Ya habrán visto ustedes veinte veces que en la ceremonia de los Goya hubo un monumental despiste. A la hora de leer la tarjetita con el nombre de la mejor película, los nervios traicionaron a la presentadora y no se dio cuenta de que allí no se había escrito el título de una película sino de dos. La primera era El 47, con la extraordinaria interpretación de Eduard Fernández. Pero la segunda, ex aequo, era La infiltrada, una obra monumental de Arantxa Echevarría con un guion perfecto y varias interpretaciones deslumbrantes, entre las que sin duda destaca la de Carolina Yuste.
Y la del gato. Sobre todo la del gato, que es la clave de la película. Creo recordar que el animalito se llamaba, en la ficción Sua. O algo así.
Digo mal. No había solo un gato, había dos, porque el primero no hacía caso. No sirvió de mucho. Los gatos son animales con un marcadísimo criterio propio, cursi manera de decir que siempre hacen lo que les da la puñetera gana. Ya Prosper Merimée, en su novela Carmen, lo decía, en una comparación (hoy políticamente incorrecta) con las mujeres. Explicaba el autor francés que tanto las mujeres como los gatos “nunca vienen cuando se les llama y vienen cuando no se les llama”. El comportamiento de los dos gatitos en el rodaje fue exactamente ese: no había forma de que siguieran las indicaciones del director. Ni de nadie. Menos mal que la actriz protagonista ha tenido gatos toda su vida y sabe (hasta donde se puede saber eso) cómo tratarlos.
No tengo palabras suficientes para recomendarles, con todo mi corazón, que vayan a ver esa película extraordinaria, La infiltrada. Es la historia de una mujer real, que decía llamarse Aránzazu Berradre aunque su verdadero nombre era otro. Esta chica, apenas una niña cuando ingresó en el Cuerpo Nacional de Policía, fue la primera mujer que logró infiltrarse en ETA. Perteneció fingidamente a la mafia vasca durante al menos seis o siete años. Las pasó canutas. Pero su trabajo, con la providencial colaboración del gato, hizo que la Policía desarticulase el llamado “comando Donosti”; esto fue en 1999 y a partir de ahí este grupo de asesinos ya no fue el mismo, aunque siguió cometiendo crímenes. El heroico trabajo de Arancha Berradre propició la detención de Sergio Polo, alias Lur, uno de los más sanguinarios y descerebrados dirigentes de la banda.
Cada vez que aparece en la pantalla, se la come: no hay sitio para nada ni para nadie más, el espectador clava los ojos en ella y se magnetiza, no es capaz de dejar de mirarla.
A ver cómo hago para no destriparles la película, porque lo que pretendo es que vayan a verla. El filme prácticamente comienza con la espeluznante recreación del asesinato de Gregorio Ordóñez en una tasca del casco viejo de San Sebastián. La ficción quiere que Arancha esté allí mismo, en la puerta del chigre, y la cara que pone la actriz Carolina Yuste cuando oye los disparos y ve salir al mafioso Txapote del lugar, antes de huir trotando tranquilamente, es el primer gran momento de esta chica en el filme: la mayor parte del tiempo da la sensación de que Carolina no está actuando sino que se trata de escenas reales grabadas con cámara oculta: tal es la verosimilitud de su interpretación, sencillamente perfecta. Cada vez que aparece en la pantalla, se la come: no hay sitio para nada ni para nadie más, el espectador clava los ojos en ella y se magnetiza, no es capaz de dejar de mirarla. Ni siquiera un peso pesado de la interpretación como Luis Tosar (que esta vez hace de bueno, o casi; caramba, menos mal) es capaz de opacarla.
Espero no romper nada si digo que Arancha Berradre se pasó varios años “dejándose ver” por las calles, tabernas y chigres que frecuentaban los simpatizantes o cómplices de la mafia; que acabó ganándose la confianza de la banda; que su gato y ella alojaron en su piso a uno de ellos, un “novato” llamado Kepa Etxebarria; que, como el roce hace el cariño, el tal Kepa y Arancha acabaron manteniendo una relación sentimental que a la joven le provocaba, literalmente, vómitos. Y que al final se incorporó al piso otro etarra, Sergio Polo, un verdadero psicópata impresionantemente interpretado por el actor gallego Diego Anido.
Dos apuntes nada más, dos escenas breves. La primera es el momento en que el joven Kepa (lo hace el actor Íñigo Gastesi) le cuenta a su “novia” cómo cometió un asesinato. Cómo disparó. Cómo vio que la víctima seguía viva y cómo lo destrozó después a patadas. Arancha escucha al etarra pálida como una muerta, no tanto por lo que le relata sino por cómo lo hace: sonríe orgulloso, como si fuese una hazaña, una heroicidad, un triunfo. Él mismo se lo dice: en el País Vasco están los que nos protegen y luego los que no nos denuncian, porque tienen miedo. Y al decirlo presume de ello. No se da cuenta de que lo que está relatando es de un cariz macabramente siciliano, corleonesco. No se da cuenta de que él y sus cómplices tienen sometido, aherrojado, sojuzgado a todo un pueblo.
Un asesino que presume de serlo y que tiene un ego del tamaño de un elefante. Un psicópata, queda dicho, cuya única concomitancia con actitudes que pudieran parecer civilizadas es… que no se fía de nadie
O sí se da cuenta. Y le parece muy bien. Pero esa escena pone la carne de gallina al más pintado.
La otra escena (que en realidad son varias) es la aparición de Sergio Polo en el piso. La película lo pinta como un chacal: tiene una inteligencia bastante limitada, un machismo brutal (no es el único en el filme, ni en la época) pero una astucia increíble. Es un completo guarro que está allí para que los demás limpien lo que él va enmierdando y para imponer su voluntad a todos. Un asesino que presume de serlo y que tiene un ego del tamaño de un elefante. Un psicópata, queda dicho, cuya única concomitancia con actitudes que pudieran parecer civilizadas es… que no se fía de nadie. Y que desprecia a todos los demás, incluidos sus compañeros.
La película es un “thriller” magistral, se la mire por donde se la mire: la interpretación, la tensión que no cesa, la fotografía, la increíble banda sonora de Fernando Velázquez, la conciencia de que todo lo que se nos está contando es real, sucedió como lo vemos. Incluido el papel fundamental, indispensable, del célebre gato.
Pero, aparte del “pique” de sobras conocido entre la Policía Nacional y la Guardia Civil, hay algo que me parece importantísimo: La infiltrada, que está ya cargada de premios (lo mismo que la actriz protagonista) y que está teniendo un éxito de público extraordinario, impide el olvido que pretende impulsar una parte pequeña de la sociedad vasca. El famoso “relato”, lo que quedará para la historia de aquellos largos y terribles años, no podrá ser manipulado por los “comprensivos” con aquella tropa de asesinos si se estrenan, y con éxito, obras como esta. Pasó con la serie Patria, basada en la impresionante novela de Fernando Aramburu. Pasó con la miniserie La línea invisible, de Mariano Barroso, sobre la enloquecida fundación de ETA. Pasó con la magistral Maixabel, de Icíar Bollaín. Ha pasado con muchas más. Mientras tanto, el “otro bando” no ha hecho absolutamente nada. Ni un libro que merezca la pena, ni una película, nada que defienda o al menos trate de mantener en pie su enloquecida y manipulada versión de lo que en realidad ocurrió.
Lo criminal de sus entrañas
Esa es la mayor virtud (entre muchas otras) de La infiltrada. Que no impide el perdón, ni la convivencia, ni la esperanza en el futuro. Pero mantiene viva la memoria de algo que nadie, nunca, debería olvidar jamás. De todo aquello que padecimos millones de personas durante décadas. De nuestra horrible versión de una mafia, una simple y criminal mafia, disfrazada (mal disfrazada) con los trapos de una ideología anacrónica en la que nadie más que ellos creía; y que les servía, como bien muestra el personaje de Sergio Polo, para justificar lo criminal de sus entrañas, su placer a la hora de quitar la vida a los demás.
Vayan a verla. Lo del gato es para no olvidarlo jamás.