El arcabucero Roldán deslizó sus dedos sobre las balas que guardaba en la palma de su mano. Dos de plata, una de oro. Alzó la mirada hacia sus compañeros, soldados curtidos en mil campañas, y con una sonrisa afilada explicó su destino: la plata, para los nobles franceses; el oro, para el rey. Con un gesto casi teatral, extendió la dorada al hombre que debía recibirla. Frente a él, Francisco I de Francia, ensangrentado y agotado, la tomó entre sus dedos. Era el 24 de febrero de 1525, el día en que un monarca cayó prisionero y las armas de Carlos V se impuieron victoriosas sobre el campo de Pavía.
Las Guerras Italianas rugían con furia sobre la península, una lucha encarnizada entre España y Francia por el dominio del Milanesado. Carlos V, emperador del Sacro Imperio y rey de España, había intentado tomar Marsella sin éxito en 1524. Derrotado en ese frente, su ejército se replegó mientras Francisco I, al mando de 36.000 hombres, avanzaba con la confianza de un cazador que ha olido la sangre. Cometió, sin embargo, un error fatal: en lugar de perseguir a los españoles hasta Lodi, decidió asediar Pavía.
Desde finales de octubre de 1524, la ciudad resistió con uñas y dientes. Dentro de sus murallas, Antonio de Leyva y sus 6.000 hombres (1.000 españoles y 5.000 alemanes) combatieron la artillería francesa, las cargas de asalto y hasta el intento de desviar el río Tesino para debilitar las defensas. Pero el hambre y la falta de paga hicieron temblar la moral. Dos veces los lansquenetes alemanes amenazaron con amotinarse. La situación parecía insostenible… hasta que, en la noche del 12 de enero, dos españoles lograron romper el cerco y entrar en la ciudad con 3.000 ducados y una noticia que cambiaría el destino de la batalla: el virrey de Nápoles, Carlos de Lannoy, marchaba con 20.000 hombres para liberar Pavía.
La batalla: sangre en el parque de los Visconti
Febrero trajo consigo la tormenta. Francisco I, con 30.000 soldados y una caballería imponente, se preparaba para el golpe final. Lannoy, sin tiempo ni dinero para esperar, decidió atacar primero. La noche del 23 al 24 de febrero, los cañones imperiales rompieron el silencio con un bombardeo atronador. Mientras los franceses se replegaban ante la lluvia de fuego, las tropas de Carlos V avanzaron bajo la penumbra, preparándose para la embestida definitiva.
El alba reveló un campo de batalla cubierto de sombras y pólvora. Francisco I lanzó su primera carga con brutalidad. Sus cañones destrozaron la primera línea imperial y, confiado en la victoria, ordenó una carga de caballería que barrió a las tropas enemigas. Por un instante, el rey de Francia saboreó el triunfo. Pero en los bosques cercanos, el marqués de Pescara aguardaba con cientos de arcabuceros. Cuando los jinetes franceses atravesaron el campo, la descarga de los arcabuces los segó como una guadaña. Caballos y hombres cayeron en masa. El caos se apoderó de las filas francesas justo cuando, en otro punto del combate, los legendarios piqueros suizos —considerados los mejores soldados de Europa— flaquearon y huyeron hacia el río Tesino. Algunos fueron masacrados, otros se ahogaron en las gélidas aguas.
Los imperiales no dejaron escapar la oportunidad. Pescara y los lansquenetes avanzaron con furia, las picas y los arcabuces arrasaron. La infantería gala fue aniquilada, los cañones tomados, y en el centro del campo de batalla solo quedaba Francisco I y un puñado de fieles que luchaban sin esperanza. La mayoría de fuentes cuenta menos de 800 bajas en las tropas de Carlos V, por millares del bando francés, entre 3.500 y 15.000, según las crónicas.
Batalla de Pavía, autor desconocido.
La caída de un rey
El combate había terminado, pero el destino del monarca francés aún estaba por sellarse. Rodeado, sin escapatoria, Francisco I fue capturado y hecho prisionero. Siglos más tardes Ángel de Saavedra, duque de Rivas dedicaba en un extenso poema la captura del monarca:
¡Oh dolor, yace en el fango
el trono de Francia excelso,
el poderoso monarca
que juzgaba el orbe estrecho!
De inconstancias de fortuna
grande y doloroso ejemplo,
y de la humana soberbia
aterrador escarmiento.
Nada hay firme en este mundo:
valor, gloria, nombre, imperio,
cuando una espada se empuña,
todo queda en duda puesto.
El último mecenas de Leonardo Da Vinci fue enviado a España, donde pasó un año en cautiverio hasta la firma del Tratado de Madrid en 1526. En él, Francia renunció a sus ambiciones en Italia y cedió territorios estratégicos a Carlos V.
Pero las promesas quedaron en nada. Liberado, Francisco I renegó de lo firmado y retomó la guerra poco después. Aun así, el eco de Pavía resonaría durante décadas. Aquella jornada de febrero, con un monarca encadenado y miles de cadáveres esparcidos por el campo, marcó el punto álgido del poder imperial de Carlos V y demostró al mundo que la España de los Tercios no tenía rival.
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