la intención de Sánchez pero sin duda era la de Yolanda Díaz.
El principal empeño de Pablo Bustinduy como ministro ha sido la reforma de la esencial Ley de Dependencia. También se ha implicado en la lucha contra la terrible represión israelí en la franja de Gaza, al reclamar a las empresas españolas en Israel que tomen medidas para no contribuir al “genocidio”. Cosas así.
Pero súbitamente apareció en escena Michael O’Leary, consejero delegado de la aerolínea de bajo coste Ryanair. El Ministerio que dirige Bustinduy había castigado con una multa de 179 millones (esto fue en noviembre pasado) a cuatro compañías aéreas, entre ellas Ryanair, por la treta de cobrar a los usuarios por subir la maleta a la cabina, medida quizá inmediatamente anterior a la de cobrarles por ir sentados o por respirar. O’Leary, que tiene un carácter irascible, sanguíneo y bastante “trumpero”, montó en cólera: llamó al ministro español “loco comunista” y se dedicó a exhibir fotomontajes de Bustinduy caracterizado como un payaso.
El feroz empresario consiguió dos cosas. La primera, que Pablo Bustinduy quedase ante la opinión pública como un lord inglés, por la flema, la serenidad y la media sonrisa con que reaccionó ante el ataque de histeria/avaricia de O’Leary. Y la segunda ha sido la más llamativa: de un día para otro, gracias a ese escándalo, millones de españoles han caído en la cuenta de la existencia de Pablo Bustinduy, de que está ahí y es ministro, no un ente invisible o transparente o teórico. Esto de la existencia de Bustinduy en carne mortal lo sabían los políticos y los periodistas (no todos) pero no la gran mayoría de los ciudadanos, para quienes “Busti” era el tercer ministro menos conocido del actual gobierno: tan solo Sira Rego y Elma Sáiz son más ignoradas que él.
Nunca le gustó mucho la popularidad. Pero al menos ahora la gente sabe quién es. Le ve y le reconoce. Bueno, pues poco a poco, ¿no?
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La rana de cristal (Hyalinobatrachium colymbiphyllum) es un anfibio anuro de la familia de los centrolénidos, lo cual, si bien se mira, es algo que no puede decir mucha gente. En realidad pertenece a un nutrido número de especies parecidas, que habitan casi todas en Sudamérica y en Centroamérica. Es pequeñita: solo con esfuerzo llega a los tres centímetros de longitud.
Su característica más singular es esta: que no la ves. Es abundante y laboriosa pero prácticamente invisible. La gran mayoría de estas diminutas ranas tienen, vistas desde arriba, un color verde: exactamente el mismo color de las hojas en que suele habitar, con lo cual tiene que moverse para que uno sepa que está ahí. Es decir, que “aparece” solamente si se mueve… y, a veces, ni así. Pero es que, vista desde abajo, la ranita tiene la piel translúcida, de ahí su nombre. A través de su abdomen se distinguen claramente (sobre todo si uno lleva una lupa) los órganos internos; lo que pasa es que varios de ellos son también casi transparentes, con lo cual el resultado es francamente decepcionante para la popularidad de la rana. Si nadie te ve, ¿existes?
¿Es lista la ranita de cristal? Desde luego que sí, listísima. Se alimenta de pequeños insectos a los que caza porque, como queda explicado, no se dan cuenta de que está ahí. Lo mismo les pasa a los depredadores: que ni se enteran de su presencia. Se camufla como nadie. Se halla en países tan diversos como Panamá, Venezuela, Colombia y Brasil, lo cual quiere decir que habla idiomas. Con los dueños de líneas aéreas y con los ¡queridos compañeros! de la izquierda ranística muestra otra de sus habilidades: es moderadamente venenosa, y lo de “moderadamente” hay que atribuirlo a su buen carácter, no a otra cosa.
¿Sueña la rana de cristal con ser uno de los animales más populares de la cuenca del Amazonas? Pues quién sabe. Probablemente no…
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dededavi
15/02/2025 16:43
Pues que descanse en paz.
aherraiz
15/02/2025 16:51
Este si que es un menistro ,buena multa que le ha puesto a Rayanayr la unica compañia que te dice claramente lo que te cobra por cada servicio a las que no te dicen nada todo oculto aplauso esto es un MENISTRO DE CONSUMO