Opinión

Reforma electoral: una necesidad imperiosa

El actual gobierno de perdedores nos ha ha retrotraído a tiempos preconstitucionales

  • González, Suarez y los Pactos de la Moncloa

Una de las grandes asignaturas pendientes de España, si el PSOE es capaz de recuperar el buen juicio, -errores aparte- de la época previa a Rodríguez Zapatero, será la reforma del sistema electoral para asemejarlo al de los países con mejor -por histórica y funcionante- trayectoria democrática.

Desde que Tocqueville, allá por 1848, dijera que “la democracia quiere la igualdad en libertad, el socialismo quiere la igualdad en la penuria y en la servidumbre”, el paso del tiempo le ha venido dando la razón. El paso de la unanimidad a las reglas mayoritarias se produce con Locke, porque con él el derecho de la mayoría se integra en un sistema constitucional que lo disciplina y controla, y que ha dejado de operar con Sánchez.

Estas citas proceden de Giovani Sartori, un sabio catedrático en las más prestigiosas universidades de EEUU y Europa, y uno de los más longevos e importantes estudiosos contemporáneos de la ciencia política. Al final de sus días –falleció nonagenario en 2017- con una enorme libertad y claridad intelectual, nos legó en un pequeño libro titulado La carrera hacia ningún lugar (2015), un capítulo titulado “El sistema electoral perfecto existe”, pues permite e incluso favorece la expresión genuina de las preferencias de los electores. Se trata del sistema mayoritario de doble vuelta. En la primera vuelta funciona como un sistema proporcional, porque cada elector expresa libremente su primera preferencia. Obviamente, es un mecanismo que descarta la preferencia de las minorías, que en una segunda vuelta tendrán que escoger un candidato que sea una segunda preferencia o el que menos desagrade al elector. La premisa de un sistema electoral perfecto es que deben estar prohibidas las coaliciones.

El primer gobierno de José María Aznar solo fue posible gracias a las concesiones hechas al nacionalismo catalán con las graves consecuencias por todos conocidas, lo que no habría acontecido con un sistema mayoritario

Las democracias que mejor han venido funcionando desde siempre y hasta ahora -Inglaterra y EEUU- tienen sistemas electorales mayoritarios, es decir, gobierna el que gana las elecciones lo que impide que lo haga una coalición de perdedores, minoritarios y radicales antisistema.Tales sistemas suelen estar asociados a circunscripciones unipersonales que acercan los políticos a la sociedad y los alejan del mandamás del partido, lo que conlleva el acceso a la política de gentes prestigiosas por sus realizaciones personales y profesionales, y hace inviable la figura de los políticos profesionales de nacimiento, que tanto abundan en la izquierda de ahora.

Si echamos la vista atrás, es fácil observar los inconvenientes de nuestro sistema electoral proporcional. Los Pactos de la Moncloa, como consecuencia de la debilidad representativa del gobierno de turno —que no habría tenido lugar con un sistema electoral mayoritario— lograron, ciertamente, una paz social, pero a cambio de un rígido marco laboral, que sigue limitando nuestra competitividad, con desequilibrios presupuestarios, desempleo creciente y muy débil crecimiento económico; es decir, nos alejaron de Europa tras décadas de convergencia.

El primer gobierno de José María Aznar solo fue posible gracias a las concesiones hechas al nacionalismo catalán con las graves consecuencias por todos conocidas, lo que no habría acontecido con un sistema mayoritario. Con Rodríguez Zapatero, la llegada del socialismo catalán al gobierno de la Generalitat fue consecuencia de acuerdos con partidos minoritarios extremistas y nacionalistas que sentaron las bases -Pacto del Tinell- de la degeneración política actual. Un sistema electoral mayoritario no habría posibilitado que las muy minoritarias y extremistas posiciones políticas se hubieran impuesto a la voluntad mayoritaria.

El actual gobierno de perdedores, algo inaudito en la historia democrática de los países civilizados, destructivo de las mejores prácticas institucionales, nos ha hecho regresar a tiempos históricos preconstitucionales: su presidente no solo afirma, pública y solemnemente, que gobernará sin el Parlamento, sino que además –y solo en este caso- cumple su promesa. Algo que no podría suceder con unas Cortes elegidas por el sistema mayoritario.

Las circunscripciones unipersonales de un sistema mayoritario obligarían a los partidos a seleccionar sus candidatos con criterios opuestos a los de ahora ¿Cuántos diputados de Las Cortes actuales valdrían para presentarse como candidatos en solitario en una circunscripción? ¿Quizás un 10%?

La perpleja España de nuestros días necesita una amplia y profunda regeneración política para suprimir para siempre tales barbaridades seudodemocráticas. Las circunscripciones unipersonales de un sistema mayoritario obligarían a los partidos a seleccionar sus candidatos con criterios opuestos a los de ahora ¿Cuántos diputados de Las Cortes actuales valdrían para presentarse como candidatos en solitario en una circunscripción? ¿Quizás un 10%?

Llegados a este punto, la inaplazable regeneración democrática de España pasa necesariamente por un sistema electoral caracterizado, básicamente por:

-Pautas mayoritarias, que pongan más énfasis en la necesidad de facilitar gobiernos estables que en sobrerepresentar a fuerzas de escaso respaldo.

-Circunscripciones unipersonales de reducido tamaño, que propicien la elección de un solo candidato sobre los demás, es decir, que agrupen a números relativamente bajos de electores, a fin de favorecer una relación muy próxima entre representante y representado: se trata de “ponerle la cara al diputado”, cosa que ahora no ocurre.

-Otro tanto, mutatis mutandis, debiera hacerse en el plano autonómico, y por supuesto los ayuntamientos.

-Un sistema como el propuesto conseguiría —además de evitar los pactos entre perdedores para dejar sin gobierno al ganador— estrechar la relación entre los representantes y los electores, y, de paso, reforzar la democracia, que el elector podría ejercer de forma continuada valorando a sus candidatos a lo largo del tiempo y no solo una vez cada cuatro años.

Un sistema como el descrito posibilita experiencias ejemplares como la acontecida recientemente con el Covid en EEUU y tanto se echa en falta aquí. Allí, un Congreso elegido como se acaba de postular para España, encargó por unanimidad un trabajo de investigación -557 páginas- sobre la pandemia que comenzó a principios de 2023 y se entregó a finales de 2024. Las investigaciones, los expertos consultados, las sesiones del Congreso, el equipo de trabajo, la independencia y su rigor intelectual generan una gran confianza en sus conclusiones: [AFTER ACTION REVIEW OF THE COVID-19 PANDEMIC: The Lessons Learned and a Path Forward]

El virus fue artificial y creado en un laboratorio chino en Wuhan, financiado por EEUU. La respuesta de la OMS a la pandemia fue un abyecto fracaso porque cedió a la presión del Partido Comunista Chino. El distanciamiento social -que cerró escuelas y pequeños negocios en todo el país- fue arbitrario y no se basó en la ciencia. No había pruebas concluyentes de que las mascarillas protegieran eficazmente. En contra de lo prometido, las vacunas no contuvieron la propagación ni la transmisión del virus. Los gobiernos federal y estatales en los Estados Unidos no identificaron suficientemente el derroche, el fraude y el abuso de los dólares de los contribuyentes.

Un efecto devastador

Aquí, con más motivos que en cualquier otro país, como pone de manifiesto el -devastador para España- cuadro de consecuencias publicado por The Economist con datos de la OCDE, FMI, BM, etc….no solo no se le ha ocurrido a nadie proponer algo parecido, sino que de haberlo intentado habría sido boicoteado por la alianza Frankenstein que tiene paralizada el Congreso de Diputados.

The Economist

Mientras tanto, un Gobierno declarado insumiso al orden constitucional, utiliza la TV pública, en contra de todas las evidencias empíricas internacionales, para hacerse una ridícula autopropaganda cuando resultó el peor país del mundo civilizado en la gestión de la pandemia, según muestran los datos. Acusando además con todo tipo de falsedades y bulos a la Comunidad de Madrid, que fue, a pesar del caos gubernamental, la que mejores decisiones tomó y resultados reales obtuvo.

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