Era viernes por la tarde, las siete serían. La revista en la que yo trabajaba por entonces estaba hirviendo, como todos los viernes a esa hora, porque era día de cierre y todos, desde el director hasta el último becario, estábamos tratando de encajar las incontables piezas que constituían el semanario antes de mandarlo a la imprenta. Los minutos estaban contados y los nervios de punta, como cada viernes. Y entonces se presentó el Niño.
Recuerdo como si fuese hoy la palidez en los rostros, las mandíbulas apretadas de los jefes, los ojos de espanto. El Niño, así lo llamábamos, era el hijo del dueño de la empresa a la que pertenecíamos. El príncipe heredero. Tendría alrededor de veinte años. Algún día todo aquello –nosotros– sería suyo, pero por entonces lo único que tenía era eso: veinte años, una cabal conciencia de su poder y una ignorancia total, perfecta, sin rastro de conocimiento, de cómo funcionaba una revista y de qué significaba un día de cierre.
El Niño convocó una reunión. A las siete de la tarde de un viernes, diosmío. Se oía el castañetear de los dientes en los jefes, muchos de los cuales llevaban ejerciendo el periodismo desde mucho antes de que el Niño naciese. Preguntó qué iba en la portada, porque no lo sabía. Se lo dijeron. Y entonces aquel crío sonrió: “Pues lo vamos a cambiar. ¿Qué otros temas hay?”.
Vamos a ver, el Niño no era mala persona. Tan solo tenía veinte añitos y estaba jugando al sátrapa. Estaba probando a ver qué pasaba si apretabas los botones del poder como si fuesen los de la PlayStation, qué sucedía si dabas órdenes, qué cara ponían aquellos viejos –todos lo éramos para él– que sudaban de pánico mientras él jugaba a mandar. El resultado ya lo adivinan ustedes: el cierre de la revista se fue a hacer gárgaras, hubo que llamar a la imprenta y escribir otra portada a toda prisa. Salimos de allí como a las cinco de la mañana.
Ya le han puesto nombre: la guerra comercial más estúpida de la historia, porque no tiene ningún motivo, ni económico ni político; se trata nada más que de satisfacer el orgullo de este imbécil
Lo que estamos viendo ahora no es igual, pero se le parece bastante. Los estadounidenses han elegido como presidente a un tipo de 78 años, pero que tiene una edad mental de catorce. Desde que se sentó a los mandos de la nave –y en esa nave, de un modo u otro, vamos todos– está haciendo cosas que nadie había hecho antes, eso es verdad, pero es que lo mismo podría decirse de Atila. Alguien debe de haberle explicado con palabras sencillas –no entiende otras– qué son los aranceles y para qué sirven, y este desquiciado está montando una guerra comercial que no tiene precedentes en los últimos noventa años.
Una guerra que no puede ganar (en ese tipo de guerras nunca gana ninguno), que no beneficia absolutamente a nadie y que va a llevar a la estrechez, a la pobreza o directamente a la miseria a cientos de millones de personas en todo el mundo, entre ellas muchos ciudadanos estadounidenses. Ya le han puesto nombre: la guerra comercial más estúpida de la historia, porque no tiene ningún motivo, ni económico ni político; se trata nada más que de satisfacer el orgullo de este imbécil. Es como el Niño de mi antigua revista: está jugando a ver qué pasa si se pone a hacer el gamberro.
Esa es la parte seria, o inquietante, o peligrosa. Pero este individuo, Trump, no serían quien es sin sus payasadas. Se ha rodeado –esta vez sí, cuidadosamente– de una patulea de gente que no se distingue por su preparación, por su experiencia ni por su prudencia, sino por su riqueza y, esto sobre todo, por su esmero en no llevar jamás la contraria al jefe; y así, cualquier besugada que salga de su boca es inmediatamente celebrada y aplaudida como si fuese un hallazgo genial. Eso no es la primera vez que sucede, desde luego; pero ahora no hay nadie a su alrededor, absolutamente nadie, que se atreva a decirle la verdad.
Lo de crear allí un enorme complejo vacacional para ricos de todo el mundo, sobre los escombros de las casas de los gazatíes, traspasa los límites del surrealismo para entrar en el terreno de la demencia
Nadie comete la osadía de explicarle que no se puede apropiar de Groenlandia como quien se compra un tiesto con geranios para ponerlo en la terraza, porque eso supondría el descuajeringamiento del orden geopolítico occidental; claro que primero habría que explicarle qué es el orden geopolítico occidental, algo que ni conoce ni seguramente le interesa. Nadie se atreve a exponerle que no es posible recuperar manu militari el Canal de Panamá, entregado por EE UU al país centroamericano hace 26 años, por lo mismo por lo que no es legítimo arrearle una patada a la puerta del vecino y echarle de su casa; eso se llama okupación. Y menos poniendo como pretexto que el canal está controlado por China, lo cual es tan cierto como que los inmigrantes van por las calles de EE UU comiéndose perros y gatos. Pero Trump ha desarrollado una sorprendente habilidad para creerse las cosas que él mismo se inventa; esto de Panamá no es más que el último ejemplo de una larga lista de fantasías infantiles.
Ahora bien, nunca este hombre había llegado a los extremos de majadería que ha mostrado con lo de la franja de Gaza. Es cierto que la idea de expulsar de su tierra a casi dos millones de palestinos no es nueva, ni se le ha ocurrido a él; pero lo de crear allí un enorme complejo vacacional para ricos de todo el mundo, sobre los escombros de las casas de los gazatíes, traspasa los límites del surrealismo para entrar en el terreno de la demencia. Es para preguntarse qué bebe este hombre. Y en qué cantidades.
Imagínenselo, por favor. Palmeras. Tumbonas playeras. Piscinas con pétalos de hibisco. Motos de agua. Camareros con pantalón corto blanco sirviendo mojitos a los magnates. Y un gran conjunto de chalés o mansiones como las que hay en Acapulco o en las islas artificiales de Dubai, una especie de Indian Wells (el colmo del lujo en medio de la absoluta nada, en medio del desierto de Colorado) aislado del mundo, aislado de la historia y de la realidad, como una burbuja extraterrestre e inmobiliaria que… ¿Cómo se llamaría? Mar-a-lago no puede ser, ya hay uno. Pues a lo mejor a este zumbao de Trump se le ocurre llamarlo Mar-a-Gaza. Eso estaría bien, ahora que lo pienso: en poco tiempo la gente empezaría a hablar de la Maragazería, con lo cual los habitantes de la comarca leonesa que se llama casi igual –allí viven los maragatos desde hace medio milenio– se pondrían contentísimos.
¡Invádanos, hombre de Dios!
Esto de decir o imaginar chorradas es como comer pipas de girasol o cacahuetes salados: cuando empiezas, es muy difícil parar. A un matasiete como Trump, que se cree capaz de cambiarle el nombre al golfo de México, que amenaza a Irán con la “aniquilación” si a él le pasa algo, que bravuconea con la conquista de Groenlandia y la reconquista del canal de Panamá, y que es capaz de imaginar un delirium tremens como convertir la martirizada Gaza en Palm Springs después de la conveniente limpieza étnica, lo mejor que le puede pasar es que le salgan clientes.
Pues a ver lo que tardan los habitantes del norte de Afganistán, de Sudán del Sur, de Malawi, de las montañas remotas del Nepal, de Haití o del municipio jienense de Huesa (que es el más pobre de España) en salir a la plaza y ponerse a mirar al cielo, para ver si pasa un satélite americano, y empezar a gritar: “¡Eh! ¡Míster Trump! ¡Aquí, aquí! ¡Invádanos, hombre de Dios, que a nosotros no nos importa si nos hace unos chaleses y una bolera y un frontón pa los chavales! ¡Venga, anímese!”.
Ya lo proclamaba Luis García Berlanga en la maravillosa canción de aquella película inmortal: “El plan de Trump nos llega del extranjero pa nuestro avío, / y con tantos parneses va a echar buen pelo Villar del Río. / Americanos, os recibimos con alegría…” Etcétera.
Casi eran preferibles los caprichos del Niño de mi revista…
lareforma2024
07/02/2025 09:14
Esa insistencia en tachar a Trump y todo su gobierno de estúpidos con coeficiente de inteligencia negativo y menos listos que el marqués de Galapagar, solo denota temor ante la pérdida de los chollos que hasta ahora han muy bien alimentado a los descalificadores. Trump lanza un envite de máximos para obtener algo, mucho menor, que antes no tenía. Como cuando un gobierno nuestro dice que los impuestos a la energía subirán un 70 %, escandalizando al consumidor y después deja la subida en el 15 %, que es lo que pretendía y, encima, el consumidor contento, pero le han clavado el 15 %. Saludos.